Hubo un tiempo en que mirar bastaba. Mirar y creer, escuchar y confiar. Hoy, incluso nuestros ojos y oídos han sido traicionados, aunque pocas cosas siempre se mantendrán inmunes a las manipulación como el La – Do – Mí.
La tecnología que prometía abrir ventanas al mundo nos ha devuelto espejos rotos: lo que vemos ya no nos asegura nada, lo que oímos puede ser cualquier cosa. Y entonces nos preguntamos, con un escalofrío silencioso: ¿qué nos queda cuando ni siquiera la evidencia es segura?
Creímos que avanzábamos, que cada nuevo algoritmo, cada imagen generada, cada dato disponible nos acercaría a la claridad, pero cuanto más “sabemos”, más nos perdemos y menos creemos. Y llegará un día que ya no nos creamos nada.
La realidad se fragmenta en versiones, y la verdad deja de ser un destino para volverse un laberinto de elecciones. Lo que popularizó Don Quijote —donde fueres, haz lo que vieres— se convierte en un absurdo porque ya no sabemos qué ver, ya no sabemos qué creer.
Y así, entre otros corolarios, nace nuestra certeza moral, extraña y peligrosa que no surge de la reflexión ni de la verdad; nace de nuestros propios sesgos, de nuestras interpretaciones atrapadas en la comodidad del “ya sé cómo es esto”.
Sin crítica, sin creatividad, sin cuestionamiento, esa certeza se endurece en dogma personal. Creamos nuestras propias oraciones y creemos firmemente que tenemos la razón, aunque estemos equivocados, y nos cegamos ante la posibilidad de otros mundos posibles. No podemos aceptar que vivimos engañados o bajo la mentira y muchos en vez de seguir preguntando, creen que gritando tendrán más razón.
En este hoy quebrado, la credibilidad deja de depender de lo que es correcto y depende de quién lo dice. La rotundidad seduce más que la evidencia. Y en esa necesidad de anclas y nuevas ideas programadas, resucitan los viejos mitos: nuevos dioses de barro, voces que prometen seguridad en medio del caos, no porque sean verdad, sino porque parecen firmeza donde todo es duda. Y los encontramos en entrenadores de fútbol filósofos, cantantes y poetas del ayer, políticos prometedores de un futuro mucho mejor basado en un pasado falso o en influencers que por la estética creen que sus ideas son mejores aunque estén basadas en puras falacias. Pero les da igual, porque las masas les siguen.
Quizás, al final, lo que nos queda no es la ingenuidad de creer en lo que vemos, sino el coraje de mantener la duda consciente. La creatividad de cuestionar nuestras propias certezas. La paciencia de contrastar y conversar, de buscar matices en medio del ruido. Porque si todo puede ser simulado, lo auténtico no será lo que parece real, sino lo que resiste el tiempo, la reflexión y la mirada crítica. Y en ese esfuerzo, quizá, se encuentra lo único que realmente nos queda.
No hay problema con vivir con preguntas sin respuestas. El peligro es vivir con respuestas falsas.
Y cuando queramos buscar un refugio, siempre tendremos la música que nos protegerá, porque pase lo que pase un La – Do – Mi, es y será siempre una triada de La menor.
Pedro Galván París | pedrogalvan.substack.com


























































