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A la caza de auroras

Las tierras salvajes del Yukón, en Canadá, invitan a seguir el trazo caprichoso e inolvidable de las “luces del norte”.

A  bordo del school bus de YuSquatch Adventures, en Yukón, la carretera despliega un impresionante paisaje de ríos y lagos de un inimaginable color turquesa, trazados por un espeso follaje de árboles que ya han adquirido el melancólico tono dorado de la época. Mientras tanto, una canción que no alcanzo a identificar acentúa la nostalgia del instante.

Luego de cinco días de recorrer este inmenso territorio, el momento de decir adiós se acerca. Así, uno de los destinos más septentrionales del planeta se juega su última carta para convencernos de que existen mil motivos para volver a ese lugar que, debo aceptarlo, al principio miré con escepticismo.

Un vuelo de  Air North me llevó hasta Whitehorse, la ciudad más poblada del norte de Canadá, en busca de las auroras boreales. Era una tarde de miércoles, justo cuando el otoño daba sus primeras señales de vida y un frío de 0 grados Celsius de sensación térmica (al que no estoy acostumbrado) me recibió. Pero lo que me esperaba en los siguientes días fue un golpe de imágenes que, a la distancia, aún no sé cómo explicar.

Ya antes, en mis expresiones viajeras, había recurrido a la frase, un poco trillada, de“vistas que te quitan la respiración”, más como una forma de salir rápido de la descripción que como algo de lo cual realmente estuviera convencido. Sin embargo, esteterritorio salvaje me enseñó su verdadero significado.

Para comprobarlo hice hiking en dos montañas, y en la segunda estuve a punto de abandonar la misión. Recorrí caminos a la mitad de la madrugada e hice largas travesías por la Alaska Highway. Vi conejos, venados, alces, caballos salvajes, búhos cazando ardillas y hasta un oso atravesando la carretera.

Pero los paisajes que este destino ofrece, simplemente, se cuentan aparte. En más de una ocasión abrigué la idea de que parecían una especie de green screen sobre la cual se proyectan imágenes irreales. Las largas rutas por la carretera admirando asombrosas cadenas montañosas con los picos completamente nevados no me dejarán mentir.

MÁS QUE UN CAPRICHO

Quienes llegan a Whitehorse, la capital de Yukón, lo hacen con una sola idea en la mente: ver auroras boreales, porque éste es uno de los mejores lugares del planeta para hacerlo. Mi situación no fue muy distinta. Pero dicen que las luces del norte son caprichosas.

La realidad es que la explicación científica es mucho más compleja. Tiene que concurrir toda una serie de fenómenos difíciles de comprender para los poco versados en el tema (como lo son las perturbaciones en la magnetosfera), además de ser favorecidos por factores climáticos para poder ser vistas. Uno de ellos, el más evidente: cielos despejados, que, en mi caso fue, quizá, el mayor obstáculo para admirar en toda su magnitud esa danza hipnótica de destellos verdes en el cielo.

El primer intento de esta “cacería” lo realizamos acompañados de Northern Tales. Ellos ofrecen un tour en el que llevan a los asistentes a una especie de cabañas en medio del bosque y ahí aguardan, en espera de ser partícipes de este maravilloso espectáculo. Emily, una de las copropietarias, nos cuenta que generalmente le piden a las personas reservar el tour por al menos tres noches para tener más oportunidad de ver las auroras boreales.

Aquel no fue el momento de encontrarme frente a ellas, aunque sí abrigaba una ligera y añorada esperanza. De acuerdo con las creencias de los pueblos indígenas de las regiones en el norte del planeta, las auroras boreales son los espíritus de los seres queridos fallecidos, que danzan en el cielo para comunicarse con los vivos.

DEL ASOMBRO AL ESTREMECIMIENTO

Al comenzar el día, María Alejandra, una mexicana de La Paz, Baja California Sur, recién llegada a esas tierras, nos esperaba para lanzarnos a una aleccionadora aventura y adentrarnos en las maravillas naturales del Kluane National Park and Reserve, declarado por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad en 1979, el cual ha sido hogar de las First Nations (uno de los tres pueblos indígenas de Canadá, junto con los inuits y los métis).

