Antes de comenzar, conviene situar la obra. Publicado por Editorial Gato Blanco, coordinado por Aniela Rodríguez e ilustrado por Vero Anaya, Hasta mi boca, un grito reúne once voces emergentes de la narrativa mexicana contemporánea en diálogo con once escritoras de amplia trayectoria que acompañan cada relato mediante un prólogo. Más que una simple antología, el volumen propone una conversación entre generaciones, sensibilidades y búsquedas literarias.
Lo que sigue, sin embargo, no es una lectura de los cuentos. Es una exploración de aquello que el libro revela antes de que aparezca la primera palabra: sus cubiertas, ilustraciones, símbolos, colores y estructuras visuales. Una lectura de la obra antes de ser leída.
El libro como sistema visual
Antes de ser una antología de once autoras, Hasta mi boca, un grito se presenta como un conjunto de signos.
Reptiles. Esqueletos. Flores. Niñas. Casas. Agua. Patrones orgánicos. Círculos. Fragmentos. Ninguno aparece una sola vez. Todos regresan. Y esa repetición produce algo fundamental: una sensación de unidad.
Al observar las imágenes en conjunto, emerge una estructura visual sorprendentemente coherente. El libro parece construir significado a partir de cuatro operaciones recurrentes.
La primera es la repetición. Los motivos reaparecen. No necesariamente idénticos, pero sí emparentados. El libro construye memoria visual. El lector aprende a reconocer ciertas formas antes incluso de comprenderlas.
La segunda es la fragmentación. Nada aparece completamente cerrado. Los esqueletos están incompletos. Los cuerpos se dividen. Las formas orgánicas se fracturan. Las figuras carecen de rasgos individuales. El libro parece más interesado en las huellas que en las totalidades.
La tercera es la circularidad. Los círculos aparecen una y otra vez. Los personajes se agrupan. Los cuerpos rodean. Las composiciones vuelven sobre sí mismas. Incluso la imagen principal de la sobrecubierta funciona como una estructura circular. Es un libro que visualmente no avanza en línea recta. Gira. Regresa. Rodea.
La cuarta es la ausencia de individualidad. Prácticamente ninguna figura posee rasgos reconocibles. No hay retratos. No hay rostros detallados. No hay psicología. Las figuras funcionan casi como arquetipos. Como si el libro quisiera hablar menos de personas concretas y más de experiencias compartidas.
El grito nunca aparece
Quizá lo más fascinante es que el libro lleva la palabra grito en el título, pero jamás intenta representarlo.
No hay bocas abiertas.
No hay gestos de desesperación.
No hay escenas explícitas de violencia.
Lo que vemos es todo aquello que precede al grito.
La acumulación.
La memoria.
La herencia.
La fractura.
El silencio.
Como si el libro entendiera que los gritos más profundos no son los que escuchamos, sino los que permanecen atrapados en el cuerpo.
Una iconografía de la fragmentación
Al observar las ilustraciones en conjunto, emerge una obsesión recurrente: los cuerpos fragmentados.
El esqueleto incompleto.
Los huesos dispersos.
La sandía rota.
Los patrones orgánicos divididos por una retícula.
Las figuras sin rostro.
Nada parece íntegro.
Nada aparece completamente resuelto.
Pero la fragmentación aquí no funciona como destrucción. Funciona como memoria. Los fragmentos son aquello que sobrevive. Aquello que puede contarse. Aquello que queda después del paso del tiempo. En ese sentido, la sandía partida resulta especialmente reveladora. Su forma recuerda simultáneamente a una fruta, un órgano, un corazón y un cuerpo. La ruptura no está en los fragmentos. Está en el espacio blanco que los separa. En aquello que ya no puede volver a unirse.
La cubierta oculta la clave
La revelación más interesante surge al comparar la sobrecubierta con la cubierta interior.
La sobrecubierta cuenta una historia.
Presenta personajes.
Construye una mitología.
Sugiere amenazas.
La cubierta interior, en cambio, abandona toda figuración.
Sólo permanecen líneas rojas orgánicas divididas por una cuadrícula.
La imagen parece tejido.
Parece raíz.
Parece sangre.
Parece cicatriz.
Y quizá esa sea la verdadera clave visual del libro.
Porque esas formas abstractas reaparecen más adelante en las ilustraciones interiores. Como si todas las imágenes provinieran de una misma materia. Como si el libro estuviera construyendo una única anatomía visual a través de múltiples variaciones.
La herida como archivo
Hay una frase de la contraportada que adquiere un nuevo significado después de recorrer visualmente el libro:
«Once formas de hacer una pequeña hendidura en la piel del tiempo.»
Quizá esa sea la mejor manera de entender la propuesta completa.
Las ilustraciones no representan acontecimientos. Representan huellas.
No muestran el golpe. Muestran la marca que dejó.
No muestran la pérdida. Muestran el vacío que permanece.
No muestran el grito. Muestran la anatomía que lo hizo inevitable.
Y es precisamente ahí donde reside la fuerza visual de Hasta mi boca, un grito: en comprender que las imágenes más poderosas no siempre muestran lo que ocurre, sino aquello que permanece resonando mucho después.
Antes de ser una colección de relatos, este libro construye un lenguaje. Un sistema de símbolos. Una memoria visual.
Y quizá esa sea su mayor virtud: recordarnos que algunos libros comienzan a leerse mucho antes de que lleguemos a la primera página.
Después de recorrer sus imágenes, sus símbolos y sus silencios, queda una sensación inevitable: la de querer abrir el libro y comenzar por fin la lectura. Las imágenes ya han contado una parte de la historia. Ahora toca descubrir las once voces que la habitan. Por fortuna, el fin de semana ya está aquí 🙂
Janice BG | @velvet_horses




























































