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TDAH: vivir en un mundo que exige atención constante

Más que dificultad para concentrarse, revela el choque entre diversos modos de procesar el mundo y una sociedad que exige productividad, orden y permanencia.

Durante mucho tiempo, el trastorno por déficit de atención e hiperactividad fue reducido a la imagen de un niño inquieto que no podía permanecer sentado en el salón de clases. Esa caricatura dejó fuera a quienes no mostraban hiperactividad evidente, a las niñas que aprendieron a ocultar sus dificultades y a los adultos que crecieron pensando que eran desordenados, flojos o incapaces de terminar lo que comenzaban.

Hoy se habla más del TDAH, pero también se le simplifica con facilidad. Un video breve, una lista de síntomas o una experiencia compartida en redes pueden ayudar a que alguien reconozca dificultades que había normalizado; no sustituyen, sin embargo, una valoración clínica. El TDAH no es sinónimo de distraerse ocasionalmente ni una etiqueta para explicar cualquier cansancio. Es un trastorno del neurodesarrollo caracterizado por patrones persistentes de inatención, desorganización, hiperactividad o impulsividad que afectan el funcionamiento cotidiano en más de un ámbito de la vida. 

No es falta de voluntad

Olvidar una cita, perder objetos o posponer una tarea puede ocurrirle a cualquiera. En el TDAH, estas dificultades aparecen con intensidad, frecuencia y duración suficientes para interferir en la escuela, el trabajo, las relaciones o la organización personal.

En la infancia pueden observarse problemas para seguir instrucciones, terminar actividades, esperar turnos, controlar impulsos o permanecer quieto. En la vida adulta, la hiperactividad puede transformarse en inquietud interna, mientras se vuelven más visibles la mala administración del tiempo, la dificultad para establecer prioridades, la procrastinación, los olvidos y el esfuerzo desproporcionado que exige completar tareas aparentemente sencillas. 

Esto no significa que todas las personas con TDAH se comporten igual. Existen presentaciones predominantemente inatentas, hiperactivas-impulsivas y combinadas, y sus manifestaciones pueden cambiar con la edad. Esa diversidad explica por qué muchas personas pasan años sin ser identificadas.

¿Hay realmente más casos?

La presencia pública del TDAH ha aumentado de manera evidente. También lo han hecho los diagnósticos en algunos países. En Estados Unidos, los datos más recientes de los CDC estiman que alrededor de siete millones de niñas, niños y adolescentes de entre 3 y 17 años tenían un diagnóstico actual en 2024. Entre los adultos, una encuesta de 2023 calculó que 15.5 millones habían sido diagnosticados y que más de la mitad recibió esa identificación después de cumplir 18 años. 

Pero un incremento en los diagnósticos no demuestra por sí mismo que el trastorno esté apareciendo de repente con mayor frecuencia. Puede reflejar una mejor capacidad para reconocerlo, menor estigma, mayor acceso a información y la inclusión de grupos históricamente ignorados. También intervienen las diferencias entre sistemas de salud, criterios clínicos, acceso a especialistas y formas de recopilar los datos.

La pandemia hizo más visibles muchas dificultades. La pérdida de rutinas, el aislamiento, las clases remotas y la exigencia de organizar el tiempo sin apoyos externos expusieron problemas que antes podían permanecer compensados. Al mismo tiempo, las redes sociales acercaron testimonios e información a millones de personas. Esa visibilidad ha permitido que algunos adultos busquen ayuda, aunque también ha favorecido la autointerpretación apresurada de síntomas que pueden compartir la ansiedad, la depresión, los trastornos del sueño, el trauma o determinadas dificultades de aprendizaje.

El entorno digital tampoco “crea” por sí solo el TDAH. Sin embargo, una vida organizada alrededor de interrupciones, notificaciones y múltiples estímulos puede aumentar la sobrecarga y hacer más evidentes las dificultades para regular la atención.

México: entre el estigma y el acceso desigual

En México no existe una estimación nacional reciente y definitiva que permita saber con exactitud cuántas personas viven con TDAH. Los estudios disponibles han producido resultados distintos según la edad, la región y los instrumentos utilizados. Algunas investigaciones en población escolar mexicana han encontrado cifras mayores que las estimaciones internacionales, pero los propios especialistas advierten que la prevalencia nacional todavía no está determinada con precisión. 

