El hombre parece desafiar la gravedad. Una pierna extendida hacia delante, la otra suspendida detrás del cuerpo, la guitarra eléctrica apoyada contra el pecho y una sonrisa que apenas cabe en su rostro. Lleva un traje claro, zapatos oscuros y la expresión de quien ha encontrado una manera de divertirse mientras trabaja. Debajo de él no hay suelo. Durante una fracción de segundo, Chuck Berry permanece en el aire y el rock and roll parece acompañarlo en el salto.
La fotografía resume una de las grandes contribuciones de Charles Edward Anderson Berry a la música popular. Sus canciones podían escucharse en la radio, comprarse en discos de 45 revoluciones o aprenderse con una guitarra prestada, pero sobre el escenario adquirían otra dimensión. Berry entendió que una canción también podía contarse con el cuerpo. Sus movimientos, sus gestos y aquella manera de avanzar agachado mientras tocaba, conocida como duckwalk, terminaron formando parte del lenguaje visual del rock.
Este 18 de octubre de 2026 se cumplen cien años de su nacimiento en San Luis, Misuri. Murió en 2017, a los noventa años, después de haber presenciado buena parte de las consecuencias de su propia música. Vio surgir a los Beatles y a los Rolling Stones, escuchó cómo sus canciones se convertían en repertorio de otras bandas y recibió homenajes de artistas que habían aprendido a tocar intentando reproducir sus acordes.
Su historia permite regresar a una época en la que la guitarra eléctrica comenzaba a ocupar el centro del escenario y las canciones hablaban de automóviles, bailes escolares, romances adolescentes y las posibilidades de una vida que parecía avanzar a toda velocidad.
Antes de que el rock tuviera nombre
Chuck Berry creció en The Ville, un barrio afroamericano de San Luis, dentro de una familia en la que la educación y la música ocupaban un lugar importante. Su madre, Martha, trabajaba como maestra; su padre, Henry, era contratista y diácono de una iglesia bautista. En casa y en la radio convivían sonidos que más tarde resultarían decisivos para su carrera: el blues, el swing, el boogie-woogie y la música country.
Durante su adolescencia comenzó a tocar la guitarra y encontró en el escenario escolar una primera oportunidad para actuar ante el público. Su juventud también estuvo marcada por una condena por robo a mano armada, que lo llevó a permanecer varios años en un reformatorio. Al recuperar la libertad en 1947, trabajó en distintos oficios y formó una familia con Themetta Suggs, con quien contrajo matrimonio en 1948.

La música permanecía en su vida, aunque todavía no prometía convertirse en una profesión. En 1952 se incorporó al grupo del pianista Johnnie Johnson, que actuaba en el Cosmopolitan Club de East St. Louis. Allí comenzó a desarrollar una forma particular de interpretar canciones conocidas, incorporando ritmos de blues y elementos de la música country que sorprendían a los asistentes.
En aquellos clubes, Berry aprendió algo que después distinguiría sus conciertos: observar al público. Descubría qué canciones provocaban entusiasmo, cuáles hacían que las parejas se levantaran a bailar y en qué momentos convenía prolongar un solo de guitarra.
En 1955 viajó a Chicago y, siguiendo una recomendación de Muddy Waters, se presentó en Chess Records. Leonard Chess encontró especialmente interesante una canción que Berry había adaptado a partir de una melodía country. Tras modificar la letra y el título, aquella pieza se convirtió en Maybellene, su primer gran éxito comercial.
La canción reunía una guitarra eléctrica incisiva, un ritmo acelerado y una historia de celos contada mediante una persecución automovilística. Alcanzó el primer lugar de las listas de rhythm and blues de Billboard y el quinto de las listas generales. Berry tenía veintiocho años cuando comenzó a conquistar las emisoras estadounidenses.
Una guitarra que aprendió a hablar
En las grabaciones de Chuck Berry, la guitarra suele anunciar lo que está por suceder. Sus introducciones aparecen como una llamada de atención: unas cuantas notas agudas, frases repetidas y un ritmo que invita a mover los pies antes de que empiece la letra.
Berry tomó recursos de guitarristas como T-Bone Walker, incorporó la influencia del blues eléctrico y desarrolló una manera de tocar que resultaba inmediatamente reconocible. Su técnica aprovechaba las dobles notas, los deslizamientos por el mástil y los ataques rítmicos que daban a cada canción una sensación de urgencia.
