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David Hockney y el arte de seguir mirando

Su obra transformó nuestra manera de mirar. Más que un pintor, fue uno de los grandes pensadores de la percepción contemporánea.

No había tenido tiempo. O quizá sí lo había tenido, pero no me lo había concedido.

Desde el 11 de junio, cuando se anunció la muerte de David Hockney, las palabras aparecían y desaparecían entre pendientes, notas por terminar e imágenes que reclamaban atención. Sabía que quería escribir sobre él. Sabía incluso qué temas debía abordar: su obra, su influencia, su relación con la fotografía, la revolución visual que representó durante más de seis décadas. Sin embargo, algo faltaba. No era información. Era tiempo. Tiempo para sentarme con calma, para dejar que las ideas encontraran su ritmo y, sobre todo, para hacer aquello que Hockney defendió durante toda su vida: detenerme a mirar.

Y quizá no exista mejor manera de acercarse a él.

Porque si hay un artista que dedicó su existencia a recordarnos que ver y mirar son cosas distintas, fue David Hockney.

Hay además una razón personal por la que esta despedida me resulta especialmente significativa. Quienes leen con frecuencia mis textos habrán notado que existe una palabra a la que regreso una y otra vez: mirar. Aparece cuando escribo sobre literatura, cuando hablo de arquitectura, cuando intento describir una fotografía, un paisaje o una ciudad. Regresa en textos sobre memoria, arte y naturaleza. Lo hace porque siempre me ha parecido una palabra más amplia que ver y más humana que observar. Mirar implica atención, paciencia y disposición. Mirar exige permanecer un momento más frente a aquello que creemos conocer. Mirar es aceptar que el mundo todavía puede sorprendernos.

Y en buena medida aprendí eso gracias a David Hockney.

Mientras nuestra época se acostumbraba a consumir imágenes a una velocidad cada vez mayor, él insistía en una idea que hoy parece casi revolucionaria: la abundancia visual no garantiza una mirada más profunda. Podemos atravesar miles de fotografías al día y no haber visto realmente nada. Podemos recorrer ciudades enteras sin detenernos a observarlas. Podemos habitar una casa durante años sin reparar en la forma en que cambia la luz sobre una pared cada mañana.

Para Hockney, la verdadera riqueza no consistía en mirar más cosas, sino en mirar mejor las que ya estaban frente a nosotros. Lo que Hockney pintaba nunca era solamente un árbol, una carretera o una habitación. Lo que realmente intentaba capturar era la experiencia de estar ahí…


El pintor que desconfiaba de las cámaras

Resulta paradójico que uno de los artistas más importantes de la era de la imagen haya pasado buena parte de su vida cuestionando la manera en que las imágenes son producidas. Desde muy temprano, Hockney comprendió que la fotografía había terminado por imponer una forma específica de ver el mundo. La cámara captura un instante fijo desde un único punto de vista; el ojo humano, en cambio, nunca funciona así. Observamos mientras caminamos. Recordamos mientras vemos. Construimos una imagen a partir de múltiples momentos, desplazamientos y experiencias que se superponen de manera constante.

Esa inquietud lo llevó a crear algunas de sus obras más innovadoras durante las décadas de 1970 y 1980: los famosos joiners, composiciones realizadas a partir de decenas o incluso cientos de fotografías ensambladas. En ellas, una habitación podía contener varios tiempos simultáneamente, un rostro podía ser observado desde distintos ángulos a la vez y un espacio podía expandirse más allá de los límites de una sola imagen. Lo que buscaba no era romper con la fotografía ni rechazarla, sino devolverle complejidad a la experiencia de mirar.

Durante años estudió además la historia del arte con una obsesión poco común. Su libro Secret Knowledge propuso una teoría tan polémica como fascinante: la posibilidad de que numerosos maestros del Renacimiento hubieran utilizado dispositivos ópticos para construir algunas de sus composiciones. Más allá de que historiadores y especialistas continúen debatiendo sus conclusiones, el proyecto revelaba algo fundamental sobre Hockney: nunca dejó de preguntarse cómo vemos. Pintar era, para él, una forma de investigación. Cada cuadro, cada dibujo y cada experimento visual nacían de una misma pregunta que lo acompañó durante décadas: ¿qué significa realmente mirar?

El color como una forma de atención

Existe una tendencia a reducir a Hockney a sus albercas. Es comprensible. Obras como A Bigger Splash se han convertido en algunos de los íconos visuales más reconocibles del siglo XX. Sin embargo, limitar su legado a esas imágenes sería perder de vista la amplitud de una carrera extraordinaria y, sobre todo, el alcance de una sensibilidad artística que encontró en el color una manera de pensar.

Lo que distingue a Hockney no es únicamente el uso de tonalidades intensas o composiciones memorables, sino su capacidad para convertir el color en una experiencia emocional. Sus rosas parecen más luminosos, sus verdes poseen una intensidad casi imposible y sus cielos transmiten una claridad que oscila entre el recuerdo y la revelación. Durante décadas construyó un universo visual donde la realidad aparece ligeramente amplificada, no para alejarnos de ella, sino para acercarnos a su intensidad.

