Un grupo de jóvenes avanza entre movimientos bruscos y gestos que parecen ensayados para una ceremonia cuyo significado desconocemos. Los cuerpos se agrupan, se separan y vuelven a encontrarse bajo una tensión que crece con la música. Hay algo inquietante en su coordinación, una mezcla de juego adolescente y disciplina militar que vuelve difícil distinguir dónde termina la coreografía y comienza la amenaza. En el centro de ese espectáculo está el universo de STORM, el proyecto audiovisual de GENER8ION que convirtió una visión perturbadora del futuro en uno de los fenómenos culturales más comentados de 2026.
El videoclip, protagonizado musicalmente por Yung Lean, fue dirigido por Romain Gavras y desarrollado con la coreografía de Damien Jalet. Sus imágenes circularon ampliamente en internet y provocaron una ola de imitaciones, comentarios y reinterpretaciones. Detrás de aquella puesta en escena había una propuesta que encontraba en los movimientos colectivos una forma de examinar la masculinidad, el sometimiento y las manifestaciones contemporáneas de la violencia.
Ahora, aquel mundo ficticio encuentra una nueva expresión. Del 22 al 25 de octubre, el Grand Palais de París acogerá GOD HATES SPACE, una instalación audiovisual de GENER8ION concebida por el productor musical Surkin y el cineasta Romain Gavras. La obra, presentada en el marco de Art Basel Paris, prolonga la narrativa de su álbum LOVE & TEARS, publicado en junio de 2026, y comparte con STORM un escenario situado en el año 2034. Esta vez, los espectadores entrarán en un espacio dominado por una organización insurgente que ha convertido una teoría conspirativa en doctrina política.
Después de STORM, el mundo continúa
La colaboración entre Surkin y Romain Gavras comenzó hace más de una década, aunque su amistad se remonta todavía más atrás. Ambos encontraron afinidades en la música electrónica, el cine y las imágenes de la cultura popular, desde el hiphop estadounidense hasta los videojuegos japoneses. GENER8ION nació de esos intereses compartidos y de una manera de trabajar que permite que las composiciones musicales y las secuencias visuales se desarrollen conjuntamente.
Gavras conoce bien las posibilidades narrativas del videoclip. Su filmografía ha explorado la violencia colectiva, el comportamiento de las multitudes y las imágenes que una sociedad produce para representar sus conflictos. En sus trabajos, los cuerpos suelen ocupar el encuadre como si formaran parte de una maquinaria social cuyos movimientos pueden adquirir una belleza incómoda. Su película Athena, estrenada en 2022, ya había utilizado extensas secuencias coreografiadas para representar el estallido de una revuelta.

Surkin, vinculado a la escena electrónica francesa, aporta una construcción sonora que acompaña y altera la percepción de esas imágenes. En STORM, la música contribuye a sostener una sensación de amenaza que permanece incluso durante los momentos aparentemente más tranquilos. La participación de Jalet refuerza esa impresión mediante una coreografía donde los movimientos individuales terminan subordinados a la conducta del grupo.
El alcance del videoclip superó el circuito habitual de una producción musical. Según los datos difundidos por sus organizadores, STORM acumuló más de 37 millones de visualizaciones en YouTube, mientras que la canción rebasó los 60 millones de reproducciones en Spotify. Su presentación durante los MTV Video Music Awards de 2026 amplificó la circulación de un proyecto cuya estética ya había encontrado numerosos imitadores.
La popularidad de aquellas imágenes resulta especialmente interesante por la manera en que fueron recibidas. Muchos espectadores conocieron STORM a través de fragmentos separados de su contexto narrativo. La coreografía se convirtió en una imagen reconocible y reproducible, mientras que sus posibles lecturas sobre la violencia masculina quedaron abiertas a interpretaciones que sus creadores difícilmente podían controlar.
Esa distancia entre la intención de una obra y sus nuevas vidas en internet atraviesa buena parte del trabajo de GENER8ION.
Una religión nacida en internet
GOD HATES SPACE traslada al espectador a Idaho, en Estados Unidos, imaginado como un territorio independiente en 2034. Allí opera el Ejército de Liberación de Agartha, una organización insurgente que surgió de una comunidad digital ficticia llamada 6Chan. Sus integrantes profesan una creencia extraordinaria: la Tierra está hueca y la salvación de la humanidad se encuentra en su interior.
La exploración espacial constituye una herejía para este grupo. Mientras buena parte de la imaginación tecnológica contemporánea proyecta el futuro hacia otros planetas, los seguidores de Agartha buscan el paraíso bajo sus propios pies. Su doctrina convierte una fantasía geográfica en una estructura de obediencia y ofrece a sus miembros una explicación absoluta del mundo.
El nombre Agartha remite a antiguas narraciones esotéricas sobre un reino subterráneo, difundidas en distintas tradiciones ocultistas. GENER8ION recupera esa mitología y la traslada a una sociedad donde las comunidades digitales pueden convertirse en movimientos organizados fuera de las pantallas.

