Una universidad en medio de las fiestas del Centenario
Durante septiembre de 1910, la Ciudad de México parecía empeñada en representar una versión de sí misma. Había recepciones diplomáticas, monumentos recién inaugurados, banquetes, desfiles y ceremonias preparadas para conmemorar los cien años del inicio de la Independencia; Porfirio Díaz, que llevaba décadas ocupando el centro de la vida política mexicana, aparecía como anfitrión de un país que deseaba mostrarse moderno ante sus invitados extranjeros. El 16 de septiembre se había inaugurado la Columna de la Independencia en el Paseo de la Reforma. Seis días después, otra ceremonia se incorporó al programa del Centenario.
El 22 de septiembre de 1910, en el anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria, fue inaugurada solemnemente la Universidad Nacional de México. Frente a Díaz y representantes académicos nacionales y extranjeros, el secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, Justo Sierra, pronunció el discurso que explicaba qué clase de institución pretendía fundar. Las universidades de Salamanca, París y Berkeley figuraban como “madrinas” de la nueva universidad; Joaquín Eguía y Lis sería su primer rector.

La escena resulta difícil de mirar hoy sin advertir lo que estaba a punto de ocurrir. En septiembre todavía había música, discursos y edificios vestidos para la celebración. El 20 de noviembre, menos de dos meses después, comenzaría la insurrección convocada por Francisco I. Madero contra el gobierno de Díaz. Los asistentes a aquella inauguración, por supuesto, desconocían el calendario que nosotros conocemos. La Universidad abrió sus puertas dentro de un orden político que parecía capaz de prolongarse y que, en cuestión de meses, comenzaría a desmoronarse.
La universidad que imaginó Justo Sierra
Para Sierra, la ceremonia no era una ocurrencia tardía del Centenario. Había propuesto desde 1881 la creación de una universidad nacional y pasó décadas defendiendo una idea que encontró resistencias en el México liberal, donde todavía pesaba el recuerdo de la antigua Real y Pontificia Universidad de México y su asociación con el orden colonial. Aquella institución había sido clausurada definitivamente en 1865; las escuelas profesionales continuaron funcionando separadamente y la educación superior mexicana quedó repartida entre establecimientos especializados.
Sierra quería reunir ese archipiélago. En abril de 1910 presentó el proyecto para fundar la Universidad Nacional y el 26 de mayo quedó establecida su Ley Constitutiva. La nueva institución integraría la Escuela Nacional Preparatoria y las escuelas de Jurisprudencia, Medicina, Ingenieros, Bellas Artes —en lo correspondiente a arquitectura— y la recién creada Escuela Nacional de Altos Estudios. Algunas tenían detrás décadas de historia; ahora quedarían vinculadas bajo una misma estructura universitaria.

Había también una cuestión incómoda que Sierra decidió enfrentar en su discurso inaugural: ¿qué relación tendría aquella universidad con la institución virreinal que había llevado el mismo nombre? Su respuesta fue deliberadamente compleja. No pretendía restaurarla. La Universidad de 1910 debía pertenecer al México liberal y acercarse al conocimiento producido fuera del país, mantener contacto con otras universidades y participar en la circulación internacional de la ciencia. La propia elección de París, Salamanca y Berkeley como madrinas colocaba simbólicamente a la institución mexicana dentro de esa conversación.
En el discurso aparece una imagen especialmente hermosa. Sierra habla de la ciencia avanzando con una luz proyectada hacia adelante y de la necesidad de que México ocupe su sitio en una “procesión de antorchas”. La frase pertenece a un hombre formado en el siglo XIX que intenta imaginar la educación del XX; también permite entender por qué, dentro del espectáculo político del Centenario, la Universidad ocupaba un lugar distinto al de una estatua o un monumento. Una columna podía celebrar lo conseguido. Una universidad, inevitablemente, tenía que preguntarse qué vendría después.
1910: el país debajo de la ceremonia
El problema es que el porvenir llegó antes de lo previsto. Las fiestas del Centenario habían construido una escenografía convincente del México porfiriano. La capital ofrecía avenidas iluminadas y obras públicas mientras recibía delegaciones de distintos países; el gobierno utilizaba las celebraciones para mostrar estabilidad después de décadas de guerras, invasiones y pronunciamientos. La Universidad Nacional pertenecía también a ese proyecto de modernización. Sería sencillo, desde el presente, reducirla por ello a una institución del régimen. La historia posterior vuelve insuficiente esa lectura.

