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Roald Amundsen: explorar hasta desaparecer del mapa

Alcanzó el Polo Sur, cruzó el Paso del Noroeste y sobrevoló el Ártico, movido por la ambición de llegar siempre más lejos.

Durante siglos, los extremos del planeta fueron espacios en blanco. En los mapas aparecían como regiones incompletas, territorios cubiertos por hielo donde la geografía se confundía con la imaginación. Llegar hasta ellos no significaba únicamente descubrir una ruta o plantar una bandera: era enfrentarse a un mundo en el que el frío, la oscuridad y la distancia podían borrar cualquier certeza humana.

Roald Amundsen nació el 16 de julio de 1872 en Borge, Noruega, y dedicó prácticamente toda su vida a recorrer esos márgenes. Fue el primero en atravesar por completo el Paso del Noroeste en una sola expedición, encabezó el grupo que alcanzó antes que nadie el Polo Sur y participó en el primer vuelo comprobado sobre el Polo Norte. Su trayectoria parece una sucesión de conquistas, pero también puede leerse como la historia de una obsesión: alcanzar el siguiente límite incluso después de haber demostrado que era posible. 

Aprender antes de conquistar

La imagen tradicional del explorador suele privilegiar el valor: un hombre solitario enfrentándose a la naturaleza mediante voluntad y resistencia. Amundsen entendió, en cambio, que la supervivencia dependía menos del heroísmo que de la preparación. Sus expediciones fueron construidas a partir de observación, disciplina, conocimiento técnico y capacidad para adaptar los métodos al territorio.

Entre 1903 y 1906 comandó el pequeño velero Gjøa durante la primera navegación completa del Paso del Noroeste, la ruta ártica que comunica los océanos Atlántico y Pacífico a través del norte de Canadá. Amundsen y seis compañeros pasaron dos inviernos en la región que hoy lleva el nombre de Gjoa Haven, mientras estudiaban el polo magnético y comprobaban que su posición variaba con el tiempo. 

El viaje fue mucho más que una hazaña cartográfica. En el Ártico, Amundsen comprendió el valor de los perros de trineo, las prendas de piel y las formas de desplazamiento desarrolladas por las comunidades inuit. La historia de la exploración occidental se ha contado con frecuencia como una sucesión de descubrimientos individuales, aunque muchos de ellos fueron posibles gracias a conocimientos indígenas acumulados durante generaciones. Amundsen tuvo la inteligencia práctica de aprender de quienes ya sabían vivir en el hielo.

El Polo Sur no se improvisa

A comienzos del siglo XX, alcanzar los polos se había convertido en una de las grandes ambiciones científicas y nacionales de Europa. Amundsen planeaba dirigirse al Polo Norte, pero cambió su objetivo después de que otros exploradores anunciaran haber llegado antes. Entonces orientó el Fram, el barco concebido por Fridtjof Nansen para resistir la presión del hielo, hacia la Antártida.

El 14 de diciembre de 1911, Amundsen, Olav Bjaaland, Helmer Hanssen, Sverre Hassel y Oscar Wisting alcanzaron el Polo Sur. Llegaron más de un mes antes que el equipo británico dirigido por Robert Falcon Scott, cuyos cinco integrantes morirían durante el regreso. 

La comparación entre ambas expediciones alimentó durante décadas una oposición casi literaria: Scott representaba el sacrificio heroico; Amundsen, la eficacia fría y calculada. Sin embargo, reducir el triunfo noruego a una competencia de temperamentos impide comprender lo esencial. Amundsen diseñó su avance con depósitos de suministros, equipos ligeros, esquís y perros adaptados al terreno. No venció al hielo mediante una voluntad superior, sino aceptando que la naturaleza no podía someterse a la épica.

En su método había una lección incómoda para la cultura del heroísmo: regresar con vida también forma parte del triunfo. La aventura podía despertar admiración, pero la preparación era lo que permitía contarla.

Cuando el mapa dejó de ser suficiente

Después del Polo Sur, Amundsen no se retiró. Exploró el Paso del Noreste a bordo del Maud y, cuando los barcos parecieron insuficientes, recurrió a la aviación. En 1925 participó en un intento de alcanzar el Polo Norte mediante dos hidroaviones. Tras aterrizar forzosamente sobre el hielo, los seis expedicionarios pasaron más de tres semanas construyendo una pista improvisada para poder despegar de nuevo. 

Un año después, Amundsen, Lincoln Ellsworth, Umberto Nobile y otros trece tripulantes cruzaron el océano Ártico en el dirigible Norge. El 12 de mayo de 1926 sobrevolaron el Polo Norte y continuaron hasta Alaska. Para Amundsen y Oscar Wisting, que también había integrado la expedición antártica, el vuelo significó haber alcanzado ambos extremos del planeta. 

Pero cada logro parecía conducirlo hacia otro desafío. La exploración había dejado de ser una actividad para convertirse en su identidad. Cuando ya quedaban pocos territorios terrestres por incorporar al mapa, el cielo abrió una nueva frontera.

Desaparecer en el mismo horizonte

En junio de 1928, el dirigible italiano Italia, comandado por Umberto Nobile, sufrió un accidente al regresar del Polo Norte. Amundsen se sumó a la operación de rescate y partió desde Tromsø a bordo de un hidroavión francés. La aeronave desapareció sobre el mar de Barents. Sólo fueron encontrados algunos restos; su cuerpo nunca apareció. 

La desaparición parece cerrar su biografía con una simetría casi demasiado perfecta: el hombre que había pasado la vida avanzando hacia los espacios vacíos terminó absorbido por uno de ellos. Sin tumba y sin un punto exacto donde situar su muerte, Amundsen quedó unido al paisaje que había perseguido.

Sin embargo, su legado no reside únicamente en haber llegado primero. También revela la ambivalencia de la exploración: puede ampliar el conocimiento, pero está atravesada por la competencia, la gloria nacional y el deseo personal de superar a otros. Detrás de cada lugar conquistado permanecía una pregunta que ningún mapa podía responder: cuánto era suficiente.

Amundsen convirtió los confines en destinos posibles. Y cuando parecía que ya había alcanzado todos los extremos, continuó avanzando hasta desaparecer en uno de ellos.

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