Hay libros que uno compra por una razón muy específica y termina amando por muchas otras.
Llegué a Hasta mi boca, un grito por una de sus autoras. Una amistad lejana, una excompañera universitaria cuya inteligencia siempre admiré y cuya voz me despertó la curiosidad suficiente para acercarme a esta antología. Pensé que encontraría un buen cuento. Encontré once. Y encontré mucho más…
Concebida por la cuentista y poeta Aniela Rodríguez (seleccionada en su momento por Granta como una de las mejores narradoras jóvenes en español), esta antología publicada por Editorial Gato Blanco e ilustrada por Vero Anaya toma su título de un verso de Rosario Castellanos y reúne once escritoras que dialogan con esa idea del grito desde registros, sensibilidades y territorios narrativos completamente distintos.
Lo primero que sorprende de la obra es que se niega a ser una sola cosa. Hay misterio, horror, nostalgia, humor negro, ternura, pérdida, amistad, obsesión, mitología, familia, infancia, deseo, frustración, duelo y memoria. Hay historias que transcurren en aeropuertos y otras junto al mar; algunas se internan en las grietas de la vida familiar y otras exploran los rincones más extraños de la imaginación. Sin embargo, todas comparten algo esencial: una profunda humanidad.
Los once relatos poseen identidades propias. Cada autora escribe desde una sensibilidad distinta, con una voz y universo particular. Ningún cuento intenta parecerse al anterior. Ninguno eclipsa al que sigue. Y, aun así, todos dialogan entre sí de una forma difícil de explicar y muy fácil de sentir.
Quizá porque el grito al que alude el título no pertenece a una sola persona. Ni siquiera a un solo género literario o concepto. Atraviesa a todos.
A veces es una frustración silenciosa. A veces una pérdida (entrañable o no). A veces una obsesión, una herida familiar, un recuerdo de infancia o una pregunta que llega demasiado tarde. Ocurre dentro de los personajes, pero termina resonando dentro del lector. Ese es uno de los grandes ecos del grito… perdón, del libro.
No busca impresionar con discursos grandilocuentes ni apoyarse únicamente en el golpe de efecto. Sus historias permanecen porque hablan de emociones que reconocemos. Algunas nos inquietan. Otras nos conmueven. Otras nos obligan a mirar de frente eso que normalmente evitamos. Pero todas dejan una marca.
Y cuando una antología consigue que el lector quiera terminar un cuento para empezar inmediatamente el siguiente, algo extraordinario está ocurriendo. Porque eso fue exactamente lo que me sucedió. No quería detenerme. No porque los relatos estuvieran conectados entre sí, sino porque quería descubrir qué nueva voz me esperaba al pasar la página.
Mención aparte merecen los prólogos, escritos por once autoras con trayectorias consolidadas. Lejos de sentirse como un simple acompañamiento, funcionan como una conversación entre generaciones, una especie de puente entre escritoras que ya han encontrado su lugar y otras que comienzan a construir el suyo. El resultado es tan generoso como estimulante.
Y luego están las ilustraciones de Vero Anaya, (por cierto, también tenemos aquí análisis visual de la obra antes de ser leída)
Sutiles, inquietantes y profundamente evocadoras. No explican los relatos ni intentan traducirlos literalmente. Los acompañan. Los expanden. Se quedan en la memoria y adquieren nuevos significados una vez que el lector conoce las historias que esconden.
Y en el centro de todo está Aniela Rodríguez. Lo que ha logrado aquí va mucho más allá de reunir cuentos. Hay una mirada curatorial evidente. Una sensibilidad capaz de seleccionar voces distintas, respetar sus diferencias y, al mismo tiempo, construir una obra coherente, un grito al unísono con cara de diamante resplandeciente. No es casualidad que el libro funcione tan bien. Detrás hay una lectora atenta, una editora cuidadosa y una escritora que entiende que descubrir nuevas voces, es una forma de crear literatura.
Al terminar Hasta mi boca, un grito sentí algo que sólo me ocurre con los libros que realmente disfruto: quería seguir leyendo. No porque hubiera cabos sueltos, ni porque faltaran respuestas; sino porque me había encariñado con la experiencia.
Como cuando terminas de ver una serie que recién se estrenó y deseas que exista una temporada 2. No para saber qué ocurre después, sino para volver a convivir con quienes la habitan.
Es una obra que confirma que la narrativa breve escrita por mujeres no sólo está viva… sino que arde. Y su resplandor permanece mucho después de cerrar el libro. Como un grito. Como un eco. Como una voz que ya forma parte de nosotros.
Janice BG | @velvet_horses




























































