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Nietzsche & el caballo de Turín: el último abrazo del filósofo

A 182 años de su nacimiento, una escena de compasión animal, entre historia y leyenda, nos invita a recordarlo de otro modo.

En los primeros días de enero de 1889, Friedrich Nietzsche caminaba por las calles de Turín cuando, según una historia que tardaría años en adquirir su forma definitiva, presenció cómo un cochero golpeaba a un caballo que se resistía a avanzar. El animal estaba agotado. Nietzsche se acercó, rodeó su cuello con los brazos y comenzó a llorar. Poco después perdió el conocimiento. Aquella escena, situada habitualmente en la Piazza Carlo Alberto, terminaría convirtiéndose en uno de los episodios más recordados de su biografía, quizá por la extrañeza de imaginar al filósofo de la voluntad de poder abrazando a una criatura indefensa.

La imagen parece concebida para la literatura: un hombre que había dedicado buena parte de su obra a cuestionar la moral de la compasión encuentra, frente al sufrimiento de un animal, una emoción que ninguna de sus formulaciones filosóficas parece capaz de contener. Hay quienes han visto en aquel abrazo una reconciliación tardía con la piedad; otros, el gesto involuntario de una mente que comenzaba a desmoronarse. Pero existe una dificultad anterior a cualquier interpretación: no sabemos con certeza si Nietzsche llegó a tocar al caballo. El encuentro pertenece a esa región incierta de la historia donde los testimonios incompletos terminan adquiriendo la apariencia de recuerdos compartidos.

Este 15 de octubre, cuando se cumplen 182 años de su nacimiento, volver a los últimos días lúcidos de Nietzsche permite observar algo que suele quedar fuera de las lecturas escolares de su obra. Detrás de las ideas sobre la fuerza, el sufrimiento y la superación humana había un hombre acostumbrado a convivir con el dolor físico, la soledad y una salud progresivamente deteriorada. Y detrás del episodio que supuestamente precipitó su silencio había un animal del que, a diferencia del filósofo, nadie se preocupó por conservar el nombre.

Turín, enero de 1889: los últimos días del filósofo

Nietzsche había llegado a Turín en 1888, después de una vida marcada por los desplazamientos entre ciudades europeas. Desde que abandonó su cátedra de filología clásica en la Universidad de Basilea, en 1879, debido a sus problemas de salud, pasó largas temporadas en pensiones y habitaciones alquiladas, buscando climas que aliviaran sus migrañas y otros padecimientos. Los Alpes suizos, la Riviera italiana y distintas ciudades mediterráneas aparecían en su correspondencia como escenarios de una existencia que dependía, en buena medida, de la posibilidad de caminar, escribir y soportar el propio cuerpo.

Durante el último año de su vida intelectual, la producción de Nietzsche alcanzó un ritmo extraordinario. En pocos meses terminó El caso Wagner, El crepúsculo de los ídolos, El anticristo y Ecce homo. Sus manuscritos contenían ataques contra las convenciones morales de Europa, reflexiones sobre el cristianismo y una revisión de su propia trayectoria. A sus 44 años, mientras su nombre todavía circulaba entre un número relativamente reducido de lectores, parecía convencido de haber escrito una obra destinada a sacudir el pensamiento occidental.

La Piazza Carlo Alberto de Turín, ciudad donde Friedrich Nietzsche pasó sus últimos meses de actividad intelectual. En enero de 1889 sufrió el colapso que pondría fin a su carrera filosófica. Fuente: Georgius LXXXIX / Wikimedia Commons

Algo cambió a comienzos de enero de 1889. Sus amigos comenzaron a recibir cartas cuyo tono resultaba desconcertante. Nietzsche firmaba algunas como Dioniso y otras como El Crucificado, entremezclando declaraciones de poder, alusiones religiosas y afirmaciones que revelaban un grave trastorno de su estado mental. El filólogo Franz Overbeck, amigo suyo desde los años de Basilea, viajó a Turín para acompañarlo y gestionar su regreso. La capacidad del filósofo para desarrollar una vida intelectual autónoma había quedado irremediablemente afectada.