Entre 1956 y 1958 publicó una serie de composiciones que terminaron formando parte del repertorio habitual del rock and roll. Roll Over Beethoven imaginaba una revolución musical capaz de desplazar a los compositores clásicos de las preferencias juveniles; School Day retrataba el aburrimiento de las clases y la libertad de una tarde con música; Sweet Little Sixteen seguía el entusiasmo de una adolescente fascinada por los conciertos.

En Johnny B. Goode, publicada en 1958, Berry llevó esa sensibilidad narrativa a una de sus formas más reconocibles. El protagonista es un muchacho de origen humilde que sabe tocar la guitarra extraordinariamente bien y sueña con ver su nombre anunciado entre luces.
La canción contenía una promesa de movilidad social que resonaba con la experiencia del propio músico. También mostraba la habilidad de Berry para construir personajes mediante pequeños detalles cotidianos. Sus letras ofrecían escenas fáciles de imaginar y suficientemente abiertas para que jóvenes de distintas ciudades se reconocieran en ellas.
Johnnie Johnson, cuyo piano participó en numerosas grabaciones, fue una figura esencial en la construcción de aquel sonido. También lo fueron músicos de estudio vinculados a Chess Records, como Willie Dixon. La historia del rock suele concentrarse en sus grandes protagonistas, aunque muchas de sus innovaciones surgieron de colaboraciones sostenidas durante años.
El escenario como territorio de libertad
Mucho antes de que los conciertos de rock incorporaran plataformas elevadas, espectáculos de luces y enormes pantallas, Chuck Berry había descubierto cómo transformar una actuación mediante sus propios movimientos.
Su célebre duckwalk, un desplazamiento agachado sobre una pierna mientras la otra se extendía hacia delante, se convirtió en una de sus señas de identidad. Berry contaba que había realizado aquel movimiento desde niño y que, cuando lo recuperó durante una presentación, la reacción del público fue tan entusiasta que decidió incorporarlo a sus actuaciones.
También saltaba, corría y desplazaba la guitarra por distintas posiciones, siguiendo una tradición escénica que tenía antecedentes en músicos como T-Bone Walker. Cada gesto parecía responder a la intensidad de los acordes.
Aquella presencia física tuvo consecuencias que alcanzaron a generaciones posteriores. Angus Young, guitarrista de AC/DC, adoptaría el duckwalk como parte de sus conciertos. Keith Richards encontraría en Berry una referencia para construir el sonido de los Rolling Stones, mientras que los Beatles incorporaron varias de sus composiciones a su repertorio.
Su influencia también llegó a músicos que desarrollaron estilos muy distintos. La guitarra eléctrica había dejado de ocupar un lugar secundario en las bandas y comenzaba a adquirir una personalidad propia, capaz de identificar a un intérprete desde sus primeras notas.
Pero aquel escenario lleno de movimiento existía dentro de una sociedad profundamente dividida. En Estados Unidos, la segregación racial seguía determinando quién podía entrar a determinados establecimientos, dónde se sentaba el público y qué oportunidades recibían los artistas afroamericanos.
Berry alcanzó una popularidad extraordinaria entre adolescentes blancos y negros durante una época en la que ambos grupos todavía podían ser separados físicamente durante un concierto. La circulación de sus canciones atravesaba fronteras que las instituciones estadounidenses continuaban defendiendo.
El rock and roll heredó esa tensión. Muchos de sus primeros creadores eran músicos afroamericanos procedentes del blues y el rhythm and blues, pero la industria encontró con frecuencia mayor facilidad para promocionar a intérpretes blancos. Reconocer la importancia de Berry exige situarlo junto a figuras como Sister Rosetta Tharpe, Little Richard, Bo Diddley y Fats Domino, cuyos trabajos contribuyeron a configurar el género.
Las contradicciones detrás del escenario
La popularidad de Chuck Berry estuvo acompañada por dificultades legales y decisiones personales que complican cualquier representación idealizada de su trayectoria.
En 1959 fue arrestado por un caso relacionado con el traslado de una menor de edad a través de fronteras estatales, bajo la Ley Mann. Después de un proceso judicial controvertido y un nuevo juicio, cumplió una condena de prisión entre 1962 y 1963. Su carrera perdió impulso durante aquellos años, precisamente cuando las bandas británicas comenzaban a interpretar sus canciones.
