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Doce obras maestras vuelven a la luz después de medio siglo

Van Gogh, Cézanne, Monet, Degas y Renoir forman parte de una colección privada que estuvo oculta por décadasy será subastada por Sotheby’s.

Durante buena parte de los últimos cincuenta años, Châtaigniers en fleurs, de Vincent van Gogh, tuvo una existencia extraña para una pintura de su importancia: estaba localizada, tenía propietario, figuraba en los registros del artista y, aun así, permanecía prácticamente fuera de la mirada pública. Algo semejante ocurrió con un Arlequin de Paul Cézanne, con un jardín parisino de Claude Monet, con escenas de Pierre-Auguste Renoir y Camille Pissarro. Las pinturas compartían una circunstancia que ahora parece improbable: habían terminado reunidas en una misma colección privada. El 30 de septiembre Sotheby’s comenzó a mostrarlas nuevamente en Londres; el 18 de noviembre, en Nueva York, las doce obras de la colección Blaquier-Arrieta saldrán a subasta con una estimación conjunta cercana a los 450 millones de dólares. Varias llevaban más de medio siglo sin exponerse públicamente. 

La noticia puede leerse de inmediato en términos de mercado. Un Van Gogh estimado alrededor de 180 millones de dólares; un Cézanne valorado en unos 120 millones; una venta capaz de producir nuevos récords. Pero las cifras apenas explican una parte de lo que acaba de reaparecer. Durante décadas, estas pinturas dejaron de formar parte de esa circulación cotidiana mediante la cual conocemos el arte: exposiciones temporales, préstamos entre museos, retrospectivas, encuentros casuales en una sala. Permanecieron juntas detrás de las puertas de una colección familiar. Ahora vuelven al espacio público durante unas semanas, antes de que el golpe del martillo pueda dispersarlas otra vez.

Una pequeña historia de la pintura moderna

Carlos Pedro Blaquier y Nelly Arrieta de Blaquier comenzaron a formar la colección durante la década de 1960. Trabajaron con galerías como Lefevre y Wildenstein y fueron reuniendo obras que, vistas juntas, trazan un recorrido extraordinariamente compacto por algunos de los cambios que transformaron la pintura europea entre las décadas de 1870 y 1900. Monet observa las Tullerías; Degas registra escenas de ocio y espectáculo; Renoir pinta una muchacha en una embarcación; Cézanne convierte a su propio hijo vestido de arlequín en una figura construida con planos y tensiones; Van Gogh mira un castaño en flor. Más adelante aparecen Gauguin, André Derain y Maurice de Vlaminck, cuando el color comienza a soltarse de las obligaciones que había tenido durante siglos. 

Pierre-Auguste Renoir, En canot, 1877. La joven en la embarcación pertenece a uno de los momentos centrales del impresionismo francés. 

Sotheby’s ha descrito el conjunto como algo cercano a un museo privado. La comparación tiene bastante sentido cuando se observa la secuencia. Le Jardin des Tuileries, de Monet, pertenece a los primeros años de la aventura impresionista; En Canot (Jeune fille à la barque), de Renoir, fue realizado en 1877, cuando los artistas que habían expuesto juntos desde 1874 comenzaban a ser identificados bajo el nombre que acabaría definiendo al movimiento. La colección continúa hacia Pissarro, Cézanne y Van Gogh, y llega después a Gauguin y a los primeros fauvistas. En doce cuadros cabe, con inevitables huecos, una versión doméstica del nacimiento del arte moderno. 

Eso también ayuda a comprender por qué su ausencia prolongada resulta tan llamativa. Las obras maestras que permanecen durante décadas en manos privadas desarrollan una especie de segunda biografía. Podemos conocer sus medidas, la fecha en que fueron pintadas, sus antiguos propietarios; lo que desaparece es la experiencia colectiva de estar delante de ellas. Las reproducciones sobreviven en catálogos y archivos, mientras la escala, la superficie y hasta la relación física entre un cuadro y quien lo mira quedan reservadas a pocas personas. Cuando una colección así reaparece, el acontecimiento contiene algo de restitución provisional.

Un Van Gogh pintado a sesenta y cuatro días del final

Entre las doce obras hay una que inevitablemente concentra la atención. Van Gogh pintó Châtaigniers en fleurs en Auvers-sur-Oise el 24 de mayo de 1890. El lienzo mide 70 por 58 centímetros y pertenece a las semanas finales de su vida; el artista moriría el 29 de julio. 

Vincent van Gogh, Châtaigniers en fleurs, 1890. Pintado en Auvers-sur-Oise durante los últimos meses de vida del artista. 

