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Le Corbusier — del tamaño de un reloj al tamaño de una ciudad.

Antes de proyectar casas y ciudades enteras, Charles-Édouard Jeanneret aprendió a dibujar sobre cajas de reloj. Aquella primera escala nunca desapareció del todo.

En La Chaux-de-Fonds, una ciudad suiza levantada alrededor de talleres relojeros y jornadas de precisión casi microscópica, Charles-Édouard Jeanneret aprendió primero a mirar de cerca. Su padre esmaltaba relojes; él ingresó en 1900 a la Escuela de Arte local para estudiar dibujo y grabado, una formación pensada en buena medida para alimentar la industria que sostenía a la ciudad. Había que dominar superficies pequeñas, reconocer cuánto podía soportar una línea antes de volverse torpe, entender que unos cuantos milímetros bastaban para alterar una composición. En 1906, la escuela obtuvo un diploma de honor en la Exposición Internacional de Artes Decorativas de Milán por trabajos realizados en cajas de reloj. Jeanneret tenía dieciocho años y aún faltaba mucho para que el mundo conociera el nombre con el que terminaría firmando edificios: Le Corbusier.

Su maestro, Charles L’Eplattenier, había empezado a empujarlo hacia otro tipo de superficie. En junio de 1905 lo orientó hacia la arquitectura y, poco después, el joven participó junto con René Chapallaz en el proyecto de la Villa Fallet, construida entre 1906 y 1907 en las alturas de La Chaux-de-Fonds. La casa todavía guarda poco de aquello que décadas después se identificaría de inmediato como corbusiano: sus fachadas están cubiertas por motivos inspirados en abetos, nubes y formas alpinas, una decoración vinculada al llamado style sapin de la escuela local. El cliente, Louis Fallet, era relojero y joyero. Incluso cuando Jeanneret empezó a construir casas, seguía trabajando dentro del mismo mundo del que había salido. 

Caja de reloj diseñada y grabada por Charles-Édouard Jeanneret en la Escuela de Arte de La Chaux-de-Fonds, 1906. Antes de dedicarse a la arquitectura, el futuro Le Corbusier se formó en dibujo y grabado para la industria relojera suiza.

Aprender arquitectura viajando

El dinero que obtuvo con Villa Fallet le permitió marcharse. Entre 1907 y 1911 recorrió Italia, Alemania, los Balcanes y otros territorios del Mediterráneo; llenó cuadernos con dibujos de edificios, paisajes y objetos que encontraba a su paso. En Florencia observó pintura, en monasterios estudió la relación entre celdas privadas y espacios comunes, en Alemania buscó aproximarse a arquitectos que estaban trabajando con nuevas formas de producción industrial. Durante una temporada entró al estudio de Peter Behrens, una de las figuras centrales del diseño moderno alemán. 

El Partenón de Atenas en uno de los cuadernos del Voyage d’Orient de Charles-Édouard Jeanneret, 1911. Durante sus viajes llenó cuadernos con dibujos de arquitectura, luz y proporciones.

Esos viajes ampliaron el tamaño de sus preguntas. La formación artesanal de La Chaux-de-Fonds le había enseñado a controlar el detalle; fuera de Suiza empezó a preguntarse cómo organizar una habitación, después una casa y, finalmente, cómo podría construirse una ciudad para la vida industrial del siglo XX.

La transformación también fue estética. El joven que había cubierto Villa Fallet de ornamentos alpinos se alejó progresivamente de aquella decoración. Las superficies se limpiaron, las estructuras comenzaron a hacerse visibles, el concreto armado ofreció una libertad que las paredes tradicionales no permitían. Cuando se instaló definitivamente en París, Charles-Édouard Jeanneret empezó a convertirse en Le Corbusier: un nombre adoptado alrededor de 1920 y vinculado a su actividad editorial y artística junto con Amédée Ozenfant. La arquitectura, desde entonces, podía pensarse como un sistema.

Villa Fallet, en La Chaux-de-Fonds, uno de los primeros proyectos en los que participó Charles-Édouard Jeanneret antes de adoptar el nombre de Le Corbusier. Su decoración todavía conserva motivos vinculados al paisaje alpino. Foto: Spyridon

Una casa medida como un mecanismo

En 1923 publicó Vers une architecture, uno de los libros que fijaron buena parte del vocabulario del movimiento moderno. Allí apareció una de sus fórmulas más conocidas: la casa entendida como una “máquina de habitar”. La expresión ha envejecido de manera extraña; todavía puede sonar provocadora, aunque describía una preocupación bastante concreta. Los automóviles, los transatlánticos y los aviones estaban siendo diseñados mediante procesos industriales capaces de eliminar componentes innecesarios. Le Corbusier pensaba que la vivienda podía aprender algo de ellos.

Villa Savoye, construida en Poissy entre 1928 y 1931, dejó esa idea convertida en edificio. La casa se eleva sobre pilotes; una fachada blanca parece separarse del suelo, las ventanas se extienden horizontalmente y una rampa organiza el recorrido hasta la terraza. Desde ciertos ángulos parece un objeto colocado con precisión sobre el paisaje. UNESCO la considera uno de los edificios emblemáticos del Movimiento Moderno y la incluyó, junto con otras dieciséis obras de Le Corbusier distribuidas en siete países, dentro de su lista de Patrimonio Mundial. 

