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La última voluntad de Alfred Nobel

A 193 años de su nacimiento, la historia del inventor de la dinamita que destinó su fortuna a reconocer conocimiento, literatura y paz.

El 27 de noviembre de 1895, Alfred Nobel llegó al Club Sueco-Noruego de París para firmar un documento que desconcertaría a sus familiares y pondría en marcha una de las instituciones más conocidas del mundo. Tenía 62 años, una fortuna repartida entre empresas de distintos países y una salud cada vez más frágil. Había pasado buena parte de su vida entre laboratorios, fábricas y habitaciones de hotel, siguiendo el ritmo de sus negocios. Aquella tarde dispuso que la mayor parte de su patrimonio fuera invertida en un fondo cuyos intereses financiarían cinco premios anuales. Los recibirían personas que hubieran contribuido al beneficio de la humanidad, sin que su nacionalidad determinara la elección.

Nobel llevaba décadas trabajando con sustancias capaces de alterar montañas y acelerar la construcción de caminos, aunque algunas de sus invenciones también habían encontrado lugar en la industria militar. Su nombre estaba asociado a la dinamita, patentada en 1867, y a una red internacional de fábricas que lo había convertido en uno de los industriales más ricos de Europa. Resultaba difícil imaginar que aquel hombre, acostumbrado a calcular riesgos químicos y rendimientos financieros, dedicaría sus últimos años a establecer un sistema de reconocimiento científico, literario y humanitario cuya influencia sobreviviría a sus propias empresas.

El testamento permaneció prácticamente desconocido hasta su muerte, ocurrida el 10 de diciembre de 1896 en San Remo, Italia. Cuando se hizo público, la sorpresa fue considerable. La decisión exigía resolver problemas jurídicos, organizar instituciones y transformar una fortuna privada en un patrimonio destinado a permanecer. Nobel había dejado instrucciones precisas sobre los premios, pero apenas indicaciones sobre la estructura necesaria para administrarlos.

El inventor y sus accidentes

Alfred Bernhard Nobel nació el 21 de octubre de 1833 en Estocolmo, en una familia familiarizada con los riesgos de la invención. Su padre, Immanuel, era ingeniero y empresario, dedicado al desarrollo de maquinaria y explosivos. Después de atravesar dificultades económicas en Suecia, se trasladó a San Petersburgo, donde encontró oportunidades en la fabricación de equipos militares. La familia se reunió con él en Rusia en 1842, y Alfred creció en un ambiente donde la experimentación científica formaba parte de las conversaciones domésticas.

Su educación estuvo marcada por los viajes y el estudio de idiomas. Aprendió química, mostró interés por la literatura inglesa y desarrolló una capacidad poco común para desenvolverse entre distintas culturas. Durante su juventud conoció los trabajos sobre la nitroglicerina, una sustancia de enorme potencia explosiva descubierta por Ascanio Sobrero en 1847, cuya inestabilidad dificultaba su transporte y utilización.

Trabajadoras mezclan componentes para fabricar dinamita en las instalaciones de Nobel en Ardeer, Escocia, en 1897. La industria de los explosivos fue una de las principales fuentes de su fortuna. Fotografía histórica

Dominar aquel compuesto se convirtió en una de sus principales obsesiones. Los primeros experimentos fueron peligrosos. En septiembre de 1864, una explosión en las instalaciones de la familia Nobel, en Heleneborg, Estocolmo, mató a varias personas, entre ellas a su hermano menor Emil. El accidente no detuvo las investigaciones. Alfred continuó buscando una forma de manipular la nitroglicerina con mayor seguridad y, en 1867, patentó la dinamita, obtenida al absorber el explosivo en un material poroso que facilitaba su manejo.

La invención cambió numerosos trabajos de ingeniería. Los túneles ferroviarios, las explotaciones mineras y las grandes obras de infraestructura encontraron en la dinamita una herramienta capaz de reducir tiempos y dificultades técnicas. También abrió nuevas posibilidades para los usos militares de los explosivos. Nobel conocía ambas aplicaciones y participó posteriormente en negocios relacionados con la producción de armamento.

