Un casete de Stanford devuelve al MUAC la música olvidada de Alida Vázquez
Una cinta magnética conservada durante casi medio siglo permitió recuperar una composición de 1980. Ahora, el MUAC rescata la obra de una pionera mexicana de la música electrónica y reconstruye una historia que estuvo a punto de desaparecer.
Sobre una superficie cuadriculada descansan dos caras de un viejo casete. Una tiene una etiqueta amarillenta cubierta de anotaciones manuscritas, números encerrados en círculos y títulos escritos en inglés y francés. La otra conserva el logotipo de Maxell y una inscripción en tinta rojiza: Danzas de la vida y de la muerte. El plástico presenta las marcas del tiempo, pero la cinta magnética que permanece en su interior conserva algo extraordinario: once minutos de música compuesta en 1980 por una mujer cuyo nombre apenas figura en los relatos de la vanguardia musical mexicana.
Durante décadas, aquella grabación permaneció en los archivos de la Universidad de Stanford, en California. Su recuperación permitió volver a escuchar una obra de Alida Vázquez Ayala, pianista, compositora y pedagoga que desarrolló buena parte de su carrera en Nueva York. El pasado 17 de octubre, el Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC) inauguró Danzas de la vida y la muerte. Genealogías reversivas de Alida Vázquez, una exposición que presenta por primera vez en México aquella composición electrónica, acompañada de cuatro nuevas obras creadas a partir de ella.
La historia tiene algo de azaroso. Mientras una parte considerable de las partituras y documentos de Vázquez se dispersó o desapareció, una cinta de tecnología doméstica consiguió atravesar casi cinco décadas. Su supervivencia se convirtió en el punto de partida de una investigación que ha comenzado a reconstruir la trayectoria de una compositora situada durante mucho tiempo en los márgenes de la historia musical del siglo XX.

Una compositora entre dos ciudades
Alida Vázquez Ayala nació en la Ciudad de México y estudió en el Conservatorio Nacional de Música entre 1941 y 1947, donde recibió clases de músicos como Julián Carrillo y Esperanza Cruz. En 1948 emigró a Nueva York, una ciudad donde encontró nuevas posibilidades para desarrollar su trabajo y donde permanecería vinculada a distintas instituciones musicales.
Su trayectoria resulta particularmente interesante por el momento en que decidió concentrarse en la composición. Durante años había trabajado como intérprete, dedicada en buena medida a ejecutar las obras de otros autores. Fue después de cumplir los cuarenta cuando comenzó a construir con mayor determinación un lenguaje propio, explorando procedimientos como el atonalismo, el serialismo y la politonalidad.
Aquella búsqueda la acercó posteriormente a la música electrónica, un territorio que durante los años sesenta y setenta atravesaba cambios radicales. Los compositores experimentaban con cintas magnéticas, osciladores y equipos capaces de producir sonidos imposibles de obtener mediante instrumentos tradicionales. La posibilidad de registrar, cortar, superponer y modificar materiales sonoros alteraba la manera de entender la composición.

Vázquez encontró en esas herramientas un espacio para ensayar nuevas soluciones. A los 54 años cursaba estudios doctorales de composición en la Universidad de Columbia y trabajaba con recursos del Columbia-Princeton Electronic Music Center, institución fundada en 1958 que reunió a figuras como Vladimir Ussachevsky, uno de sus maestros.
Su relación con la música mexicana tampoco desapareció durante aquellos años. Las tensiones entre su inclinación melódica y las exigencias de determinados círculos académicos aparecen en los testimonios que han podido recuperarse. Según la investigación curatorial, Vázquez cuestionaba las restricciones formales que encontraba en algunos ambientes musicales y buscaba mayor libertad para trabajar con el timbre y la instrumentación.
Las cartas que sobrevivieron junto a la música
La recuperación de su biografía ha dependido de documentos que originalmente tenían propósitos mucho más modestos. Entre ellos destacan las cartas enviadas a Esperanza Pulido, pianista y musicóloga mexicana que conservó durante décadas la correspondencia de su amiga.
Gracias a aquellas páginas conocemos fragmentos de la vida cotidiana de Vázquez en Nueva York. Durante el periodo en que trabajaba en Danzas de la vida y la muerte, solía levantarse alrededor de las cinco de la mañana, regar sus plantas y salir a pasear a sus perritas por Central Park. Después comenzaba una jornada de composición que podía prolongarse entre cinco y diez horas, dedicada a construir y transformar materiales electrónicos.
Resulta difícil encontrar una imagen más cercana de la compositora. Antes de encerrarse a trabajar con los instrumentos de un laboratorio universitario, Alida atendía sus plantas y caminaba por un parque. Sus cartas registraban aquellas costumbres junto con las dificultades técnicas y los descubrimientos musicales que ocupaban sus días.