Llegar ahí implica una travesía de más de dos horas por la Alaska Highway, desde Whitehorse. Sólo escribirlo me resulta lejano, quizá porque nunca imaginé que viajaría a un lugar que, en su parte más al norte, cruza el Círculo Polar Ártico.

Una parada en Kathleen Lake me hizo pensar que, tal vez, era tiempo de darle una oportunidad a este destino, pero fue tras una breve caminata al Rock Glacier, cuando Yukón me golpeó con toda su fuerza: fue al descubrir las vistas hacia el lago y las montañas que rodean un paisaje de matices definitivamente oníricos.

No menos estremecedor fue encontrarnos, en Haines Junction, con uno de los integrantes de las First Nations, quien nos esperaba en Da Ku Cultural Centre. Ahí, él nos explicó la rica historia que abarca a este territorio y a los pueblos originarios de Champagne y Aishihik, así como parte de su experiencia personal, al haber sido uno de los niños que fueron llevados a las “escuelas residenciales”, un programa creado en 1863 y que permaneció vigente hasta 1998. Un trágico legado de un sistema que buscaba “asimilar” a los niños de estas Primeras Naciones en la sociedad eurocanadiense, al educarlos en internados estatales donde se cometieron diversos abusos; tanto, que en 2008 el Gobierno canadiense emitió una disculpa formal a los sobrevivientes de esas instituciones.

Mount Logan Ecolodge nos recibió con ese sentimiento de profundizar con mayor detenimiento en el lugar al que habíamos llegado. Se trata de un acogedor espacio que bien podría redefinir el concepto de “estar en medio de la nada”. Ahí pasaríamos las siguientes noches en espera de cumplir la misión de ver auroras boreales.

Esta vez no tendríamos que aguardar en una noche fría del otoño para ver si conseguíamos admirarlas. Derek, un francés afincado en estas tierras, sería nuestros ojos. El lodge ofrece la posibilidad de que una persona del staff observe el cielo y, si aparecen, tocan la puerta de las habitaciones. Así, los huéspedes pueden salir a observarlas.

Fue entonces cuando me asaltó una de mis primeras dudas respecto a este fenómeno natural: una vez que aparecen, ¿se mantienen durante varios minutos, horas… o solamente se dejan ver por algunos segundos? ¿Qué pasaría si me tocaban a la puerta en medio de la madrugada? ¿Tendría tiempo de ponerme algo de ropa para salir a la intemperie con temperaturas cercanas a los 0 grados Celsius? Ambas noches opté por dejar acomodadas las prendas que me pondría en caso de que algo así ocurriera. Pero no pasó.

Sin embargo, Yukón y el Kluane National Park and Reserve estaban por darme un segundo golpe certero, directo al pecho, cuando, en compañía de Derek, nos adentramos un poco más en estas tierras. Tras un breve hiking, nos detuvimos en lo alto de una montaña en Alsek Valley. El momento fue indescriptible. Tuve que alejarme un poco del resto de mis acompañantes para entender la sensación que ese lugar me producía. Por un instante, incluso, sentí como se escucha el sonido del silencio.

HISTORIAS INAUDITAS

Mucho más cerca de Whitehorse, Carcross es una comunidad que se enorgullese de tener no sólo el lago más fotografiado, sino también el desierto más pequeño del mundo. Fue ahí, en el Boréale Lodge, un pequeño espacio de hospedaje con vistas impresionantes a las montañas, donde Sandra nos esperó. Ella es veracruzana y lleva más de dos décadas en Yukón realizando un tour como parte de su propio proyecto, Nomada Excursions. A bordo de su camioneta estábamos esperanzados: era esa noche o nunca. El momento de regresar a México se acercaba y el cielo era el más estrellado que he visto en toda mi vida; no soy un experto en ello, pero casi puedo asegurar que observé la Vía Láctea.

Fuente: forbes

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