Su carrera transcurrió durante una época que celebraba el progreso industrial mientras multiplicaba la capacidad destructiva de sus tecnologías. Las mismas décadas que vieron extenderse el ferrocarril y la electricidad presenciaron una aceleración de la competencia armamentística europea. Nobel prosperó dentro de ese mundo, con sus promesas materiales y sus contradicciones.

La noticia de una muerte equivocada

En abril de 1888 murió Ludvig Nobel, hermano de Alfred y empresario vinculado a la industria petrolera rusa. Algunos periódicos confundieron a los hermanos y anunciaron prematuramente la muerte del inventor. Con el tiempo, aquel error periodístico se convirtió en una de las historias más repetidas sobre el origen de los premios Nobel.

Según la versión popular, un diario francés habría publicado un obituario bajo el encabezado «El mercader de la muerte ha muerto», acusándolo de enriquecerse mediante instrumentos de destrucción. Alfred habría leído aquella condena anticipada y decidido modificar su legado para evitar que la posteridad lo recordara de esa manera.

Ludvig Nobel, hermano mayor de Alfred, murió en abril de 1888. La confusión entre ambos dio origen a noticias que anunciaron prematuramente la muerte del inventor de la dinamita. Fotografía de autor desconocido

La escena posee una eficacia narrativa difícil de resistir: un hombre encuentra su propio nombre entre los muertos y descubre, en las palabras de un desconocido, cómo será juzgada su existencia. El problema es que los investigadores no han podido localizar el supuesto obituario con esas palabras ni demostrar que provocara la decisión testamentaria de Nobel. Existen registros de noticias equivocadas sobre su fallecimiento, pero la interpretación que convierte aquel episodio en el origen directo de los premios continúa siendo discutida.

Quizá la persistencia de la anécdota revele nuestra preferencia por las conversiones repentinas. Resulta más sencillo imaginar una revelación moral frente a las páginas de un periódico que reconstruir años de ideas, conversaciones y decisiones acumuladas. La relación de Nobel con la paz, por ejemplo, había comenzado a desarrollarse mucho antes de su testamento definitivo y estuvo influida por personas que cuestionaban abiertamente la militarización europea.

Bertha von Suttner y las conversaciones sobre la paz

En 1876, Nobel contrató brevemente como secretaria a Bertha Kinsky, una aristócrata austriaca que después sería conocida como Bertha von Suttner. Su estancia profesional fue corta, pero entre ambos comenzó una correspondencia que se prolongaría durante años. Ella acabaría convirtiéndose en una de las figuras más reconocidas del movimiento pacifista europeo.

En 1889, von Suttner publicó ¡Abajo las armas!, una novela que denunciaba las consecuencias humanas de la guerra y alcanzó una amplia circulación internacional. Nobel siguió sus actividades y mantuvo con ella un intercambio de opiniones sobre los conflictos armados, los proyectos de desarme y las posibilidades de establecer mecanismos internacionales de paz.

Bertha von Suttner, escritora y activista austriaca, mantuvo una prolongada correspondencia con Alfred Nobel sobre la guerra y los movimientos pacifistas. En 1905 se convirtió en la primera mujer en recibir el Premio Nobel de la Paz. Fotografía de Carl Pietzner, 1906.

Sus posiciones no siempre coincidieron. Nobel llegó a considerar que el desarrollo de armas suficientemente destructivas podía disuadir a los gobiernos de iniciar nuevas guerras; von Suttner defendía una organización política y social capaz de sustituir la violencia por acuerdos internacionales. La correspondencia permite observar dos maneras de pensar la paz en una Europa que avanzaba hacia el siglo XX sin desprenderse de sus rivalidades militares.

La inclusión de un premio dedicado a la paz en el testamento de Nobel suele relacionarse con aquella amistad, aunque sería excesivo atribuir la decisión exclusivamente a von Suttner. En 1905, nueve años después de la muerte del inventor, ella recibió el Premio Nobel de la Paz.

