Hay libros que parecen haber nacido destinados a ser clásicos. Se les imagina rodeados de solemnidad, concebidos en escritorios oscuros, entre papeles corregidos con paciencia y una conciencia clara de posteridad. Pero la literatura, por fortuna, no siempre nace de esa manera. A veces aparece en una conversación improvisada, en una caminata, en una sobremesa, en un viaje sin grandes ambiciones. A veces comienza como un juego para entretener a alguien más y termina abriendo una puerta que nadie sabía que existía.
Algo así ocurrió el 4 de julio de 1862, durante un paseo en bote por el río Isis —nombre que recibe el Támesis a su paso por Oxford—, cuando Charles Lutwidge Dodgson, mejor conocido como Lewis Carroll, improvisó una historia para tres niñas: Lorina, Alice y Edith Liddell. Iban también acompañados por el reverendo Robinson Duckworth. Era una tarde cálida de verano y el plan, al parecer, no tenía mayor propósito que remar, conversar y disfrutar el día. Pero en algún punto del trayecto, entre Oxford y Godstow, Dodgson empezó a contar una historia sobre una niña llamada Alice que caía por una madriguera y entraba en un mundo regido por una lógica tan absurda como inquietantemente familiar.
Una historia nacida del juego
La escena tiene algo de milagro doméstico. No hay en ella una revelación grandilocuente ni una epifanía cuidadosamente preparada. Hay un bote, un río, unas niñas que escuchan y un hombre que inventa para ellas una aventura. La literatura aparece allí no como monumento, sino como conversación. Como una forma de acompañar el tiempo.
Alice Liddell quedó tan fascinada con aquel relato que le pidió a Dodgson que lo escribiera. Él lo hizo tiempo después bajo el título Alice’s Adventures Under Ground, un manuscrito ilustrado por él mismo que entregó a Alice en 1864. Aquella versión crecería, se transformaría y, en 1865, llegaría a las librerías como Alice’s Adventures in Wonderland, con ilustraciones de John Tenniel. Lo que había comenzado como una narración oral para una tarde de verano se convirtió en uno de los libros más extraños, leídos y perdurables de la literatura moderna.
Lo más hermoso de esta historia quizá sea eso: su origen pequeño. Antes de ser un clásico, Alicia en el país de las maravillas fue una forma de juego. Antes de entrar en bibliotecas, estudios académicos y adaptaciones cinematográficas, fue una voz contando algo para que unas niñas no se aburrieran en un paseo.
La imaginación también necesita ocio
En una época obsesionada con la productividad, resulta casi subversivo recordar que una de las obras más influyentes de la literatura infantil nació durante un momento de ocio. No de una junta, no de una encomienda editorial, no de una estrategia de mercado. Nació del tiempo libre, de la disposición a inventar sin saber exactamente para qué, de la libertad de dejar que una historia apareciera mientras el mundo seguía su curso lento sobre el agua.
Quizá por eso Alicia conserva una vitalidad tan peculiar. No parece un libro diseñado para enseñar una lección, sino para abrir una grieta en la lógica adulta. Sus personajes discuten, contradicen, preguntan, deforman el lenguaje y alteran las reglas del mundo. La Reina de Corazones, el Sombrerero, el Conejo Blanco, la Oruga y el Gato de Cheshire no pertenecen a una pedagogía ordenada; pertenecen al territorio más libre de la imaginación, ese donde las cosas no necesitan tener sentido para ser profundamente verdaderas.
Carroll no escribió simplemente una fantasía infantil. Creó un mundo donde la lógica se dobla, el lenguaje se vuelve inestable y la identidad cambia de tamaño, de forma y de certeza. Por eso Alicia sigue hablándole a los niños, pero también a los adultos. Los primeros reconocen la aventura; los segundos descubren el vértigo.
Caer para mirar de otra manera
La madriguera por la que cae Alicia es una de las imágenes más poderosas de la literatura. Descender por ella no es solo entrar en otro mundo: es abandonar las seguridades del mundo conocido. Alicia cae y, al caer, aprende que la realidad puede tener otras reglas. Que una pregunta puede no tener respuesta. Que crecer y encogerse pueden ser formas de confusión, pero también de descubrimiento. Que el absurdo no siempre es enemigo del pensamiento; a veces es su forma más honesta.
Por eso el libro ha sobrevivido a tantas lecturas. Ha sido interpretado como cuento infantil, sátira victoriana, juego lógico, sueño, pesadilla, crítica del lenguaje, aventura fantástica y obra precursora de ciertas sensibilidades modernas. Cada época encuentra en Alicia algo distinto porque el libro nunca se deja fijar del todo. Como su protagonista, cambia de tamaño cada vez que alguien vuelve a leerlo.
Pero su origen permanece luminoso: una tarde de verano, un bote, un río, unas niñas escuchando. Tal vez esa imagen explique algo esencial sobre la creación. No todas las ideas llegan cuando se las persigue con ansiedad. Algunas aparecen cuando el cuerpo descansa, cuando la conversación fluye, cuando la imaginación no tiene que justificar su existencia.
Lo cotidiano como origen de lo eterno
La historia de aquel 4 de julio recuerda que las grandes obras no siempre nacen con apariencia de grandeza. A veces surgen de un gesto mínimo: contar un cuento para alguien, aceptar una petición, escribir después lo que pudo haberse perdido en el aire. Si Alice Liddell no hubiera pedido que aquella historia quedara por escrito, quizá Alicia en el país de las maravillas habría existido solo como existen tantas historias orales: durante un rato, en la memoria de quienes las escucharon, hasta desvanecerse.
Pero no se desvaneció. La historia siguió cayendo. Cayó del bote al manuscrito, del manuscrito al libro, del libro al imaginario colectivo. Y desde entonces no ha dejado de acompañarnos.
Quizá por eso vale la pena volver a esa tarde. No solo para recordar el nacimiento de un clásico, sino para defender algo que a menudo olvidamos: la imaginación necesita espacio. Necesita tiempo sin utilidad inmediata. Necesita juego, conversación, afecto, descanso. Necesita esas pausas donde la vida parece no estar produciendo nada y, sin embargo, algo comienza a formarse en silencio.
Aquella tarde, entre remadas, sonrisas y una historia improvisada, Alicia empezó a caer por la madriguera. Más de siglo y medio después, todavía seguimos cayendo con ella.
Mesa curatorial | BrúxulaNews💫




























