La fecha que suele señalarse como inicio de ese colapso es el 3 de enero. Fue alrededor de entonces cuando habría ocurrido el encuentro con el caballo. Pero los relatos que permiten reconstruir aquellos días ofrecen versiones diferentes sobre lo sucedido, y ninguno de los testimonios contemporáneos más importantes proporciona una confirmación independiente del famoso abrazo.

La escena tampoco puede utilizarse como explicación médica de su enfermedad. Las causas del deterioro neurológico de Nietzsche han sido objeto de hipótesis posteriores, algunas incompatibles entre sí. El caballo pudo haber estado presente durante los días de su crisis o haber ingresado después en el relato de su vida. En cualquier caso, el sufrimiento del animal no explica por sí mismo el colapso de un hombre cuya salud llevaba décadas resintiéndose.

El abrazo que apareció después

La leyenda comenzó a circular públicamente cuando Nietzsche ya había muerto. Una de las primeras versiones impresas apareció en septiembre de 1900, en la revista italiana Nuova Antologia, casi once años después del supuesto incidente y apenas unas semanas después de su fallecimiento. Era un testimonio indirecto, publicado de manera anónima, que remitía a informaciones atribuidas a terceros. La distancia entre el acontecimiento y su publicación dificultaba establecer qué había visto realmente cada persona.

El investigador italiano Anacleto Verrecchia examinó las inconsistencias de esa tradición y cuestionó la seguridad con la que los biógrafos posteriores habían narrado el episodio. La versión hoy conocida, con el cochero enfurecido, el caballo azotado y Nietzsche llorando sobre su cuello, incorpora detalles que fueron consolidándose en relatos sucesivos. La historia terminó por adquirir una precisión visual mucho mayor que la de sus fuentes.

Manuscrito de Ecce homo, escrito por Nietzsche en 1888, poco antes de su colapso en Turín. Mientras estos documentos permiten reconstruir sus últimos meses lúcidos, el célebre abrazo al caballo continúa siendo una historia de documentación incierta. Fuente: Friedrich Nietzsche; facsímil reproducido por Karl-Heinz Hahn y Mazzino Montinari 

La popularidad del abrazo tiene algo que ver con nuestra manera de leer las biografías. Buscamos acontecimientos capaces de condensar una existencia, gestos que permitan explicar en unos segundos lo que una persona escribió durante décadas. La muerte de un escritor junto a su escritorio, el último cuadro de un pintor o la carta de despedida de un músico suelen adquirir un peso que excede su valor documental. En el caso de Nietzsche, el caballo ofrecía una escena especialmente conmovedora porque permitía imaginar una contradicción entre sus ideas y su comportamiento.

Pero la vida de un filósofo rara vez puede organizarse como una demostración de su obra. Nietzsche pudo sentir ternura por un animal sin que ese sentimiento invalidara sus críticas a la moral cristiana. También pudo haber presenciado una escena violenta sin intervenir. Incluso cabe la posibilidad de que nunca existiera aquel caballo específico. Lo que resulta históricamente problemático es presentar una narración tardía como si hubiera quedado registrada por un testigo presencial.

La incertidumbre, lejos de empobrecer la historia, obliga a formular una pregunta distinta: ¿por qué hemos querido conservar precisamente esta imagen de Nietzsche?

Nietzsche y la sospecha de la compasión

Para comprender por qué el abrazo resulta tan desconcertante conviene regresar a los libros. Nietzsche mantuvo una relación conflictiva con la compasión, especialmente con aquella que, siguiendo la tradición de Schopenhauer y la moral cristiana, se presentaba como una virtud superior. Su objeción partía de una sospecha: quien se compadece del sufrimiento ajeno puede terminar imponiendo su propia interpretación de ese sufrimiento, apropiándose de una experiencia que desconoce.

En el aforismo 338 de La gaya ciencia, publicado originalmente en 1882, Nietzsche se detiene en esa dificultad. Considera que el dolor de cada persona contiene circunstancias y experiencias interiores que resultan inaccesibles incluso para quienes viven cerca de ella. La compasión, cuando se ejerce desde una posición de superioridad, corre el riesgo de reducir esa complejidad a una desgracia que alguien más cree comprender y resolver. Lo que parece una ayuda generosa puede convertirse, desde esta perspectiva, en una forma de disminuir la autonomía del otro.