La literatura entre los explosivos

Entre los documentos personales de Nobel aparecen poemas, reflexiones y una obra teatral titulada Némesis, escrita durante el último año de su vida. Admiraba a escritores como Percy Bysshe Shelley y Lord Byron, leía con frecuencia y encontraba en la escritura un refugio frente a las obligaciones empresariales. Sus textos literarios revelan a un hombre inclinado a la melancolía, interesado por las dificultades del amor y las preguntas religiosas que atravesaban su época.

Página de un borrador de Némesis, la obra teatral que Alfred Nobel escribió durante el último año de su vida. El documento conserva correcciones manuscritas del inventor y pertenece a los Archivos Nacionales de Suecia.

La presencia de la literatura entre los cinco premios originales resulta especialmente reveladora. Nobel podía reconocer el valor de una actividad alejada de sus intereses industriales inmediatos. Su testamento establecía que el premio literario se concediera a quien hubiera producido la obra más destacada en una dirección ideal, una expresión cuya interpretación provocaría discusiones durante generaciones.

En sus poemas aparecía una sensibilidad que rara vez podía advertirse en la imagen pública del empresario. Escribía en inglés, idioma que había aprendido durante su formación, y llegó a describir sus ejercicios poéticos como una manera de aliviar sus estados de ánimo. La escritura permaneció junto a él incluso cuando sus negocios exigían desplazamientos constantes y decisiones sobre grandes inversiones.

Un testamento para el porvenir

Nobel murió sin descendencia directa. En su última voluntad dispuso que aproximadamente 31 millones de coronas suecas constituyeran el capital de una fundación. Sus rendimientos se distribuirían en cinco partes destinadas a la física, la química, la fisiología o medicina, la literatura y la paz. El último galardón sería otorgado por un comité designado por el Parlamento noruego, una particularidad que reflejaba la organización política escandinava de su tiempo.

La ejecución del testamento estuvo lejos de ser inmediata. Fue necesario resolver las objeciones de algunos familiares, establecer la validez jurídica del documento y determinar cómo administrar sus bienes. La Fundación Nobel quedó constituida en 1900 y los primeros premios se entregaron el 10 de diciembre de 1901, quinto aniversario de su muerte. El galardón de Economía, incorporado en 1968 por iniciativa del banco central sueco y concedido por primera vez en 1969, no figuraba en sus disposiciones originales.

Primera página del testamento que Alfred Nobel firmó en París el 27 de noviembre de 1895. En sus disposiciones finales destinó la mayor parte de su fortuna a financiar cinco premios anuales. Reproducción fotográfica de Waage

Desde entonces, el apellido Nobel ha acompañado descubrimientos que modificaron la medicina, obras literarias que ampliaron las posibilidades del lenguaje y esfuerzos de paz desarrollados bajo circunstancias muy distintas. También ha sido objeto de controversias por sus omisiones, sus criterios de selección y las decisiones de los organismos encargados de conceder los premios. Aquella voluntad privada terminó convertida en una institución mundial, sometida inevitablemente a las discusiones de cada época.

El 21 de octubre de 2026 se cumplen 193 años del nacimiento de Alfred Nobel. Su biografía conserva zonas incómodas que ninguna ceremonia puede borrar. La dinamita siguió existiendo después de su muerte, y los premios que llevan su nombre tampoco han conseguido reconciliar todas las contradicciones entre el conocimiento científico y sus aplicaciones.

En París, aquel noviembre de 1895, Nobel dejó por escrito una instrucción que todavía exige decisiones humanas: determinar quién ha contribuido al mayor beneficio de la humanidad. Los nombres cambian cada año. También cambia nuestra manera de entender qué merece ser reconocido, mientras el testamento permanece abierto a nuevas interpretaciones, mucho después de que desaparecieran las fábricas y los laboratorios donde comenzó su fortuna.

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