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La montaña mágica & la invención de la espera

Mucho antes de las redes sociales, las pandemias y la ansiedad contemporánea, Thomas Mann escribió una novela sobre personas atrapadas en un tiempo suspendido.

A 71 años de la muerte de Thomas Mann, su gran novela sigue proponiendo una experiencia tan extraña como única: detener el tiempo, aprender a habitarlo y descubrir cuánto puede cambiar una vida mientras «no ocurre nada».

Hans Castorp llega a los Alpes suizos con una intención bastante sencilla: visitar durante tres semanas a su primo Joachim, internado en un sanatorio para tuberculosos. Es joven, pertenece a una familia acomodada de Hamburgo y todavía parece imaginar su vida como una sucesión razonablemente ordenada de acontecimientos. Llegará, permanecerá unos días, regresará a casa y continuará con aquello que estaba previsto para él. Pero las tres semanas se convierten en siete años.

En esa transformación aparentemente absurda está contenida buena parte de La montaña mágica. Thomas Mann publicó la novela en 1924, después de trabajar en ella durante más de una década, y construyó alrededor de aquel sanatorio un mundo en el que el tiempo parece comportarse de otra manera. Los días están llenos de comidas, revisiones médicas, reposos, paseos y conversaciones. Hay muy pocos acontecimientos en el sentido tradicional de la palabra y, sin embargo, mientras casi nadie parece avanzar, todo cambia. Castorp ha llegado a un lugar donde esperar no es el intervalo entre dos cosas. Es la vida misma.

Un viaje de tres semanas

El comienzo de la novela contiene ya una pequeña advertencia. Para llegar al sanatorio, Castorp debe ascender. Viaja desde la llanura hasta Davos y, conforme el tren gana altura, aquello que ha dejado abajo comienza también a adquirir una cierta distancia mental. El mundo cotidiano continúa existiendo, pero cada kilómetro parece volverlo un poco menos urgente.

Sanatorio Davos-Dorf en una postal de 1921. A comienzos del siglo XX, Davos se había convertido en uno de los grandes centros europeos para el tratamiento de enfermedades pulmonares. Foto: autor desconocido / ETH-Bibliothek Zürich, dominio público.

El Berghof está organizado según otra lógica. Los pacientes comen a determinadas horas, miden su temperatura, descansan envueltos en mantas sobre balcones y hablan con una familiaridad desconcertante de radiografías, pulmones, fiebres y muerte. La enfermedad posee allí sus propios rituales y hasta sus propias jerarquías. Quien acaba de llegar todavía conserva hábitos del mundo exterior; quien lleva años internado ha aprendido una forma distinta de relacionarse con el tiempo.

Castorp no tarda en incorporarse a ese ritmo. Una ligera fiebre, algunas sospechas médicas y cierta fascinación por quienes lo rodean bastan para aplazar el regreso. Pronto resulta difícil saber si permanece porque está enfermo o si, de alguna manera, necesita estarlo.

Mann convierte así una visita en suspensión. Lo importante deja de ser cuándo regresará Castorp a su vida y comienza a ser qué significa exactamente regresar cuando el tiempo ya ha empezado a transformarte.

Cuando el tiempo deja de obedecer

La montaña mágica habla continuamente del tiempo porque quiere producir en el lector la misma confusión que viven sus personajes. Los primeros días de Castorp en el sanatorio son descritos con enorme detalle. Todo es nuevo y, precisamente por eso, cada experiencia parece ocupar mucho espacio. Conforme pasan los meses y los años, en cambio, el tiempo empieza a comprimirse.

Es una sensación conocida. Una semana en un lugar desconocido puede parecernos larguísima porque cada día contiene nuevas impresiones; después, cuando la rutina se instala, meses enteros pueden desaparecer casi sin dejar rastro. Mann convierte esa percepción cotidiana en uno de los mecanismos fundamentales de la novela. El calendario continúa avanzando. Cambian las estaciones, llega la nieve, se derrite, vuelve a caer. Pero los pacientes permanecen.

Davos en una fotografía tomada entre 1920 y 1950. En La montaña mágica, el paisaje alpino parece separar progresivamente a Hans Castorp del ritmo del mundo que dejó abajo.

La espera modifica entonces su significado. Normalmente esperamos algo: un tren, una noticia, una recuperación, una persona. Existe un acontecimiento futuro que justifica ese intervalo. En el Berghof, en cambio, esperar puede convertirse en una condición permanente. Los enfermos esperan mejorar, aunque algunos saben que probablemente nunca lo harán. Esperan una radiografía favorable, una temperatura más baja, el permiso para regresar a casa. Y mientras esperan, envejecen.

La novela plantea una pregunta incómoda: ¿cuánto tiempo puede permanecer una vida suspendida antes de que la suspensión se convierta simplemente en vida?

La enfermedad como forma de existencia

La tuberculosis había adquirido durante el siglo XIX y principios del XX una carga cultural singular. Era una enfermedad devastadora, pero también estaba rodeada por una mitología que la asociaba con sensibilidad, fragilidad y cierta intensidad espiritual. Mann utiliza ese imaginario y al mismo tiempo lo somete a una mirada mucho menos romántica.

En el sanatorio hay belleza —paisajes nevados, conversaciones intelectuales, tardes interminables, deseo—, pero también cuerpos debilitados, hemorragias, radiografías y habitaciones que de pronto quedan vacías.

Balcón del antiguo sanatorio Schatzalp de Davos, con las tumbonas destinadas al reposo al aire libre. La cura de reposo convirtió esperar, permanecer inmóvil y respirar en parte de la rutina cotidiana del tratamiento.

