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Molino del Rey: el combate que precedió al mito

Cinco días antes de los Niños Héroes, la guerra ya había dejado muertos, humo y ruinas a las puertas de Chapultepec.

Hoy es difícil mirar los alrededores de Los Pinos y reconstruir mentalmente lo que ocurrió allí la mañana del 8 de septiembre de 1847. El bosque de Chapultepec, las avenidas y los edificios han terminado por absorber un terreno donde, durante unas horas, miles de hombres dispararon entre muros de piedra, zanjas y magueyales. En ese lugar se encontraba el Molino del Rey, una construcción de origen virreinal que dio nombre a uno de los combates más sangrientos de la guerra entre México y Estados Unidos. 

Faltaban cinco días para la batalla de Chapultepec. Los cadetes que después serían reunidos en la memoria nacional bajo el nombre de los Niños Héroes todavía no habían ocupado el centro del relato. Antes de esa escena vendría otra: soldados avanzando al amanecer hacia un molino que los estadounidenses creían convertido en fábrica de cañones.

El rumor de una fundición

Para septiembre de 1847, el ejército estadounidense estaba ya frente a la capital. Había desembarcado meses antes en Veracruz bajo el mando de Winfield Scott y avanzado hacia el centro del país. En agosto había derrotado a las fuerzas mexicanas en Padierna y Churubusco. Después llegó una tregua destinada a negociar la paz; las conversaciones fracasaron y el 6 de septiembre se reanudaron las hostilidades. Dos días después, Scott dirigió su atención hacia el poniente.

Habían llegado informes de que en Molino del Rey se fundían piezas de artillería y que la cercana Casa Mata almacenaba pólvora. El propio Scott escribiría que había escuchado incluso que campanas de iglesias y conventos estaban siendo enviadas allí para convertirlas en cañones. La información resultaría exagerada, pero en ese momento bastó para convertir aquellos edificios en objetivo militar. 

Disposición de las fuerzas en Molino del Rey el 8 de septiembre de 1847; el plano permite ubicar Casa Mata, Molino del Rey y Chapultepec dentro del mismo frente de combate.

Santa Anna había preparado una línea defensiva en la zona. Molino del Rey y Casa Mata ofrecían muros sólidos; entre las posiciones había zanjas y obras improvisadas, y el Castillo de Chapultepec dominaba el paisaje desde su altura. Pero la víspera del combate, convencido de que el ataque principal podía llegar desde otra dirección, retiró parte de las fuerzas que protegían el sector. La Secretaría de la Defensa Nacional calcula que quedaron allí alrededor de cuatro mil hombres, entre tropas de línea y batallones de la Guardia Nacional. 

Entre ellos estaban los hombres de la brigada del general Antonio de León y los batallones Libertad, Unión, Querétaro y Mina. Este último estaba al mando del coronel Lucas Balderas. La batalla comenzó antes de que la ciudad terminara de despertar.

Una mañana entre humo y magueyes

A primeras horas del 8 de septiembre, la artillería estadounidense abrió fuego. Scott había encargado la operación al general William J. Worth y destinó cerca de 3,500 hombres al ataque, de acuerdo con la cronología del INEHRM. 

El terreno pronto perdió cualquier claridad geométrica que pudiera haber tenido sobre un mapa. Las columnas estadounidenses avanzaron hacia posiciones mexicanas protegidas por muros y vegetación; los defensores respondieron con artillería y fusilería. Algunos asaltos fueron rechazados y hubo unidades que quedaron destrozadas en cuestión de minutos.

Las imágenes posteriores de la batalla suelen mostrar largas filas de uniformes atravesando nubes blancas de pólvora. La distancia permite observar formaciones casi ordenadas. Desde abajo debió de ser otra cosa: humo que impedía ver, hombres heridos entre magueyes, caballos, oficiales intentando reorganizar tropas que habían perdido a sus mandos.