Cuando Sierra habló aquel 22 de septiembre, Francisco I. Madero ya había disputado políticamente la permanencia de Díaz. Las elecciones presidenciales de ese año habían dejado al opositor encarcelado y posteriormente huiría a Estados Unidos; desde San Antonio circularía el Plan de San Luis, fechado el 5 de octubre, que desconocía la reelección de Díaz y convocaba al levantamiento armado para el 20 de noviembre. En septiembre, nada de aquello tenía todavía un desenlace seguro.
Ese pequeño intervalo cambia la manera de mirar la inauguración. Los hombres sentados en el anfiteatro pertenecían a un mundo que todavía existía. Díaz era presidente. Sierra era ministro. Las ceremonias del Centenario llenaban la ciudad. El régimen podía exhibir una universidad recién creada como prueba de aquello que creía haber construido después de años de estabilidad política. Mientras tanto, fuera del programa oficial, México acumulaba conflictos que las fiestas no podían resolver.
La Universidad quedó situada exactamente en esa grieta histórica. Había sido concebida durante el Porfiriato y tendría que desarrollarse después de él; las escuelas que la componían pronto atravesarían un país de gobiernos sucesivos, levantamientos militares y nuevas disputas sobre qué debía enseñar una institución pública. Su primer gran problema no consistiría en preservar intacto el proyecto de 1910, sino en averiguar qué podía hacer con él cuando el México que lo había producido dejara de existir.
Todavía no era la UNAM
Hay una pequeña imprecisión que suele deslizarse cuando se cuenta esta historia: decir que la UNAM fue fundada el 22 de septiembre de 1910. El nombre permite entendernos, pero borra diecinueve años decisivos. Aquella mañana se inauguró la Universidad Nacional de México; la autonomía todavía estaba en el futuro.

Llegaría en 1929, y tampoco sería una concesión administrativa sin conflicto. Una disputa estudiantil iniciada alrededor de los sistemas de evaluación en la Escuela Nacional de Jurisprudencia creció hasta convertirse en una huelga y abrió discusiones sobre el gobierno universitario, la representación de los estudiantes y la relación de la institución con el Estado. El proceso desembocó en una nueva Ley Orgánica; publicada en julio de aquel año, dio comienzo a la vida autónoma de la Universidad, aunque el alcance de esa autonomía seguiría discutiéndose y transformándose durante las décadas siguientes.
La distancia entre 1910 y 1929 importa. Permite ver que la universidad mexicana que hoy reconocemos no apareció terminada durante una ceremonia del Centenario. Su forma fue acumulándose a través de conflictos políticos, movimientos estudiantiles y discusiones acerca de quién debía gobernarla y cuánto podía intervenir el Estado en su vida académica. Incluso la autonomía que hoy parece inseparable de las siglas UNAM tuvo que convertirse primero en una demanda. Para entonces, casi todos los elementos de la fotografía de 1910 habían cambiado.
Una institución que sobrevivió al país que la fundó
En mayo de 1911, Porfirio Díaz renunció a la presidencia y salió rumbo al exilio. Murió en París cuatro años después. Justo Sierra tampoco alcanzó a ver en qué terminaría la institución a la que había dedicado tantos años: murió en Madrid en septiembre de 1912, cuando viajaba para asumir un cargo diplomático. La Revolución seguía abierta y todavía faltaban años para que México encontrara una nueva arquitectura política.
La Universidad permaneció. No permaneció intacta, y quizá ahí se encuentra la parte más interesante de su historia. Cambió de autoridades y de leyes, discutió su relación con los gobiernos surgidos de la Revolución, consiguió su autonomía, amplió sus escuelas y décadas después abandonó buena parte del antiguo barrio universitario del centro para instalarse en Ciudad Universitaria. El proyecto que Sierra presentó ante Díaz terminó perteneciendo a generaciones que ninguno de los dos alcanzó a imaginar.

Por eso aquella ceremonia del 22 de septiembre de 1910 conserva algo extraño cuando se vuelve a ella 116 años después. En las fotografías y crónicas todavía estamos dentro del Porfiriato; faltan semanas para que la palabra revolución adquiera otro sentido en México y meses para que Díaz abandone el país. Justo Sierra se levanta ante los asistentes y habla del futuro como corresponde a quien inaugura una universidad: sin saber exactamente quién llegará a ocuparla.
Tal vez esa incertidumbre sea lo que mejor ha envejecido de aquella mañana. Los regímenes suelen inaugurar edificios pensando que también pueden decidir lo que significarán. Una universidad tiene la mala costumbre de seguir llena de estudiantes mucho después de que quienes cortaron el listón han desaparecido.






























