La cercanía de esas fechas puede arrastrar fácilmente cualquier cuadro tardío de Van Gogh hacia la lectura biográfica: cada árbol parece anunciar algo, cada cielo adquiere el peso de una despedida. Châtaigniers en fleurs ofrece una resistencia interesante a esa tentación. Hay flores rosadas, ramas que ocupan el campo visual, una energía pictórica que corresponde a alguien todavía atento al comportamiento de la luz y de la materia. Sotheby’s sitúa su estimación alrededor de los 180 millones de dólares, una cifra que, de alcanzarse, colocaría la pintura entre las transacciones más altas asociadas con el artista. 

El cuadro permaneció durante décadas dentro de la colección Blaquier-Arrieta. Su regreso tiene entonces dos cronologías superpuestas: la del Van Gogh de mayo de 1890, trabajando en Auvers, y la del objeto que después recorrió el mercado hasta llegar a una familia argentina y desaparecer durante medio siglo de las salas públicas. Entre ambas está una parte importante de la historia del arte que rara vez aparece escrita sobre el lienzo: quién puede verlo, dónde vive una obra y durante cuánto tiempo permanece inaccesible.

El arlequín que todavía podía comprarse

Cerca del Van Gogh aparece otro cuadro con una historia igualmente singular. Cézanne pintó Arlequin tomando como modelo a su hijo Paul. La figura, vestida con rombos rojos y negros, parece avanzar mientras su cuerpo se organiza mediante zonas de color que anticipan problemas que ocuparían a buena parte de la pintura del siglo XX. Según Sotheby’s, es el único de los grandes arlequines de Cézanne que continúa en manos privadas; los otros quedaron incorporados a colecciones institucionales.

Paul Cézanne, Harlequin, 1888–1890, National Gallery of Art, Washington. Cézanne volvió varias veces a la figura del arlequín; la versión subastada por Sotheby’s pertenece a otra colección. Imagen: National Gallery of Art

Su estimación ronda los 120 millones de dólares. La cifra resulta inevitable porque el 18 de noviembre Arlequin dejará de ser únicamente una pintura para convertirse también, durante unos minutos, en un lote observado por coleccionistas y agentes desde distintos lugares del mundo. El mercado introduce una unidad de medida brutalmente clara. Una imagen que durante décadas habitó una casa privada recibe de pronto un precio de nueve cifras y vuelve a circular.

Ese tránsito revela una tensión antigua alrededor de las grandes colecciones particulares. Gracias a ellas se conservaron innumerables obras y, en ocasiones, fueron los coleccionistas privados quienes reconocieron artistas que las instituciones todavía ignoraban. También pueden retirar cuadros decisivos de la conversación pública durante generaciones. La colección Blaquier-Arrieta contiene ambas posibilidades. Fue construida con un criterio sorprendentemente concentrado; al mismo tiempo, su discreción hizo que varias de estas pinturas fueran conocidas durante años principalmente a través de reproducciones y bibliografía.

Un regreso que puede durar pocas semanas

Antes de llegar a Nueva York, Sotheby’s llevará parte del conjunto por varias ciudades. Tras su presentación en Londres, la gira contempla Taipei, Hong Kong y París; en Nueva York podrá verse del 7 al 17 de noviembre. La subasta tendrá lugar la noche siguiente. 

Ese calendario convierte el regreso de las obras en una aparición breve. Durante unas semanas volverán a compartir paredes, primero como colección y después como lotes numerados. El catálogo incluye, junto al Van Gogh y al Cézanne, Le Jardin des Tuileries de Monet, En Canot (Jeune fille à la barque) de Renoir y La Place du Théâtre-Français et l’avenue de l’Opéra, soleil d’après-midi en hiver de Pissarro, pintada en 1898. 

El 18 de noviembre esa unidad probablemente desaparecerá. Un cuadro puede acabar en Nueva York y otro en Tokio; alguno podría regresar a otra colección privada, otro quizá llegue a un museo. Sotheby’s habrá reconstruido durante unas semanas una sala que durante décadas existió lejos de casi todos nosotros.

Hay algo extraño en observar ahora las fotografías tomadas durante la presentación londinense. Los empleados de la casa de subastas, con guantes blancos, permanecen frente a cuadros que durante medio siglo tuvieron muy pocos espectadores. Detrás de ellos cuelgan Renoir, Pissarro, Cézanne. La escena parece la de cualquier museo, aunque todavía no lo sea. Dentro de unas semanas comenzarán las pujas y esas doce pinturas retomarán caminos distintos. Por ahora, al menos, vuelven a estar juntas y hay ojos frente a ellas.

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