La nueva obra adopta la forma de un video propagandístico producido, dentro de la ficción, por los propios insurgentes. Sus imágenes están concebidas para exhibir la fuerza del grupo y los trofeos obtenidos durante su campaña guerrillera. El espectador se enfrenta, por tanto, a una pieza que reproduce los mecanismos visuales mediante los cuales una organización extremista buscaría representar su autoridad.
En una entrevista concedida a la crítica Anaël Pigeat, publicada por Art Basel el 19 de octubre, Surkin y Gavras explicaron que su ficción parte de imaginar qué ocurriría si los provocadores de internet abandonaran las pantallas y sus ideas políticas se radicalizaran todavía más. El ejemplo de quienes creen que la Tierra es plana les permitió imaginar un movimiento futuro convencido de que el planeta está hueco.
La premisa tiene un componente absurdo, pero sus mecanismos resultan reconocibles. Las comunidades digitales han demostrado su capacidad para construir lenguajes internos, elaborar relatos compartidos y establecer jerarquías alrededor de creencias que pueden resultar incomprensibles para quienes permanecen fuera de ellas. Cuando esos relatos comienzan a dirigir acciones colectivas, la frontera entre entretenimiento, pertenencia y militancia se vuelve difícil de establecer.
En GOD HATES SPACE, la conspiración proporciona una identidad y determina quién pertenece al grupo. La ficción inventa una religión que sus seguidores pueden habitar, defender y convertir en motivo de enfrentamiento.
El monolito caído
Para trasladar ese universo al Grand Palais, GENER8ION ha concebido una instalación alrededor de una pantalla de doble cara de doce metros, situada en la Rotonde d’Antin. La escala modifica la relación habitual entre el público y las imágenes. Lo que antes podía observarse desde un teléfono o una computadora ocupa ahora un lugar arquitectónico, capaz de condicionar el movimiento del visitante y su percepción del sonido.
Al describir el diseño de la instalación, sus creadores mencionaron una referencia cinematográfica precisa: el monolito de 2001: Odisea del espacio, de Stanley Kubrick, imaginado esta vez en posición horizontal. La comparación introduce un diálogo con una de las imágenes más enigmáticas del cine de ciencia ficción. En la película de Kubrick, el objeto aparece asociado a momentos decisivos de la evolución humana y a una inteligencia que permanece fuera de nuestra comprensión. En GENER8ION, aquella forma monumental queda incorporada a una ficción que rechaza la exploración espacial.

La inversión resulta sugerente. Mientras el cine del siglo XX imaginaba el cosmos como territorio de descubrimiento y posibilidad, GOD HATES SPACE presenta a una comunidad que ha depositado sus esperanzas en el subsuelo. La promesa de un futuro mejor sobrevive, aunque su dirección ha cambiado.
La instalación reúne música e imágenes dentro de un espacio que obliga a compartir la experiencia con otros visitantes. Su carácter público también introduce una diferencia respecto a la circulación de STORM en redes sociales, donde cada espectador podía reproducir, detener o modificar fragmentos del videoclip.
Gavras y Surkin han defendido una práctica artística que puede adoptar distintas formas según el lugar donde se presente. Sus proyectos han ocupado espacios expositivos como la Bourse de Commerce de París y 180 Studios de Londres. Para ellos, internet y las salas físicas constituyen territorios disponibles para una misma investigación audiovisual.
El futuro tiene espectadores
La elección del año 2034 sitúa la historia a una distancia suficientemente cercana como para reconocer sus inquietudes. Apenas ocho años separan el presente de la sociedad imaginada por GENER8ION, un margen que permite utilizar las tensiones actuales sin necesidad de inventar tecnologías demasiado alejadas de nuestra experiencia.
En lugar de poblar ese futuro con máquinas extraordinarias, Gavras y Surkin parecen interesados en observar lo que ocurre cuando determinadas conductas humanas alcanzan consecuencias extremas. Sus personajes viven dentro de sistemas de creencias que les permiten interpretar el mundo y justificar sus acciones. La violencia adquiere entonces una dimensión ritual; las imágenes funcionan como instrumentos de persuasión y las comunidades encuentran cohesión en aquello que consideran una amenaza.

GOD HATES SPACE podrá visitarse gratuitamente del 22 al 25 de octubre de 2026 en la Rotonde d’Antin del Grand Palais de París, con acceso por la entrada 4. La instalación forma parte de la programación de Art Basel Paris y se presenta en colaboración con Live Nation France e Iconoclast Music.
Queda por descubrir cómo responderá el público a esta nueva pieza y qué ocurrirá cuando las imágenes de la instalación comiencen a circular fuera del museo. STORM demostró que una coreografía puede adquirir una existencia imprevisible en internet, donde los espectadores también participan en la construcción de su significado.
Ahora GENER8ION propone entrar físicamente en el mundo que antes observábamos desde una pantalla. En ese Idaho imaginario de 2034, una comunidad ha decidido que la salvación se encuentra bajo la superficie terrestre. Sus habitantes están convencidos de haber descubierto algo que los demás ignoran. La pregunta que permanece es cuánto necesita creer una sociedad en sus propias ficciones antes de comenzar a vivir dentro de ellas.















