Villa Savoye, en Poissy, proyectada por Le Corbusier y Pierre Jeanneret entre 1928 y 1931. Sus pilotis, ventanas horizontales y terraza condensan varios de los principios de la arquitectura moderna. Foto: Jean-Pierre Dalbéra

La escala del reloj había desaparecido físicamente, aunque permanecía otra cosa: la insistencia en que cada elemento debía ocupar una posición calculada.

A mediados del siglo XX, esa obsesión encontró una medida humana. Le Corbusier desarrolló el Modulor, un sistema proporcional basado en las dimensiones del cuerpo y en relaciones matemáticas que pretendía servir como referencia para diseñar desde muebles hasta edificios. Puertas, alturas, barandales y habitaciones podían calcularse a partir de una figura humana convertida en patrón. El cuerpo entraba en el plano como antes lo había hecho una pieza en la caja de un reloj.

El edificio se convierte en ciudad

Después de la Segunda Guerra Mundial apareció uno de sus experimentos más ambiciosos: la Unité d’Habitation de Marsella. Terminada en 1952, reunió cientos de departamentos dentro de una enorme estructura de concreto elevada sobre pilotes. Había corredores interiores, comercios y espacios comunes; en la azotea, una guardería y áreas pensadas para la convivencia. UNESCO la describe como un prototipo decisivo para pensar la relación entre la vivienda individual y la vida colectiva. 

La pregunta ya no era únicamente cómo debía organizarse una casa. Ahora una estructura podía contener una pequeña comunidad. El paso siguiente fue Chandigarh.

Estudio de Le Corbusier para el Governor’s Palace de Chandigarh, 1953. Los dibujos del proyecto muestran cómo su trabajo había pasado de la escala doméstica a la planificación de una nueva capital.

Tras la independencia de India y la partición de 1947, el Punjab había perdido Lahore, que quedó dentro de Pakistán. El nuevo estado necesitaba una capital; también necesitaba una imagen capaz de representar otra época política. En 1950, funcionarios del Punjab llegaron a Europa en busca de arquitectos y terminaron contratando a Le Corbusier como asesor del proyecto. Las obras comenzaron a principios de la década siguiente y Chandigarh acabaría convertida en uno de los experimentos urbanísticos más reconocibles del siglo XX. 

Aquí la superficie de trabajo ya era inmensa. Sectores residenciales, avenidas, edificios administrativos y espacios públicos aparecían organizados dentro de un esquema que intentaba asignar funciones claras a cada fragmento de ciudad. En el Capitolio diseñó edificios como la Asamblea y el Tribunal Superior, donde el concreto adquirió una escala casi monumental. La geometría limpia de sus primeras casas dio paso a volúmenes pesados, sombras enormes y formas curvas que parecían construidas para soportar el sol indio.

También allí aparecieron las limitaciones de imaginar una ciudad desde el plano. Chandigarh fue celebrada como símbolo de modernización y discutida por la rigidez de algunos de sus principios urbanos; las ciudades, después de todo, acumulan vendedores, bicicletas, atajos y costumbres que ningún dibujo puede anticipar por completo. La propia historia posterior de Chandigarh muestra cómo sus habitantes fueron ajustando y ocupando espacios concebidos bajo una lógica mucho más controlada. 

Azotea de la Unité d’Habitation de Marsella, el gran experimento residencial terminado en 1952 con el que Le Corbusier ensayó una forma de “ciudad vertical”. Foto: seier+seier 

La medida y aquello que se escapa

Resulta tentador mirar la carrera de Le Corbusier como una sucesión de escalas: caja de reloj, casa, bloque de viviendas, ciudad. La trayectoria es menos limpia de lo que esa secuencia sugiere. Entre una etapa y otra hubo viajes, cambios de lenguaje y proyectos que contradicen sus propias reglas; la capilla de Notre-Dame-du-Haut en Ronchamp, con sus muros curvos y su cubierta casi escultórica, difícilmente podría confundirse con la precisión geométrica de Villa Savoye. UNESCO la cuenta también entre las obras que explican la amplitud de su influencia.

Interior de la capilla Notre-Dame-du-Haut, en Ronchamp, fotografiada por Lucien Hervé hacia 1955. En esta obra, Le Corbusier se alejó de la geometría estricta de sus primeras casas para trabajar con muros curvos, luz y superficies de hormigón.

Quizá ahí esté lo que vuelve tan sugerente regresar a La Chaux-de-Fonds 139 años después de su nacimiento. Antes de convertirse en una de las figuras que redefinieron la arquitectura del siglo XX, Le Corbusier aprendió un oficio donde cada línea debía caber dentro de unos centímetros. Décadas después seguía midiendo. Solo que, para entonces, la superficie sobre la que dibujaba podía contener una ciudad entera.

Notre-Dame-du-Haut, en Ronchamp, terminada en 1955. Le Corbusier dejó aquí atrás buena parte de la geometría estricta de sus primeras casas para trabajar con muros curvos, hormigón y una luz interior casi teatral. 
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