Portada de la primera edición de La gaya ciencia (1882), donde Nietzsche examinó, entre otros asuntos, los límites de la compasión y nuestra capacidad para comprender el sufrimiento ajeno. Fuente: Wikimedia Commons

Su crítica adquirió expresiones más severas en El anticristo, donde vinculó la exaltación cristiana de la piedad con una actitud que, a su juicio, podía debilitar la afirmación de la vida. Nietzsche desconfiaba de las doctrinas que convertían el sufrimiento en un argumento contra la existencia misma. Para él, atravesar dificultades también podía formar parte de la creación de valores y de la posibilidad de desarrollar una vida propia.

Esta posición ha dado lugar a interpretaciones muy distintas, algunas de ellas simplificadas hasta convertir a Nietzsche en un defensor indiscriminado de la dureza. Pero su pensamiento resulta menos cómodo de lo que su reputación sugiere. En Así habló Zaratustra, la compasión aparece como una tentación que el protagonista debe enfrentar, precisamente porque conserva la capacidad de conmoverlo. La emoción no ha desaparecido de su mundo filosófico; continúa siendo un problema al que vuelve, consciente de sus consecuencias y de sus posibles contradicciones.

La escena del caballo adquiere otra dimensión cuando se observa desde ese conflicto. Abrazar a un animal golpeado podría entenderse como una reacción inmediata frente al dolor, sin necesidad de convertirla en una declaración moral. El gesto, si ocurrió, tampoco obliga a suponer que Nietzsche renunció a sus ideas. Nadie vive cada instante de acuerdo con un sistema filosófico, ni las emociones humanas esperan a que nuestras convicciones les concedan permiso para manifestarse.

También cabe una observación incómoda: las discusiones filosóficas sobre la compasión suelen concentrarse en quien siente piedad y en lo que ese sentimiento revela de su carácter. El ser que sufre puede quedar relegado a un segundo plano. El caballo de Turín ofrece un ejemplo involuntario de ese desplazamiento. Durante décadas hemos discutido qué habría significado el abrazo para Nietzsche, mientras apenas nos detenemos en las condiciones del animal que supuestamente lo recibió.

El caballo al que el cine devolvió una vida

En 2011, el director húngaro Béla Tarr y su colaboradora Ágnes Hranitzky llevaron al cine El caballo de Turín, una película escrita por Tarr junto con László Krasznahorkai. La obra comienza con el relato del incidente de 1889, pero enseguida abandona al filósofo. La cámara sigue a un cochero, a su hija y al caballo del que dependen para sobrevivir, en una casa aislada donde el viento parece haber adquirido una voluntad propia.

Durante casi dos horas y media, la película observa acciones repetidas con una paciencia que puede resultar exasperante: vestirse, preparar patatas, sacar agua del pozo, mirar por una ventana, alimentar a un animal. Los acontecimientos se reducen gradualmente mientras el caballo comienza a negarse a trabajar y a comer. La existencia de los personajes queda sometida a una rutina que se aproxima al agotamiento.

Tarr encontró el origen de la película en una lectura pública que Krasznahorkai realizó en 1985. El texto terminaba preguntando qué había sucedido con el caballo después del supuesto encuentro con Nietzsche. En una entrevista concedida a Sight and Sound, el cineasta explicó que todos prestaban atención a la historia del filósofo, mientras nadie parecía escuchar la del animal. Aquella omisión terminó convirtiéndose en el punto de partida de su película.