La enfermedad permite a los personajes apartarse temporalmente de las obligaciones ordinarias. Nadie en el Berghof parece tener que incorporarse inmediatamente al mundo productivo. Allí pueden leer, discutir, enamorarse, observar el paisaje y pensar durante horas sobre cuestiones que abajo parecerían excesivas. Ese privilegio tiene, sin embargo, un precio. La montaña ofrece tiempo precisamente porque amenaza con quitarlo.

Castorp experimenta esa contradicción con una mezcla de ingenuidad y fascinación. El sanatorio le permite retrasar la vida que otros habían imaginado para él y acercarse a preguntas para las que quizá nunca habría encontrado espacio en Hamburgo. La enfermedad se convierte así no sólo en un estado físico, sino en una forma de suspensión social. Arriba, por primera vez, tiene tiempo para pensar.

Una Europa encerrada en una habitación

Pero Castorp no espera solo. A su alrededor aparecen personajes que convierten el sanatorio en una especie de miniatura intelectual de la Europa anterior a la Primera Guerra Mundial.

Settembrini defiende la razón, el humanismo, la educación y el progreso. Naphta discute con él desde posiciones mucho más radicales, atravesadas por religión, autoritarismo y revolución. Sus conversaciones pueden parecer interminables porque, de alguna manera, lo son: Mann hace que dos grandes tradiciones ideológicas europeas discutan mientras el continente se aproxima lentamente a una catástrofe que los personajes todavía no pueden ver.

Salón del antiguo sanatorio Schatzalp, en Davos. En La montaña mágica, Thomas Mann convierte un espacio semejante en una pequeña Europa aislada: humanismo, religión, revolución y autoritarismo discuten mientras, abajo, el continente se aproxima a la guerra. 

También está Clawdia Chauchat, cuya presencia introduce otra clase de tiempo: el de la espera amorosa, el deseo y la anticipación. Castorp escucha el sonido de una puerta, observa un gesto, aguarda una oportunidad para acercarse. En un lugar donde las horas parecen perder definición, el deseo vuelve a organizarlas.

Nada de esto sucede aislado del mundo exterior. Mientras los habitantes del Berghof comen, discuten y toman su temperatura, Europa continúa avanzando hacia 1914.

Ese contraste modifica retrospectivamente toda la novela. Los pacientes creen estar esperando su regreso a la vida normal, pero nosotros sabemos que aquello que llaman normalidad está a punto de desaparecer.

Lo que ocurre mientras no ocurre nada

Hay una dificultad inevitable al explicar La montaña mágica: contar su argumento puede hacer que parezca una novela en la que sucede muy poco. Un joven sube a un sanatorio, permanece allí durante años, conoce personas, conversa, se enamora, observa morir a algunos pacientes y continúa esperando. Pero ahí está su radicalidad.

Primera edición de Der Zauberberg (La montaña mágica), publicada por S. Fischer en Berlín en 1924, en dos volúmenes. La novela convirtió siete años de espera en una de las grandes exploraciones literarias del tiempo del siglo XX. 

Mann convierte la espera en materia narrativa. En lugar de acelerar los periodos en los que aparentemente no ocurre nada para llevarnos rápidamente al siguiente acontecimiento, obliga al lector a permanecer dentro de ellos. Nos hace sentir la repetición, los almuerzos, los descansos, las conversaciones y los cambios casi imperceptibles que sólo adquieren sentido cuando ha pasado suficiente tiempo. Lo extraordinario es que esa lentitud termina produciendo una transformación.

Castorp no es el mismo después de siete años, aunque resulte difícil identificar el instante preciso en que cambió. Quizá porque las personas rara vez cambian en un solo momento. Cambian mientras esperan, mientras repiten ciertos hábitos, mientras escuchan las mismas voces, mientras atraviesan inviernos que parecen idénticos. La novela comprende que una vida también está hecha de todo aquello que ocurre entre los acontecimientos que luego recordamos.

El final de la espera

Entonces llega la guerra. Después de cientos de páginas en las que el tiempo parecía haberse detenido, la historia vuelve a ponerse en movimiento con una violencia extraordinaria. El mundo exterior irrumpe finalmente en la montaña y obliga a Castorp a descender. La espera termina porque ya no es posible seguir esperando.

Ese descenso dota de sentido a los siete años anteriores. El joven que había subido pensando permanecer tres semanas abandona el sanatorio rumbo a un mundo completamente distinto. Mann lo envía al frente de batalla y deja su destino abierto, como si después de haber dedicado una novela entera a observar lentamente el paso del tiempo ya no pudiera asegurar cuánto le queda.

Quizá ahí resida una de las razones por las que La montaña mágica sigue resultando tan extrañamente contemporánea. Vivimos convencidos de que la vida verdadera sucede cuando algo cambia: cuando viajamos, terminamos un proyecto, comenzamos una relación, recibimos una noticia. Los periodos intermedios suelen parecernos espacios vacíos que debemos atravesar cuanto antes.

Mann construyó una novela gigantesca para sugerir lo contrario. La espera nunca está realmente vacía. Mientras creemos que nada ocurre, envejecemos, deseamos, aprendemos, cambiamos de opinión, conocemos a otros y comenzamos lentamente a convertirnos en alguien distinto. Hans Castorp subió a la montaña para pasar tres semanas. Cuando volvió a bajar, habían pasado siete años. El mundo había cambiado. Y él también.

Soldados alemanes en una trinchera durante la Primera Guerra Mundial, hacia 1915. Al final de La montaña mágica, la historia irrumpe violentamente en el tiempo suspendido del sanatorio y devuelve a Hans Castorp al mundo exterior. La montaña queda atrás; abajo, Europa ya no es la misma. 

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