Hace unos días leía un artículo sobre una posibilidad que, hasta hace poco, habría parecido ciencia ficción: algunos investigadores están estudiando si medicamentos como Ozempic podrían no solo ayudar a perder peso o controlar ciertas adicciones, sino también reducir comportamientos impulsivos y, potencialmente, algunos actos violentos.
Y me vinieron a la memoria los drugos blancos bailando bajo los puentes de Londres a principios de los setenta junto a Kubrick, Beethoven y el control conductual de La Naranja Mecánica.
La hipótesis es fascinante porque apunta a algo muy profundo: la posibilidad de intervenir en el espacio que existe entre el impulso y la acción. Es decir, no eliminar lo que pensamos o sentimos, sino modificar la probabilidad de que actuemos en consecuencia. Lo recalca el estudio varias veces: “no cambiamos tu forma de ser, lo que minimizamos es el tiempo de la acción malévola que conlleva tu mala actitud”
En la obra de Anthony Burgess y en la adaptación cinematográfica de Kubrick, el protagonista es sometido a un tratamiento que no le convierte en una mejor persona ni le enseña valores. Simplemente le incapacita para comportarse de forma violenta. La gran pregunta que plantea la novela no es si la sociedad gana seguridad, sino qué ocurre con la libertad cuando dejamos de elegir. ¿Sigue siendo bueno quien no puede hacer el mal o simplemente ha sido programado para no hacerlo?
Y ahora, sin querer, de un medicamento para diabéticos se ha trasladado que los obesos pueden perder peso y que la Policía de los No Actos Violentos puede llegar a existir: “usted es violento y le vamos a condenar a pesar de que no ha realizado ningún acto gracias al Ozempic evolucionado contra malandros y amantes de los ajeno”
Durante siglos hemos intentado mejorar, premiar y castigar el comportamiento humano mediante la educación, la cultura, la religión o las leyes. Todos estos mecanismos tienen algo en común: apelan a la conciencia y a la capacidad de decisión de las personas. Los nuevos avances en neurociencia y farmacología parecen abrir una puerta diferente. En lugar de persuadir, educar o castigar, podríamos llegar a modificar directamente los circuitos biológicos que intervienen en nuestros deseos, impulsos y decisiones. Es un cambio de paradigma enorme. Pasaríamos de gobernar las conductas desde las ideas a hacerlo desde la química.
Y ahora, en 2026 no estamos preparados, pero en el 2126 a lo mejor sí lo están.
Si un tratamiento demostrara reducir significativamente la violencia, ¿deberían recibirlo los delincuentes reincidentes? ¿Podrían las aseguradoras incentivarlo? ¿Podrían los gobiernos promoverlo en determinados colectivos? Lo que hoy parece una decisión médica individual podría convertirse mañana en una cuestión política, jurídica y ética. Y ahí es donde aparecen los riesgos. Cuando una sociedad descubre herramientas capaces de hacer a sus ciudadanos más previsibles, siempre existe la tentación de utilizarlas para aumentar el control social.
¿Cuánta libertad de decisión nos quedará a los humanos antes de que la química nos haga ser mejores?
La Naranja Mecánica no era una advertencia sobre una tecnología concreta. Era una advertencia sobre nuestra eterna tentación de sacrificar libertad a cambio de orden. Y esa pregunta sigue siendo tan actual hoy como lo era hace más de cincuenta años.
Estoy convencido que si Kubrick se despertara de su tumba, le entraría el miedo y como casi siempre, aunque esta vez ha tomado un poco de tiempo, diría que la realidad supera a la ficción.
Pedro Galván París | pedrogalvan.substack.com




























































