México prohibió el matrimonio infantil.
La frase parece contundente. Incluso podría dar la impresión de que el problema quedó atrás.
Pero para Eufrosina Cruz Mendoza, una de las voces más importantes en la defensa de los derechos de las mujeres y las niñas en México, la verdadera pregunta nunca fue si las niñas podían casarse legalmente.
La pregunta era otra.
¿Qué ocurre cuando una niña nunca firma un acta de matrimonio, pero igualmente es entregada para vivir con un hombre adulto?
Durante años, esa realidad permaneció prácticamente invisible. No aparecía en registros civiles. No siempre llegaba a los tribunales. Rara vez ocupaba titulares. Sin embargo, seguía marcando la vida de miles de niñas mexicanas.
Por eso, mientras estados como Zacatecas avanzan en la tipificación de la cohabitación forzada como delito, Eufrosina insiste en una idea tan sencilla como incómoda:
prohibir no basta.
Porque una ley que no castiga a quienes permiten, promueven u obligan estas uniones corre el riesgo de convertirse en una promesa incapaz de transformar la realidad.
Una lucha que comenzó en casa
Cuando Eufrosina habla sobre matrimonio infantil no recurre primero a estadísticas ni informes internacionales.
Habla de su madre.
De sus abuelas.
De sus tías.
De su hermana.
«Nadie me lo cuenta porque es la historia de mi madre, de mis abuelas, de mi hermana», declaró recientemente.
Su hermana se convirtió en madre a los trece años.
A los treinta y uno ya tenía nueve hijos.
Durante mucho tiempo nadie vio aquello como un problema.
Era la costumbre.
Era lo que ocurría.
Era lo que se esperaba de muchas niñas.
Pero Eufrosina comenzó a comprender algo que terminaría guiando buena parte de su vida pública: cuando una niña pierde la posibilidad de decidir sobre su cuerpo, su educación y su futuro, no estamos frente a una tradición. Estamos frente a una vulneración de derechos.
El maestro que abrió una puerta
La historia de Eufrosina pudo haber sido muy distinta.
Como miles de niñas en contextos similares, pudo haber seguido el camino que otros habían trazado para ella.
Pero hubo un momento que cambió su forma de ver el mundo.
Un profesor le mostró que existían otras posibilidades.
Que las mujeres podían estudiar.
Que podían participar en la vida pública.
Que podían elegir.
Aquella idea, aparentemente simple, se convirtió en una ruptura profunda con el destino que parecía estar escrito de antemano.
Años después, esa niña zapoteca se convertiría en una de las activistas más influyentes del país.
La elección que la convirtió en símbolo
La historia de Eufrosina alcanzó notoriedad nacional en 2007, cuando decidió contender por la presidencia municipal de Santa María Quiegolani, Oaxaca.
Participó.
Ganó.
Y después le negaron el triunfo.
La razón fue tan simple como devastadora: era mujer.
Las autoridades invalidaron el resultado argumentando que las mujeres no podían ejercer plenamente sus derechos políticos bajo las normas comunitarias vigentes.
Aquella experiencia transformó a Eufrosina en una figura nacional.
Pero también le permitió entender que la exclusión política de las mujeres y las uniones infantiles formaban parte de una misma estructura.
Una estructura que enseñaba a las niñas, desde muy pequeñas, que otros decidirían por ellas.
El problema que sobrevivió a la prohibición
México prohibió el matrimonio infantil.
Sin embargo, la práctica no desapareció.
Simplemente encontró nuevas formas de existir.
Las bodas dejaron de celebrarse formalmente, pero muchas niñas continuaron siendo entregadas a hombres adultos mediante acuerdos familiares o uniones de hecho.
Sin ceremonia.
Sin documentos.
Sin reconocimiento legal.
Pero con exactamente las mismas consecuencias.
Abandono escolar.
Embarazos tempranos.
Dependencia económica.
Violencia física y sexual.
Pérdida de autonomía.
La diferencia era únicamente jurídica.
No humana.
Y fue precisamente ahí donde comenzó una nueva batalla.
Nombrar la violencia
Uno de los mayores aportes de Eufrosina Cruz ha sido cambiar el lenguaje con el que se aborda el problema.
Durante años se habló de costumbres.
Ella habló de derechos.
Durante años se habló de tradiciones.
Ella habló de niñas.
Durante años se habló de respeto cultural.
Ella habló de abuso sexual infantil.
Y esa diferencia cambió la conversación.
Porque las palabras importan.
Nombran aquello que una sociedad está dispuesta a tolerar o a combatir.
Por eso la activista ha insistido en que la cohabitación forzada debe ser reconocida por lo que es: una forma de violencia que priva a las niñas de la posibilidad de decidir sobre su propia vida.
La costumbre no puede estar por encima de una niña
Quizá una de las razones por las que la voz de Eufrosina ha tenido tanta fuerza es que su crítica no proviene de alguien ajeno a las comunidades indígenas.
Proviene de una mujer indígena.
De una mujer que conoce desde dentro las complejidades de esas realidades.
Por eso rechaza el falso dilema que durante años intentó presentar la discusión como un enfrentamiento entre cultura y derechos humanos.
Eufrosina ha sido clara.
Defender una cultura no significa aceptar prácticas que dañan a las personas.
Preservar una identidad colectiva no implica sacrificar la libertad de las niñas.
Como ha señalado en múltiples ocasiones, los derechos humanos no deberían depender del lugar donde una persona nació.
Zacatecas y una lucha que sigue abierta
La reciente decisión de Zacatecas de tipificar la cohabitación forzada representa un nuevo avance en una lucha que lleva años desarrollándose en distintos estados del país.
Para Eufrosina, cada reforma significa que el Estado comienza a reconocer una realidad que durante demasiado tiempo permaneció oculta.
Pero también sabe que las leyes son apenas el comienzo.
Porque una legislación no protege por sí sola.
Se necesitan instituciones capaces de actuar.
Autoridades que investiguen.
Jueces que sancionen.
Escuelas que detecten riesgos.
Comunidades que acompañen a las niñas.
Y una sociedad dispuesta a dejar de normalizar aquello que durante generaciones fue presentado como inevitable.
Lo que realmente está en juego
Las consecuencias de estas uniones tempranas han sido ampliamente documentadas.
Las niñas obligadas a convivir con hombres adultos tienen mayores probabilidades de abandonar la escuela, enfrentar embarazos precoces, sufrir violencia y permanecer atrapadas en ciclos de pobreza y dependencia.
Pero existe una pérdida todavía más profunda.
La pérdida de la posibilidad de elegir.
La pérdida de una infancia.
La pérdida de un futuro propio.
Por eso la lucha de Eufrosina Cruz no trata únicamente de códigos penales.
Tampoco se limita a una discusión legislativa.
Habla de algo mucho más fundamental.
Habla del derecho de una niña a decidir quién quiere ser.
Y de la obligación colectiva de garantizar que nadie decida por ella.
Porque mientras exista una sola niña obligada a abandonar su infancia para convertirse en esposa o madre, la discusión seguirá siendo urgente.
Y porque, como Eufrosina lleva años recordándole al país, cambiar las palabras nunca será suficiente si no cambiamos también las vidas que existen detrás de ellas.
Mesa editorial | BrúxulaNews💫



























































