A primera vista, algunas de las obras de Gabriel de la Mora parecen pinturas abstractas. Sus superficies están organizadas mediante pequeños fragmentos que forman patrones geométricos, interrumpidos ocasionalmente por destellos de color. Hay algo familiar en su orden, en la repetición de las formas y en la precisión con que cada elemento ocupa su lugar. Basta acercarse para descubrir que aquello que parecía pintura está compuesto por alas de mariposa. Lo que podría confundirse con una superficie monocromática quizá contiene cientos de cabellos humanos, y una composición de apariencia mineral puede estar formada por restos de objetos que alguna vez tuvieron otro propósito.
La revelación modifica nuestra manera de observar. Los materiales conservan una historia anterior a su incorporación a la obra; proceden de cuerpos, objetos deteriorados o fragmentos de la vida cotidiana. De la Mora los recoge, clasifica y reorganiza mediante procedimientos que exigen una paciencia poco habitual. El resultado suele ser de una belleza desconcertante, especialmente cuando conocemos la procedencia de aquello que estamos mirando.
Esa relación entre seducción y pérdida recorre La Petite Mort, la exposición que el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO) presenta hasta el 25 de octubre de 2026. Organizada en colaboración con el Museo Jumex y bajo la curaduría de Tobias Ostrander, reúne 92 obras realizadas durante aproximadamente dos décadas por el artista nacido en Ciudad de México en 1968.
La memoria de los materiales
Una mariposa suele conservarse por la belleza de sus colores. En las colecciones de historia natural, los ejemplares permanecen extendidos detrás de un cristal, cuidadosamente identificados. Su inmovilidad permite observar detalles que durante el vuelo apenas alcanzamos a distinguir.
De la Mora trabaja con fragmentos de alas hasta convertirlos en composiciones que recuerdan los patrones del arte geométrico. En 3,600 I – P. G. (2021), por ejemplo, utiliza fragmentos de alas de Papilio gambrisius sobre cartulina de museo. Las pequeñas piezas se organizan con una precisión que parece contradecir la fragilidad del material. Los colores todavía conservan su intensidad, aunque han perdido la forma del organismo al que pertenecieron.

La obra introduce una incomodidad discreta. Su belleza depende de un material cuya existencia anterior ha terminado, y el orden de la composición exige observarlo de una manera diferente. Las alas dejan de funcionar como instrumentos de vuelo y adquieren una nueva relación con el tiempo.
El mismo procedimiento aparece en obras realizadas con cabello humano, cáscaras de huevo o fragmentos de esferas navideñas. Materiales asociados con el cuerpo y con objetos domésticos adquieren una permanencia inesperada dentro del museo.
La procedencia importa. Un cabello separado del cuerpo puede provocar rechazo; colocado cuidadosamente junto a otros, adquiere cualidades gráficas. Una cáscara rota suele terminar en la basura, pero bajo determinadas condiciones sus fragmentos pueden convertirse en una superficie extraordinariamente delicada. El artista encuentra posibilidades visuales donde habitualmente dejamos de prestar atención.
La paciencia como procedimiento artístico
La transformación de estos materiales requiere una labor que se aproxima por momentos a la restauración, la taxonomía o el trabajo artesanal. De la Mora recolecta elementos, estudia sus propiedades y desarrolla sistemas para ordenarlos. En algunas piezas, el proceso implica repetir una misma operación durante periodos prolongados; en otras, permite que el fuego o el agua modifiquen la materia.
Su trabajo dialoga con el minimalismo por la reducción de formas y el uso de estructuras geométricas, aunque la irregularidad de los materiales introduce pequeñas diferencias que impiden alcanzar una uniformidad absoluta.
También recupera superficies arquitectónicas deterioradas, entre ellas techos antiguos cuyas capas conservan rastros de distintas intervenciones. La pintura descascarada, las manchas y las señales del desgaste contienen una historia que difícilmente podría reproducirse mediante una superficie recién elaborada.

