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Guy Rozat Dupeyron: volver a leer la Conquista

El historiador del INAH dedicó medio siglo a desmontar certezas sobre la Conquista y a preguntar quién escribió el relato que aún recordamos.

Guy Rozat Dupeyron pasó sus últimos años en lo que describía como una «enorme biblioteca en el bosque de niebla». Desde allí continuó leyendo, escribiendo y ejerciendo una costumbre que había atravesado buena parte de su carrera: desconfiar. Había llegado a México décadas atrás y llevaba cincuenta años trabajando en el Instituto Nacional de Antropología e Historia cuando murió el 3 de octubre de 2026, a los 83 años. En ese tiempo regresó una y otra vez a uno de los episodios más estudiados de la historia mexicana, precisamente porque sospechaba que todavía quedaba mucho por discutir sobre él

La Conquista que le interesaba a Rozat estaba hecha de batallas, epidemias y ciudades destruidas, pero también de páginas. Entre lo sucedido a comienzos del siglo XVI y aquello que generaciones de mexicanos aprendieron en libros de historia existían cartas, crónicas, manuscritos indígenas transcritos después de la derrota, evangelizadores que intentaron comprender el mundo que buscaban transformar y, siglos más tarde, historiadores que organizaron esos materiales hasta convertirlos en un relato reconocible. Rozat hizo de esa distancia su territorio de trabajo.

Su pregunta resultaba incómoda porque desplazaba el problema. Antes de averiguar qué decía una fuente acerca de la Conquista, había que preguntarse qué clase de texto era esa fuente, cuándo había sido escrita y qué necesitaba explicar quien la escribió. Una crónica podía conservar información extraordinaria y, al mismo tiempo, participar en la construcción de una memoria destinada a justificar la victoria. Para Rozat, leerla exigía mantener ambas posibilidades a la vista.

La historia que parecía ya escrita

Guy Albert Andre Rozat Dupeyron nació el 5 de abril de 1943 en Bobo-Dioulasso, en el actual Burkina Faso, entonces parte del África Occidental Francesa. Estudió Letras en la Universidad de Poitiers y posteriormente realizó estudios de maestría y doctorado en Sociología en la Universidad París Nanterre. Su formación coincidió con una época en la que Francia discutía con particular intensidad el colonialismo, las instituciones y las formas de autoridad; Rozat perteneció a la generación universitaria atravesada por Mayo del 68. 

En México encontró un problema histórico que acabaría ocupándolo durante décadas. Se incorporó al INAH y desde 1988 trabajó en el Centro INAH Veracruz, además de enseñar en instituciones como la Escuela Nacional de Antropología e Historia, la UAM Azcapotzalco, la Universidad Iberoamericana y la Universidad Veracruzana. Su curiosidad podía desviarse hacia asuntos inesperados: investigó las prácticas alimentarias, el pan en la Xalapa de finales del siglo XVIII y hasta la historia de un cocinero francés perseguido por la Inquisición. Sin embargo, la Conquista permaneció como una especie de centro gravitacional de su obra. INAH

El Libro XII del Códice Florentino narra la Conquista de México mediante textos e imágenes recopilados décadas después de la caída de Tenochtitlan. Esa distancia entre los hechos y su escritura fue uno de los problemas que Guy Rozat examinó con mayor insistencia.

Había una razón. Pocos episodios mexicanos poseen un repertorio de imágenes tan estable: Moctezuma paralizado ante los presagios, los españoles confundidos con dioses, Hernán Cortés avanzando sobre un imperio condenado, los vencidos contemplando una catástrofe que de alguna manera ya había sido anunciada. Muchas de esas escenas resultan familiares incluso para quien nunca ha abierto una crónica del siglo XVI. Rozat quiso saber de dónde provenía esa familiaridad.