Esa correspondencia acabó adquiriendo una importancia que ninguna de las dos amigas habría podido prever. Al final de la vida de Vázquez, numerosos materiales personales fueron descartados y su archivo quedó fragmentado. Actualmente no existe una colección organizada que reúna todas sus partituras, grabaciones, fotografías y escritos. Algunas obras, especialmente las compuestas durante sus últimas décadas, podrían haberse perdido definitivamente.
Teresa Díaz de Cossío, investigadora y flautista mexicana, ha dedicado varios años a reconstruir esa trayectoria mediante entrevistas, testimonios orales y documentos dispersos. Su investigación permitió reunir piezas de una biografía que durante mucho tiempo permaneció fuera de las principales narraciones de la música contemporánea.
El casete conservado en Stanford ocupa un lugar central en ese proceso. A diferencia de una partitura, que necesita intérpretes para volver a convertirse en sonido, la grabación permite recuperar una realización sonora de la obra tal como quedó registrada en aquel soporte.
Once minutos escritos para cuerpos en movimiento
Danzas de la vida y la muerte nació de una colaboración con la coreógrafa estadounidense Claudia Gitelman. La pieza fue concebida para medios electrónicos y se estrenó el 5 de febrero de 1980 en The Open Eye Theater de Nueva York, interpretada por la compañía de danza de Gitelman.
La composición reúne tres estudios breves con los que Vázquez exploró los problemas particulares de escribir música para la danza contemporánea. Su trabajo debía responder a una dimensión que la composición instrumental tradicional podía abordar de otras maneras: el movimiento de los cuerpos, sus desplazamientos y la relación entre duración sonora y acción escénica.

La presentación original incluyó elementos visuales cuya documentación todavía no ha podido localizarse. Esa ausencia impide reconstruir por completo lo que ocurrió sobre el escenario aquella noche de febrero. El sonido, en cambio, ha sobrevivido.
La experiencia también preparó el camino para Mexus Dances, un proyecto de ballet orquestal que Vázquez desarrollaría posteriormente como parte de su investigación doctoral. En una carta dirigida a Esperanza Pulido, la compositora expresó su entusiasmo por el descubrimiento que había supuesto trabajar con Gitelman: «Creo que he encontrado el idioma de la danza en mi música».
La frase permite imaginar el momento de una artista que, después de años de estudio y experimentación, reconocía una posibilidad expresiva que deseaba seguir desarrollando. Su obra de 1980 pertenecía a una etapa de búsqueda que todavía tenía mucho recorrido por delante.
El MUAC imagina la música que pudo haber existido
La exposición inaugurada en octubre de 2026 parte de una pregunta poco habitual para un museo: ¿qué habría ocurrido si Alida Vázquez hubiera recibido el reconocimiento que su trabajo merecía y sus composiciones hubieran circulado entre las generaciones posteriores?
Los curadores Teresa Díaz de Cossío y Guillermo García Pérez decidieron responder mediante un ejercicio de imaginación histórica al que llaman genealogía reversiva. La propuesta consiste en recuperar la obra original y crear una suerte de descendencia artística que la compositora nunca llegó a tener dentro del canon musical mexicano.
Para ello convocaron a cuatro creadoras contemporáneas: Teresa Díaz de Cossío, Olivia Block, Debit —nombre artístico de Delia Beatriz— y Lea Bertucci. Cada una desarrolló una interpretación libre de Danzas de la vida y la muerte, utilizando procedimientos acústicos, electroacústicos o electrónicos.

Las nuevas piezas trabajan con aspectos de la estructura y el timbre de la composición original. Algunas intervienen sus materiales sonoros; otras desarrollan posibilidades sugeridas por su lenguaje. Las compositoras también tuvieron acceso a la investigación documental, de manera que las cartas y fotografías de Vázquez pudieron formar parte del diálogo creativo.
En el Espacio de Experimentación Sonora del MUAC, los once minutos originales se presentan adaptados a un sistema multicanal que distribuye el sonido a través de diversos altavoces. Las cuatro reversiones permiten escuchar cómo una misma obra puede abrir caminos distintos cuando otras creadoras se aproximan a sus materiales.
El resultado propone una historia alternativa de la música electrónica: una en la que Vázquez hubiese ocupado un lugar más visible y sus experimentos hubieran alimentado nuevas conversaciones artísticas. Esa historia imaginada convive ahora con la que efectivamente ocurrió, marcada por la dispersión de documentos y la escasa circulación de su música.
Lo que una cinta puede conservar
Existe una ironía tecnológica en el regreso de Alida Vázquez. Un soporte que hoy parece frágil y anticuado consiguió preservar una obra que las instituciones y los archivos personales no mantuvieron reunida. La cinta magnética, vulnerable al desgaste físico y a la pérdida de calidad, resistió lo suficiente para que alguien pudiera volver a escucharla.
Guillermo García ha señalado que el descubrimiento también obliga a reconsiderar nuestra confianza en los archivos digitales. La facilidad con que actualmente almacenamos grabaciones puede hacernos olvidar que cualquier soporte necesita cuidados, sistemas de conservación y personas dispuestas a mantenerlo accesible.
La historia de Vázquez muestra asimismo cuánto depende la memoria cultural de decisiones aparentemente pequeñas. Una amiga que conserva cartas, una institución que resguarda un casete, una investigadora que comienza a preguntar por una compositora olvidada. Cada uno de esos gestos permitió recuperar información que difícilmente habría sobrevivido por otros caminos.
Danzas de la vida y la muerte. Genealogías reversivas de Alida Vázquez permanecerá abierta hasta el 11 de abril de 2027 en el MUAC, en Ciudad Universitaria. La exposición permite escuchar una obra que había quedado prácticamente fuera de circulación y conocer algunas de las condiciones en que fue creada.
En la fotografía del viejo casete todavía puede leerse, entre otras anotaciones, el título escrito a mano. No sabemos cuántas veces alguien reprodujo aquella cinta durante los años en que permaneció archivada en Stanford. Sabemos, en cambio, que su contenido llegó hasta una sala de museo en México y que cuatro compositoras pudieron trabajar con él.
En alguna parte de esa grabación permanecen las decisiones que Alida tomó frente a sus equipos electrónicos, después de sus paseos matutinos por Central Park. El sonido conserva una pequeña porción de aquellas jornadas. Lo demás habrá que seguir buscándolo.






























































