Antes de comenzar esta reseña, debo hacer una pequeña confesión. Cuando leí por primera vez El gato que venía del cielo, admiré su delicadeza, su manera de transformar lo cotidiano en algo digno de contemplación. Sin embargo, hace unas semanas volví a abrir sus páginas y descubrí que ya no era la misma lectora.
El pasado 30 de abril viví uno de los días más tristes de mi vida. Después de una corta pero intensa batalla contra la leucemia felina, tuve que despedirme de Serena, mi gatita negra de ojos esmeralda que conocí estando ella paralizada de la cintura hacia abajo, pero que con 10 clavos, logró volver a vivir… y de qué manera.
Durante los años que compartimos, me regaló una compañía que todavía habita cada rincón de mi memoria. También me enseñó algo que no esperaba descubrir sobre mí misma: la enorme capacidad que tenemos para amar, incluso sabiendo que todo lo que amamos es, de alguna forma, transitorio.
Por eso regresé a este libro. Las páginas de Takashi Hiraide no hablan únicamente de un gato. Hablan de esos seres que atraviesan nuestras vidas y las transforman sin hacer ruido. De la gratitud que nace al compartir el tiempo con otro ser vivo. De la belleza de los momentos que parecen pequeños mientras ocurren, pero que terminan acompañándonos para siempre.
Quizá por eso esta reseña es también una forma de agradecer y honrar a Serena, por la buena vida que compartimos. Por los días felices, por las rutinas, por las preocupaciones, por las risas y por todo el amor que dejó detrás de sí. Y porque, al igual que ocurre en este libro, algunas presencias nunca terminan de marcharse del todo. Simplemente encuentran nuevas maneras de quedarse…
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Hay libros que parecen escritos para acompañar el ruido del mundo; otros, en cambio, existen para disminuirlo. El gato que venía del cielo pertenece a esa segunda categoría: una obra silenciosa, mínima en apariencia, pero capaz de alterar profundamente la manera en que percibimos la vida cotidiana.
Publicada originalmente en Japón por Takashi Hiraide —quien antes de esta novela era conocido principalmente por su trabajo poético—, la obra se mueve en un territorio extraño y hermoso: el de las historias donde aparentemente “no sucede nada”, pero donde, en realidad, todo está cambiando.
La historia es sencilla. Una pareja vive en una casa alquilada en Tokio, apartada del ritmo frenético de la ciudad. Entre jardines, pequeños pasillos y silencios domésticos, un gato comienza a visitarlos. No les pertenece; aparece y desaparece según su voluntad. Entra a la cocina, atraviesa el jardín, duerme un rato, se marcha; y, poco a poco, sin grandes gestos narrativos ni dramatismos, modifica la atmósfera emocional de la casa.
Lo extraordinario de la novela es que nunca intenta convertir al gato en una metáfora evidente. Chibi —el pequeño felino que visita a la pareja— no está construido como símbolo fácil de libertad, duelo o salvación. Su presencia opera de forma mucho más sutil. El gato simplemente existe. Y es precisamente esa existencia independiente, misteriosa y ajena al control humano, la que transforma el mundo alrededor.
Hiraide entiende algo que quienes han convivido con gatos reconocen inmediatamente: los gatos nunca terminan de pertenecernos. Son visitantes. Presencias que deciden compartirnos un fragmento de su tiempo. El afecto, en este libro, no surge desde la posesión sino desde la observación. Desde aprender a convivir con algo que jamás podremos controlar/poseer del todo.
Por eso, más que una novela “sobre un gato”, El gato que venía del cielo termina siendo un libro sobre la atención. Sobre cómo mirar despacio (con disfrute pero plena conciencia), puede modificar la experiencia de existir, de atesorar el ahora.
A través de la pareja, comenzamos a notar cosas mínimas: la luz entrando por una ventana, el sonido del jardín, las estaciones cambiando lentamente, la textura de una habitación, los horarios silenciosos de una casa habitada por un animal libre. La narración transforma lo cotidiano en un territorio casi contemplativo. Como si el libro quisiera recordarnos que la vida verdadera rara vez ocurre en los grandes acontecimientos; sucede, más bien, en esos pequeños desplazamientos emocionales que solemos pasamos por alto.
Y ahí reside una de las cualidades más bellas de la literatura japonesa contemporánea: la capacidad de encontrar profundidad en lo aparentemente insignificante. La novela conversa con esa sensibilidad ligada al mono no aware: la conciencia de la fragilidad de las cosas y de la belleza que existe precisamente porque todo es transitorio.
Nada en esta obra busca impresionar. No hay giros espectaculares ni grandes revelaciones. Incluso el lenguaje evita el exceso. Hiraide escribe con una contención casi arquitectónica: cada frase parece colocada con el mismo cuidado con el que alguien acomoda un objeto pequeño dentro de una habitación silenciosa.
Esa austeridad emocional produce algo muy raro en la literatura contemporánea: intimidad genuina.
Mientras muchos libros intentan conmover subrayando emociones, El gato que venía del cielo hace exactamente lo contrario. Confía en el vacío, en el silencio, en aquello que no necesita explicarse del todo. Por eso permanece en la memoria. Porque no busca imponerse al lector; simplemente habita cerca de él.
También resulta imposible no leer la novela como una reflexión sobre el paso del tiempo y las pérdidas inevitables. Hay una melancolía delicada recorriendo cada página, pero nunca cae en el sentimentalismo. Se siente como la tristeza suave de ciertas tardes: una emoción tranquila que no destruye, sólo acompaña, como esa taza de té que sobres cuando ves la lluvia a través de la ventana y de repente rueda una lágrima.
Al terminar el libro, queda una sensación difícil de describir. Es como haber compartido un estado de ánimo. Como si durante algunas horas el mundo hubiera disminuido su velocidad. Y entonces uno entiende que el verdadero acontecimiento del libro no era el gato. Era la transformación silenciosa de la mirada.
Porque después de leer a Hiraide, incluso las cosas más pequeñas parecen contener otra profundidad: la luz sobre una mesa, el sonido de una ventana abierta, un animal atravesando una habitación, con esa presencia «serena» que impone sin hacer ruido, que deja eco y resuena en la memoria del corazón. Como si la literatura todavía pudiera enseñarnos algo esencial y olvidado: que prestar atención también es una forma de amor.
Janice BG | @velvet_horses




























