En sus trabajos insistió en que los relatos sobre la Conquista habían sido producidos dentro de un universo intelectual específico. Los conquistadores escribían después de los acontecimientos y tenían intereses políticos ante la Corona; los evangelizadores interpretaban América mediante categorías cristianas que precedían a su llegada al continente. Cuando Bernardino de Sahagún preparaba las versiones del Libro XII de la Historia general de las cosas de Nueva España, recordó Rozat, la derrota de Tenochtitlan llevaba décadas consumada y una parte enorme de la población había desaparecido como consecuencia de la violencia y las epidemias. La narración se construía con el desenlace ya conocido.

Ese detalle altera la lectura. Una profecía registrada después de que aquello que anunciaba ya ocurrió deja de ser únicamente una profecía; también se convierte en una pieza narrativa cuya procedencia merece ser examinada.

Los indios imaginarios

Uno de los libros que mejor condensa esa inquietud lleva un título deliberadamente provocador: Indios imaginarios e indios reales en los relatos de la Conquista de México. Allí aparece una distinción que acompañaría su trabajo durante años. El indígena descrito por las fuentes coloniales podía guardar alguna relación con las personas que habitaron Mesoamérica, aunque también había sido construido mediante categorías provenientes del mundo europeo.

Para Rozat, los españoles no llegaron a América intelectualmente vacíos. Traían consigo una larga tradición cristiana para ordenar lo desconocido: paganos, idólatras, prodigios, conversiones, castigos divinos, pueblos destinados a incorporarse a la historia de la salvación. En una entrevista recordada por el INAH, explicaba que los «indios» fueron observados mediante esquemas que anteriormente habían servido para pensar a los moros. El continente era nuevo para los europeos; buena parte de las herramientas con las que intentaron comprenderlo, en cambio, era antigua.

Hernán Cortés y Malintzin aparecen al frente del ejército español en el Códice Azcatitlan, manuscrito pictórico indígena realizado durante el periodo colonial. Para Rozat, documentos como este debían leerse atendiendo también al mundo en que fueron producidos.

De ahí surgía una de sus advertencias más fértiles: la extensión y el detalle de una fuente no garantizan transparencia. Los llamados testimonios de la Conquista deben colocarse dentro de su horizonte de producción y recepción, escribió, porque fueron creados en un mundo cuyas reglas intelectuales eran distintas de las que hoy asociamos con la historia académica.

El problema se vuelve especialmente delicado cuando esas fuentes parecen permitirnos escuchar directamente a quienes perdieron la guerra. Durante el siglo XX, la historiografía mexicana buscó recuperar las voces indígenas y produjo obras fundamentales para varias generaciones. Rozat mantuvo una discusión persistente con esa tradición, particularmente con la lectura asociada a Miguel León-Portilla y Visión de los vencidos. Su desacuerdo iba hacia el estatuto mismo de aquellas voces: cuánto de ellas podía atribuirse a una memoria prehispánica y cuánto había atravesado ya los procedimientos de traducción, transcripción y organización del mundo colonial.

Era una discusión áspera porque tocaba una de las imágenes más poderosas de la identidad mexicana. En un ensayo de 2016, Rozat examinó los efectos que la interpretación canónica de la Conquista había tenido sobre el nacionalismo y cuestionó las narraciones que seguían explicando la derrota mediante una supuesta inferioridad o incapacidad indígena. Su propuesta de «repensar la Conquista» buscaba volver a los años caóticos del siglo XVI sin asumir de antemano que los relatos posteriores podían conducirnos intactos hasta ellos.

Repensar la Conquista

Hay una escena que Rozat examinó con especial insistencia: los presagios que supuestamente anunciaron la llegada de los españoles y la caída de Tenochtitlan. Fuegos en el cielo, prodigios, señales interpretadas como advertencias de una desgracia próxima. Su eficacia narrativa es formidable porque convierte un acontecimiento imprevisible en un desenlace que parece haber estado esperando desde el comienzo.