Décadas después enfrentó nuevas acusaciones, incluidas demandas relacionadas con la grabación clandestina de mujeres en los baños de uno de sus establecimientos. Algunas controversias terminaron mediante acuerdos extrajudiciales. Estos episodios forman parte de su biografía y permanecen junto a su influencia musical, aunque durante mucho tiempo las celebraciones públicas de su legado tendieron a dejarlos fuera.
Berry también desarrolló una relación complicada con la industria discográfica. Consciente de las dificultades económicas que habían enfrentado numerosos músicos negros, procuró ejercer control sobre sus actuaciones y sus ingresos. Era conocido por exigir pagos antes de subir al escenario y por presentarse en ocasiones con bandas locales, evitando los gastos de mantener una agrupación permanente durante sus giras.
Su temperamento y sus exigencias provocaron enfrentamientos con promotores y otros músicos. Keith Richards experimentó algunas de esas dificultades durante la preparación de Hail! Hail! Rock ‘n’ Roll, el documental de 1987 dirigido por Taylor Hackford, que reunió a Berry con artistas que reconocían su influencia. La película conserva momentos de admiración y desacuerdo, mostrando a un músico decidido a mantener el control sobre su obra.
Una canción que viajó más allá de la Tierra
En 1977, la NASA lanzó las sondas Voyager 1 y Voyager 2 con dos discos de oro que contenían sonidos e imágenes seleccionados para representar la diversidad de la vida terrestre. Entre las grabaciones musicales figuraban composiciones de Bach, Beethoven y Stravinsky, junto con expresiones tradicionales de distintas culturas.
En aquella selección también apareció Johnny B. Goode. La elección situó una canción publicada apenas diecinueve años antes junto a obras que llevaban siglos formando parte de la historia de la música. La grabación de Berry, con su guitarra eléctrica y su ritmo acelerado, representaba una expresión característica del siglo XX.

La historia de aquella inclusión adquirió un significado particular después de su muerte. Mientras sus canciones continuaban sonando en la Tierra, una de ellas viajaba por el espacio interestelar en un disco pensado para sobrevivir durante millones de años.
Berry recibió numerosos reconocimientos durante su vida. En 1986 formó parte de la primera generación de artistas incorporados al Rock & Roll Hall of Fame. Su influencia seguía presente en músicos que apenas comenzaban sus carreras y en bandas que ya habían construido una trayectoria a partir de sus enseñanzas.
En 2017, pocos meses después de su muerte, apareció Chuck, su primer álbum de estudio con material nuevo en casi cuatro décadas. El disco estaba dedicado a su esposa, Themetta, y contó con la participación de integrantes de su familia.
Cien años después, la guitarra sigue sonando
Cuando Chuck Berry nació, en 1926, la guitarra eléctrica todavía no había adquirido el protagonismo que tendría durante la segunda mitad del siglo. Para cuando murió, en marzo de 2017, su sonido se había extendido por prácticamente todos los continentes y había atravesado innumerables reinterpretaciones.
Sus composiciones sobrevivieron a los cambios de formato, a la aparición de nuevos géneros y a una industria musical que transformó repetidamente sus mecanismos de distribución. Johnny B. Goode continúa apareciendo en películas, clases de guitarra y repertorios de músicos que nacieron décadas después de su publicación.

Quizá una de las mejores maneras de comprender su influencia sea observar a alguien que aprende a tocarla. Primero intenta reproducir la introducción, lentamente, nota por nota. Después descubre que la precisión de los dedos necesita acompañarse de cierta soltura en el cuerpo. La cabeza comienza a seguir el ritmo y el pie marca los tiempos sobre el suelo.
En las fotografías de sus conciertos, Berry parece conocer perfectamente esa relación. La guitarra está sujeta contra el cuerpo, las piernas se extienden y la sonrisa aparece justo cuando la música alcanza su momento de mayor entusiasmo.
A cien años de su nacimiento, aquella imagen conserva algo que ninguna grabación puede reproducir por completo: el instante en que un músico decide abandonar el suelo, confiando en que sus dedos continuarán tocando mientras dura el salto.






























