El problema no es sólo estadístico. También es de acceso. Para muchas familias, la primera interpretación de los síntomas sigue siendo moral: el niño “no obedece”, “no se esfuerza”, “es rebelde” o “necesita disciplina”. El IMSS ha advertido contra estas etiquetas y señala que la detección puede comenzar en el primer nivel de atención, aunque el diagnóstico corresponde a especialistas en psiquiatría, psiquiatría infantil o neurología pediátrica. 

La desigualdad territorial complica el proceso. No todas las escuelas cuentan con orientación psicológica ni todas las familias pueden acceder con rapidez a una evaluación especializada. En 2022, el IMSS otorgó más de 148 mil consultas dentro de la categoría de trastornos emocionales y del comportamiento —en la que se incluye el TDAH—, la gran mayoría a personas menores de 20 años. El dato muestra la demanda, pero también recuerda que una consulta no equivale necesariamente a una valoración completa ni a una continuidad terapéutica. 

Las niñas que aprendieron a disimular

El TDAH se diagnostica con mayor frecuencia en niños que en niñas. Parte de la diferencia puede relacionarse con que ellos suelen presentar conductas más visibles, mientras muchas niñas muestran principalmente inatención: parecen soñadoras, silenciosas o desorganizadas, pero no necesariamente interrumpen la dinámica escolar.

Algunas desarrollan estrategias para compensar: trabajan durante más horas, revisan todo repetidamente o se esfuerzan por ocultar los olvidos. Desde fuera pueden parecer funcionales; por dentro acumulan cansancio, ansiedad y una persistente sensación de no estar a la altura. El problema puede hacerse evidente hasta la universidad, la maternidad o el ingreso a un trabajo con mayores demandas organizativas.

Algo semejante ocurre con los adultos. Haber llegado a la vida laboral sin diagnóstico no significa que el trastorno no estuviera presente, sino que pudo confundirse con irresponsabilidad, torpeza o falta de carácter.

Detectar no es etiquetar

La detección oportuna no consiste en convertir cada comportamiento inquieto en enfermedad. Tampoco existe una prueba única capaz de confirmar el TDAH. La evaluación debe considerar la historia personal, la presencia de síntomas desde la infancia, su aparición en más de un entorno y el grado en que afectan la vida cotidiana. Además, debe descartar otras causas posibles, como problemas de sueño, ansiedad, depresión, dificultades visuales o auditivas y trastornos de aprendizaje. 

Un diagnóstico serio puede cambiar la trayectoria de una persona porque sustituye el juicio moral por una explicación clínica y abre la puerta a apoyos concretos. El tratamiento no es idéntico para todos: puede combinar intervenciones conductuales, orientación familiar, adaptaciones escolares, estrategias de organización, psicoterapia y medicamentos cuando estén indicados.

El IMSS subraya que la atención temprana puede mejorar el desempeño académico, el aprendizaje, el control de impulsos y las relaciones sociales; sin apoyo, algunas dificultades pueden continuar en la edad adulta e interferir en el empleo, la vida de pareja y la organización cotidiana. 

Una sociedad que también debe aprender a atender

Hablar del TDAH exige reconocer una paradoja. Nunca habíamos vivido rodeados de tantas herramientas para organizar el tiempo y, al mismo tiempo, pocas épocas habían exigido tanta disponibilidad, rapidez y atención fragmentada.

La respuesta no puede limitarse a pedir que cada persona se adapte mejor. Las escuelas pueden ofrecer instrucciones claras, tiempos flexibles y formas distintas de demostrar el aprendizaje. Los espacios laborales pueden evitar confundir productividad con presencia permanente. Las familias pueden sustituir el castigo por acompañamiento y estructura.

Detectar el TDAH importa porque permite tratarlo, pero también porque cuestiona las normas con las que decidimos quién es aplicado, responsable o capaz. No se trata de romantizar la dificultad ni de convertirla en una identidad de moda. Se trata de comprender que una persona no debería pasar la vida creyéndose defectuosa por necesitar otra manera de organizar su atención.

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