A diferencia de muchos artistas contemporáneos que encontraron en el cinismo una forma de resistencia cultural, Hockney eligió el asombro. A lo largo de su carrera pintó flores, árboles, caminos rurales, amigos conversando y ventanas abiertas; motivos que podrían parecer modestos frente a las grandes tensiones políticas, tecnológicas y sociales de su tiempo. Sin embargo, fue precisamente en esos gestos donde construyó una de las posturas más singulares del arte contemporáneo. Mientras otros artistas intentaban desmontar las imágenes, él seguía preguntándose cómo devolverles intensidad. Mientras otros desconfiaban de la belleza, él insistía en que seguía siendo una forma legítima de conocimiento y una manera profunda de habitar el mundo.

Yorkshire y la revelación de lo cotidiano

Quizá ninguna etapa de su trayectoria explique mejor esta filosofía que su regreso a Yorkshire, la región inglesa donde pasó su infancia. Mientras buena parte del mundo artístico seguía concentrado en grandes centros urbanos como Nueva York, Berlín o Londres, Hockney dedicó años a pintar caminos rurales, bosques, árboles desnudos en invierno y campos que cambiaban con las estaciones.

Aquellas obras poseen algo profundamente conmovedor porque no intentan encontrar lo extraordinario en paisajes excepcionales, sino revelar lo extraordinario que habita en los paisajes comunes. Hockney observaba la llegada de la primavera como quien presencia un acontecimiento irrepetible. Registraba variaciones mínimas de color, estudiaba las transformaciones de la luz y regresaba una y otra vez a los mismos senderos para demostrar que ningún paisaje es idéntico al del día anterior. Su trabajo parecía recordarnos que la naturaleza nunca se repite; somos nosotros quienes dejamos de prestarle atención.

En una cultura obsesionada con la novedad, Hockney encontró una fuente inagotable de descubrimiento en aquello que permanecía aparentemente igual. Comprendió que la mirada atenta siempre encuentra diferencias, matices y transformaciones donde otros sólo perciben repetición. Esa idea, tan sencilla como profunda, atraviesa buena parte de su legado artístico y humano.

El artista que nunca dejó de aprender

Resulta igualmente significativo que un creador nacido en 1937 terminara convirtiéndose en uno de los grandes defensores de las herramientas digitales. Cuando muchos artistas de su generación observaban la tecnología con escepticismo, Hockney comenzó a dibujar en iPhone y posteriormente en iPad. Lejos de considerar estas herramientas una amenaza para el arte, las entendía como nuevas posibilidades para seguir explorando la percepción y la experiencia visual.

La lección resulta especialmente valiosa porque revela una faceta menos comentada de su personalidad: su curiosidad inagotable. Hockney nunca fue un nostálgico. Amaba la tradición, estudiaba la historia del arte y admiraba a los grandes maestros, pero jamás quedó atrapado en ellos. Su curiosidad era más fuerte que cualquier idea preconcebida sobre lo que debía o no debía ser el arte. Tal vez por eso logró mantenerse vigente durante más de seis décadas. No porque persiguiera tendencias, sino porque nunca dejó de hacerse preguntas.

Lo que permanece

Existen artistas que modifican la historia del arte y otros cuya influencia termina extendiéndose más allá de los museos para alterar nuestra relación con el mundo cotidiano. David Hockney pertenece a esta última categoría. Su legado no reside únicamente en las exposiciones, los récords de subasta o el reconocimiento institucional, sino en la manera en que consiguió devolver valor a algo que parecía haberse vuelto escaso: la atención.

Mientras escribo estas líneas, vuelvo a pensar en aquella sensación inicial de no encontrar las palabras adecuadas. Quizá la razón era más sencilla de lo que imaginaba. No necesitaba buscar una interpretación brillante ni una lectura definitiva de su obra. Necesitaba hacer una pausa. Necesitaba mirar. Porque esa fue, después de todo, la lección que Hockney intentó transmitir durante toda su vida.

En una época definida por la velocidad, la distracción permanente y el exceso de estímulos visuales, dedicó su trabajo a defender una idea sorprendentemente sencilla: que mirar sigue siendo uno de los actos más profundos que puede realizar un ser humano. No porque la mirada resuelva nuestros problemas o responda todas nuestras preguntas, sino porque nos devuelve al mundo. Nos obliga a permanecer. Nos recuerda que la belleza continúa ahí, incluso cuando dejamos de verla.

Quizá por eso su muerte produce una sensación extraña. Porque sentimos que no desaparece solamente un artista extraordinario. Se despide también uno de los grandes defensores de la atención, alguien que pasó casi nueve décadas recordándonos que el mundo conserva una capacidad infinita para sorprendernos si estamos dispuestos a concederle algo cada vez más raro: nuestro tiempo.

Y tal vez esa sea la forma más justa de despedirlo. No mirando una vez más sus cuadros, sino aprendiendo de nuevo a mirar aquello que tenemos frente a nosotros.

Mesa curatorial | BrúxulaNews💫

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