Ahí encontraba Rozat una de las trampas más persistentes del relato. Si los vencidos habían anticipado su propia derrota y si su universo religioso les impedía comprender adecuadamente a quienes desembarcaban en sus costas, la victoria española podía terminar explicándose mediante las limitaciones de los conquistados. La violencia colonial quedaba acompañada por una historia en la que el vencido parecía colaborar intelectualmente con su propia derrota.

Españoles y tlaxcaltecas durante la conquista del señorío caxcán de Apulco, según el Lienzo de Tlaxcala. La participación de pueblos indígenas junto a las fuerzas españolas vuelve más compleja la imagen de dos bloques enfrentados con la que durante mucho tiempo se resumió la Conquista.

En ¿El relato de la Conquista de México como discurso colonial?, Rozat fue todavía más lejos. Sostuvo que la narración producida por conquistadores y evangelizadores ayudó a legitimar la posesión española del Anáhuac y que, después, fue reelaborada durante siglos hasta incorporarse a la ideología nacional mestiza. La Independencia había roto el vínculo político con España, pero eso no significaba que hubiese desmontado todas las estructuras narrativas heredadas de la Colonia.

Esta posición podía llevarlo a formulaciones deliberadamente polémicas y su lectura está lejos de constituir un consenso historiográfico. Ahí reside parte de su interés. Rozat obligaba a separar dos cosas que suelen confundirse: el acontecimiento y el relato mediante el cual creemos conocerlo. La conquista militar, la destrucción y reorganización de sociedades mesoamericanas, la evangelización y las epidemias pertenecen al terreno histórico; las explicaciones que posteriormente dieron sentido a esos hechos tienen también una historia, y pueden investigarse.

Esa preocupación acabó adquiriendo una forma colectiva en Xalapa. Rozat creó el Seminario de Historiografía Repensar la Conquista, un espacio dedicado a revisar las fuentes y categorías con las que se había escrito el episodio. En marzo de 2026 llegó a su vigésima segunda edición. El dato adquiere ahora otro peso: mientras la Conquista se acercaba a convertirse en un acontecimiento ocurrido cinco siglos atrás, seguía existiendo un seminario dedicado a discutir cómo sabemos aquello que afirmamos saber sobre ella.

Una pregunta que quedó abierta

En 2023, Rozat publicó Preliminares de la Conquista. Volvió allí sobre los presagios y profecías y sobre su incorporación al relato nacional, preocupado por la facilidad con la que una construcción repetida durante siglos termina adquiriendo la apariencia de evidencia. El libro seguía generando discusión este mismo año: en julio de 2026, Itza Eudave Eusebio publicó en el Boletín Siete Cuevas de la UNAM una reseña dedicada a examinar precisamente esa invitación a revisar la naturaleza de los testimonios.

La coincidencia resulta extraña. Pocas semanas antes de la muerte de Rozat, alguien seguía discutiendo un libro en el que el historiador regresaba al problema que lo había acompañado durante décadas.

Quizá ahí convenga situar su legado. Rozat no dejó una nueva versión cerrada de la Conquista destinada a sustituir definitivamente a las anteriores; dejó algo bastante menos cómodo: un método de sospecha. Ante una voz que llega desde el siglo XVI, preguntarse quién la puso por escrito. Ante una profecía demasiado precisa, averiguar cuándo fue registrada. Ante una explicación que ha sobrevivido durante generaciones, reconstruir también la historia de esa supervivencia.

El INAH lo recordó después de su muerte en aquella biblioteca del bosque de niebla, todavía investigando y escribiendo. La imagen tiene algo apropiado para un historiador que dedicó medio siglo a desconfiar de imágenes demasiado perfectas. Afuera permanecen los grandes nombres, las fechas y las ruinas que asociamos con la Conquista; entre ellos y nosotros se acumulan quinientos años de palabras. Rozat pasó buena parte de su vida leyéndolas otra vez.

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