Grabado de un carruaje de caballos del siglo XIX. Antes de convertirse en el protagonista imaginado por Béla Tarr en El caballo de Turín (2011), el animal de la leyenda de Nietzsche pertenecía al mundo cotidiano del trabajo y del transporte urbano. Fuente: Science and Society Picture Library / Wikimedia Commons. Autor desconocido

La decisión modifica nuestra manera de mirar el episodio. En lugar de preguntarnos qué revela el caballo acerca de la mente de Nietzsche, la película imagina la experiencia de una criatura cuya existencia estaba organizada alrededor del trabajo y de las necesidades humanas. El animal no dispone de un lenguaje con el cual explicar su cansancio. Su resistencia se expresa mediante el cuerpo: deja de avanzar, después de comer, hasta que la continuidad de la vida cotidiana comienza a desmoronarse.

El cine de Tarr evita proporcionar una explicación que vuelva soportable ese sufrimiento. Tampoco ofrece una redención para los personajes. El caballo permanece allí, frente a una cámara que le concede el tiempo que las biografías de Nietzsche le habían negado.

En esa elección hay una posibilidad de lectura que excede la anécdota histórica. Los animales han acompañado el trabajo humano durante siglos, a menudo bajo condiciones que apenas aparecen en nuestros relatos sobre el progreso, la industria o la vida urbana. Los caballos arrastraban carruajes por ciudades que hoy recordamos a través de sus teatros y cafés; sus cuerpos participaban en la construcción de una modernidad cuyos protagonistas suelen aparecer retratados con abrigo, sombrero y bastón. La fotografía preservó los rostros de muchos de aquellos hombres. De los animales conservó, con frecuencia, apenas la función que desempeñaban.

Diez años de silencio

Después de su colapso, Nietzsche fue hospitalizado primero en Basilea y posteriormente en Jena. En 1890 regresó a Naumburgo, donde su madre, Franziska, se encargó de cuidarlo durante varios años. Tras la muerte de ella en 1897, su hermana Elisabeth Förster-Nietzsche asumió esa responsabilidad y trasladó al filósofo a Weimar, donde se encontraba el archivo dedicado a su obra.

El hombre que había escrito sobre la necesidad de crear valores propios y superar las convenciones de su época vivió su última década dependiendo de otras personas. Su hermana administró su legado mientras su pensamiento comenzaba a alcanzar una notoriedad que él ya no podía acompañar intelectualmente. Nietzsche murió el 25 de agosto de 1900, a los 55 años.

Resulta tentador encontrar en aquellos años una ironía definitiva: el pensador de la autosuperación reducido a una existencia de fragilidad y dependencia. Pero esa interpretación corre el riesgo de convertir su enfermedad en un castigo simbólico por las ideas que sostuvo. Nada en su deterioro demuestra la insuficiencia de su filosofía, del mismo modo que la eventual existencia del abrazo no demuestra una conversión moral de último momento.

Friedrich Nietzsche retratado por Hans Olde en 1899, una década después de su colapso en Turín. El filósofo pasó sus últimos años bajo el cuidado de su familia y murió en Weimar el 25 de agosto de 1900. Fuente: Hans Olde / Goethe- und Schiller-Archiv, Weimar, GSA 101/37

Quizá convenga observar esa década desde una perspectiva menos interesada en las contradicciones intelectuales. Nietzsche había pasado buena parte de su vida buscando condiciones que le permitieran continuar escribiendo a pesar de sus dolencias. Después de 1889, su relación con el mundo cambió de una manera que conocemos solo parcialmente. Quedaron las fotografías, los testimonios de quienes lo visitaban y los documentos de una familia que terminó participando decisivamente en la construcción de su imagen pública.

La posteridad prefirió al hombre de los grandes bigotes, autor de sentencias que podían desprenderse de sus libros y circular por separado. También conservó una escena en una plaza italiana, un caballo maltratado y un abrazo cuya existencia seguimos sin poder confirmar.

De aquel caballo desconocemos la edad, el nombre y cuánto tiempo siguió tirando de un carruaje por las calles de Turín. Tal vez el encuentro nunca ocurrió, o quizá hubo un animal exhausto al que alguien intentó proteger durante unos segundos. La incertidumbre permanece. Durante más de un siglo hemos dedicado incontables páginas a discutir qué significaba ese instante para Nietzsche. El caballo, mientras tanto, ha seguido esperando al otro lado de la historia, convertido en el último testigo de un acontecimiento que acaso nadie presenció tal como lo recordamos.

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