Hay una diferencia entre fabricar una apariencia antigua y trabajar con algo que ha envejecido. Las huellas del tiempo sobre una superficie arquitectónica proceden de condiciones concretas: humedad, exposición, reparaciones y años de uso. De la Mora incorpora esos accidentes a su vocabulario artístico.
Su intervención plantea una pregunta sobre los límites de la autoría. ¿Cuánto pertenece al artista y cuánto a los procesos que ocurrieron antes de que encontrara el material? En ciertas obras, su participación consiste precisamente en reconocer una composición posible dentro de algo que ya existía.
La paciencia deja de ser una virtud auxiliar del oficio para convertirse en parte de aquello que contemplamos. Cada fragmento colocado ocupa un espacio diminuto, aunque la acumulación termina por producir una imagen de considerable intensidad.
El deseo detrás de la superficie
El título de la exposición introduce una dimensión distinta. La petite mort, expresión francesa que puede traducirse como «la pequeña muerte», se utiliza también como una metáfora del orgasmo. Su asociación entre placer y pérdida momentánea de control permite al curador Tobias Ostrander examinar la presencia del deseo en la producción del artista.
La muestra se distribuye en seis núcleos temáticos: el cuerpo, la borradura, el calor, el filo del deseo, el tacto y el placer del espectador. La organización propone observar las superficies como lugares donde intervienen fuerzas físicas y psicológicas.
La idea resulta especialmente sugerente frente a las composiciones de alas de mariposa. Su precisión geométrica parece imponer un control absoluto sobre una materia frágil, mientras que la atracción visual de los colores invita a acercarse. En otras obras, las superficies erosionadas revelan los efectos de fuerzas que difícilmente podrían dominarse por completo.

Existe cierta tensión entre el deseo de tocar y la obligación de mantener distancia. Las piezas exhiben texturas que despiertan una curiosidad casi táctil, pero el espacio del museo impone sus propias reglas. La mirada debe hacer el trabajo que las manos tienen prohibido.
De la Mora aprovecha esa distancia. Las obras cambian conforme nos aproximamos: lo que parecía uniforme comienza a revelar pequeñas irregularidades, uniones y fragmentos. El espectador termina examinando la construcción de una superficie que, vista desde lejos, parecía ofrecer una imagen terminada.
La exposición había sido presentada anteriormente en el Museo Jumex de Ciudad de México, entre septiembre de 2025 y febrero de 2026. Su llegada a Monterrey permite volver a examinar una práctica que ha encontrado en la acumulación y la repetición una manera singular de abordar asuntos difíciles de representar.
Lo que permanece después del uso
Durante buena parte de la historia del arte, los materiales considerados nobles estuvieron asociados con la posibilidad de permanencia. El mármol, el bronce y los pigmentos cuidadosamente preparados prometían resistir el paso de las generaciones. La conservación de una obra dependía, entre otras cosas, de la estabilidad de aquello con lo que había sido realizada.
Gabriel de la Mora trabaja con una premisa diferente. Sus materiales ya han experimentado alguna forma de transformación cuando llegan al estudio. Algunos fueron desechados; otros proceden de organismos que han dejado de vivir. La intervención artística comienza después de esa primera historia.
Esto modifica también la idea de valor. Un fragmento de esfera navideña difícilmente despertaría interés por separado, pero su incorporación a una composición elaborada durante innumerables horas de trabajo obliga a reconsiderarlo. El valor aparece ligado a la atención dedicada a una materia que normalmente habría desaparecido de nuestra vista.

La Petite Mort permanecerá en MARCO hasta el domingo 25 de octubre. La proximidad de su cierre añade otra dimensión temporal a una exposición dedicada, precisamente, a aquello que cambia o se pierde.
Quien observe estas piezas encontrará superficies cuidadosamente construidas, algunas de una delicadeza casi improbable. Tal vez experimente también la necesidad de acercarse para comprobar de qué están hechas.
En esa distancia breve, entre reconocer una imagen y descubrir sus fragmentos, aparece una de las inquietudes que recorren la obra de De la Mora: cuánto puede conservarse de algo cuando su forma original ha desaparecido. Una mariposa ya no vuela, pero el color de sus alas permanece ante nuestros ojos, ordenado de una manera que jamás habría existido en la naturaleza.






























