Litografía publicada en 1848 sobre la batalla del Molino del Rey, librada el 8 de septiembre de 1847 durante el avance estadounidense hacia la Ciudad de México.

Antonio de León murió durante el combate. También cayó Lucas Balderas. La defensa mexicana consiguió infligir pérdidas particularmente altas a un ejército estadounidense acostumbrado ya a encadenar victorias en su marcha hacia la capital. La posición, pese a la resistencia, terminó cediendo. 

Las cifras exactas cambian según la fuente y el método de recuento. El Centro de Historia Militar del Ejército estadounidense registra 124 muertos y 582 heridos entre sus tropas; fuentes mexicanas sitúan sus bajas en poco más de setecientas y calculan alrededor de ochocientas para los defensores. La coincidencia está en la escala: Molino del Rey resultó extraordinariamente costoso para una operación limitada. Y entonces apareció el problema que vuelve esta batalla especialmente incómoda para la historia de la campaña.

La victoria y aquello que no estaba allí

Los estadounidenses tomaron Molino del Rey. Pero la gran fundición que había justificado el ataque no apareció. El supuesto complejo destinado a fabricar cañones no correspondía a lo que Scott esperaba encontrar. Aquello convertía cientos de bajas en el precio de una victoria cuya utilidad inmediata era difícil de defender. La historiografía posterior discutiría precisamente eso: cuánto había ganado realmente el ejército estadounidense aquella mañana y cuánto había arriesgado a partir de inteligencia defectuosa. 

El combate tampoco resolvió el problema principal. Frente a Scott continuaba levantándose Chapultepec.

Después de Molino del Rey, las tropas estadounidenses regresaron a preparar el ataque contra el castillo. Entre el 9 y el 11 de septiembre reorganizaron posiciones; el día 12 comenzó el bombardeo. En la mañana del 13 llegaría el asalto que terminaría abriendo el camino hacia la Ciudad de México. Cinco días bastaron para que una batalla quedara colocada detrás de otra.

Antes de los Niños Héroes

Chapultepec terminaría ocupando un lugar distinto en la memoria mexicana. Los nombres de Juan de la Barrera, Juan Escutia, Agustín Melgar, Vicente Suárez, Fernando Montes de Oca y Francisco Márquez pasarían a escuelas, calles, monumentos, ceremonias y libros de texto. El episodio condensó buena parte de la guerra de 1846–1848 en una escena que podía repetirse cada septiembre: jóvenes defendiendo un castillo mientras el ejército invasor avanzaba hacia la capital.

Molino del Rey resulta menos fácil de reducir a una imagen. Allí hubo una defensa feroz y una derrota mexicana; una victoria estadounidense y dudas sobre lo que había conseguido. Hubo generales muertos, información equivocada, tropas movidas durante la noche y una cantidad de bajas que sorprendió incluso a quienes habían ordenado el ataque. Su recuerdo quedó pegado cronológicamente a Chapultepec, pero rara vez alcanzó la misma autonomía.

Vista de Chapultepec y Molino del Rey después de la batalla, con la Ciudad de México a la distancia, 1847. Litografía coloreada de la colección de la Library of Congress.

Quizá por eso mirar hacia el 8 de septiembre modifica ligeramente la secuencia que aprendimos. Cuando llegaron los combates del 13, la guerra llevaba días instalada alrededor del bosque. Chapultepec no apareció de pronto como un escenario aislado: tenía detrás Padierna, Churubusco, negociaciones fallidas y, apenas cinco mañanas antes, Molino del Rey.

El terreno permanece ahí. Las actuales instalaciones de Los Pinos ocupan parte de aquella geografía occidental de la ciudad. Los caminos cambiaron, los molinos desaparecieron y el campo abierto fue devorado por la capital. 

Queda una extraña superposición: visitantes caminando hoy por un espacio cultural donde alguna vez hubo humo de pólvora, muros disputados y hombres avanzando entre magueyes. Chapultepec aguarda a unos pasos. El mito nacional empieza cinco días después.

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