A primera vista, Qué haría si no tuviera miedo, de Maïna Chirokoff, podría parecer un poemario o un libro ilustrado de atmósfera íntima. La portada, con sus figuras superpuestas, sus cabezas abiertas como pequeños escenarios interiores y su paleta entre lo onírico y lo inquietante, sugiere una lectura fragmentaria, casi lírica. Sin embargo, al avanzar en sus páginas, el libro revela otra naturaleza: no es una colección dispersa de textos, sino un cuento breve compuesto por capítulos, escenas e insertos que dialogan entre sí. Un relato dividido en estaciones simbólicas que van guiando al lector por un viaje interior.
Después del prólogo, la narración avanza por títulos que funcionan casi como puertas: “Qué haría si no tuviera miedo”, “El No-te-veo y el No-me-ves”, “El hombre reloj”, “Las aves”, “La Yo”, “La dama” y “El final del laberinto”. Cada uno abre una habitación distinta del miedo. No se trata de una historia lineal en el sentido tradicional, sino de un recorrido emocional donde una imagen conduce a otra, un símbolo llama al siguiente y la protagonista, Remedios, va desnudándose poco a poco ante aquello que la habita. El resultado es una obra breve, sí, pero sorprendentemente completa: un cuento-laberinto.
El guiño a Remedios Varo está presente desde el nombre de la protagonista, pero no se agota ahí. Toda la obra parece escrita desde una sensibilidad cercana al surrealismo: las descripciones, los personajes y las situaciones tienen algo de pintura que cobra vida. Leer Qué haría si no tuviera miedo es entrar en una imagen detenida justo en el instante en que comienza a moverse. Hay puertas, figuras extrañas, relojes, aves, presencias femeninas, laberintos y cuerpos simbólicos que no buscan explicar la realidad, sino revelar aquello que normalmente permanece escondido debajo de ella.
Remedios emprende un viaje para enfrentarse a sus miedos, pero Chirokoff evita convertir esa travesía en una lección simple de superación. El miedo aquí no es un enemigo que deba vencerse con una frase luminosa ni una sombra que desaparezca en cuanto alguien decide ser valiente. Es una presencia más compleja: a veces toma la forma de la invisibilidad, otras la del tiempo, otras la de la pérdida de quienes amamos. Y quizá por eso el libro funciona mejor cuando se lee como una exploración artística de la sanación. Sanar, en estas páginas, no significa salir intacto del laberinto, sino aprender a caminarlo con los ojos abiertos.
Hay momentos (incluso un guiño muy bellamente insertado y citado) en los que el tratamiento del tiempo puede recordar la imaginación filosófica de Momo, de Michael Ende: esa manera de convertir algo abstracto en figura, amenaza y pregunta vital. En otros pasajes, la idea de una vida atravesada por posibilidades, decisiones y versiones de uno mismo puede evocar, para ciertos lectores, ecos de La biblioteca de medianoche, de Matt Haig, lo cual, personalmente disfrute mucho (incluso el recurso del bastón, como el que llevaba la señora Elm en la novela del escritor inglés.) Las menciono, no porque el libro dependa de esas referencias, sino porque comparte con ellas una reflexión profunda: qué hacemos con el tiempo, con el miedo y con aquello que no nos atrevimos a ser.
Uno de los aciertos más bellos de Qué haría si no tuviera miedo es la forma en que la autora va revelando a su protagonista. Remedios no aparece completamente explicada desde el principio; se va mostrando por capas, como si cada capítulo levantara apenas una parte del velo. En ese proceso, el lector no sólo acompaña una historia, sino una exposición íntima. Desconozco si hay o no una dimensión autobiográfica en el relato, pero algo en su escritura transmite una verdad emocional difícil de fingir. Hay una autora joven, sí, pero también una mirada inquieta, creativa, con garra. Una voz que entiende que la fragilidad es también una forma de fuerza.
Las ilustraciones de Nicolas Chirokoff amplifican esa sensación. No acompañan simplemente al texto: lo prolongan. Sus figuras negras, sus cuerpos alargados, sus rostros impasibles, sus aves humanas, sus mujeres estelares y sus criaturas imposibles parecen pertenecer al mismo sueño del que nace la narración. Entre texto e imagen se construye un universo propio, fantástico, delicado y oscuro, donde el miedo no se ilustra como horror, sino como misterio. Como algo que duele, pero que también revela.
Por eso el libro resulta tan atractivo una vez que empieza: una escena conduce a otra, una imagen abre una nueva pregunta, una figura extraña nos lleva a una emoción reconocible. Chirokoff escribe desde lo simbólico, pero nunca pierde el hilo humano. Detrás del laberinto, de las aves, del reloj y de las presencias surrealistas, hay una pregunta sencilla y enorme: ¿qué haríamos si no tuviéramos miedo? La respuesta, por supuesto, no llega como una conclusión cerrada. Llega como viaje.
Hacia el final, el libro parece sugerir que los miedos de Remedios no desaparecen del todo: se transforman. Dejan de ser únicamente obstáculos para convertirse en parte de aquello que la empuja a descubrir quién es. Tal vez esa sea una de las intuiciones más hermosas de la obra: que el miedo, mirado de frente, puede dejar de ser una jaula y convertirse en una forma de conocimiento.
Qué haría si no tuviera miedo es un libro breve, místico y bello. Una narración que se lee con rapidez, pero permanece por su atmósfera. En momentos, parece recordarnos que el arte no siempre sirve para escapar de la realidad; a veces sirve para descender a ella por caminos secretos. Y quizá por eso su viaje no termina exactamente en una salida, sino en una reconciliación: la de entender que incluso el miedo puede volverse corriente, ola y regreso. Algo que va y viene, una y otra vez, hasta encontrar por fin su orilla.
Janice BG | @velvet_horses




























































