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Jodi: el dinosaurio de nueve millones de dólares

Sotheby’s subastará un raro Nanotyrannus de 67 millones de años, mientras su venta reabre el debate sobre el destino privado de los fósiles.

En una sala de Sotheby’s, en Nueva York, un depredador de 67 millones de años espera comprador. Tiene las mandíbulas abiertas, cerca de cincuenta dientes y un esqueleto que conserva aproximadamente el 70 % de su estructura original. Mide casi seis metros de largo y, aunque murió mucho antes de que existiera cualquier forma de civilización humana, hoy tiene nombre propio, una fecha de venta y un precio estimado de hasta nueve millones de dólares. Lo llaman Jodi. El próximo 27 de octubre, sus restos serán ofrecidos al mejor postor.

El ejemplar pertenece al género Nanotyrannus, uno de los protagonistas de una controversia paleontológica que se prolongó durante décadas. Su aspecto recuerda al célebre Tyrannosaurus rex, aunque presenta una constitución más ligera, extremidades proporcionalmente largas y una dentadura adaptada para capturar presas posiblemente más veloces. Durante buena parte de su historia científica, algunos investigadores sostuvieron que aquellos dinosaurios relativamente pequeños eran, en realidad, tiranosaurios juveniles. Un estudio publicado en Nature en octubre de 2025 aportó nuevas pruebas para reconocerlos como un género distinto.

La venta llega en un momento particularmente favorable para el mercado de fósiles. En julio de 2026, otro dinosaurio, un Tyrannosaurus rex conocido como Gus, alcanzó los 50.13 millones de dólares en Sotheby’s, estableciendo un récord mundial. El entusiasmo de los coleccionistas ha elevado las expectativas económicas de estos ejemplares, mientras los museos y las instituciones científicas observan cómo algunos de los vestigios más escasos de la historia terrestre adquieren precios difíciles de igualar con presupuestos públicos.

Un hallazgo en las tierras de Montana

La historia reciente de Jodi comienza en 2019, en Garfield County, Montana, dentro de la formación geológica Hell Creek, una extensa región de rocas sedimentarias que conserva testimonios de los últimos tiempos del Cretácico. Allí, la ganadera Jodi Pierson encontró los restos del animal en sus terrenos. La excavación estuvo a cargo de su primo, Clayton Phipps, un buscador comercial de fósiles conocido por su participación en el programa televisivo Dino Hunters.

Hell Creek ocupa un lugar privilegiado en la paleontología norteamericana. Sus capas de roca permiten reconstruir algunos de los ecosistemas que existieron poco antes de la extinción masiva ocurrida hace aproximadamente 66 millones de años, cuando el impacto de un asteroide alteró las condiciones ambientales del planeta. Entre sus hallazgos figuran numerosos ejemplares de Tyrannosaurus, Triceratops y otros animales que compartieron bosques y llanuras fluviales en lo que actualmente constituye el oeste de Estados Unidos.

Jodi, uno de los escasos esqueletos conocidos de Nanotyrannus, se exhibe en Sotheby’s, Nueva York, antes de su subasta programada para el 27 de octubre de 2026. Fotografía: Mike Segar/Reuters.

Jodi procede de ese mundo desaparecido. Según la descripción presentada por Sotheby’s, su esqueleto conserva un cráneo casi completo y pertenece a uno de los escasos ejemplares conocidos de Nanotyrannus. Su estado de preservación resulta especialmente interesante porque cada hueso puede proporcionar información sobre el crecimiento, la locomoción y las relaciones evolutivas de estos depredadores.

Hay algo desconcertante en observar sus dimensiones actuales. El animal que alguna vez recorrió los paisajes de Montana aparece ahora sostenido por una estructura metálica, inmóvil bajo la iluminación de una galería neoyorquina. Las piezas han sido limpiadas, estudiadas y montadas para reproducir una postura anatómica. La roca que lo mantuvo oculto durante millones de años ha desaparecido de la exhibición; en su lugar hay un soporte cuidadosamente diseñado y una estimación económica impresa en el catálogo de venta.

El dinosaurio que estuvo a la sombra del T. rex

Pocos animales extintos han ocupado tanto espacio en la imaginación contemporánea como el Tyrannosaurus rex. Su cabeza desproporcionada, sus mandíbulas y sus diminutos brazos han sido reproducidos en museos, juguetes y películas hasta convertirlo en una figura inmediatamente reconocible. Esa familiaridad también influyó en la manera de interpretar a sus parientes más pequeños.

El nombre Nanotyrannus, que puede traducirse como «tirano enano», comenzó a utilizarse formalmente en 1988 para describir un dinosaurio conocido por restos encontrados décadas antes. Su identidad despertó desacuerdos casi desde el principio. Algunos paleontólogos identificaron diferencias suficientes para considerarlo un género independiente; otros atribuyeron sus características a las etapas tempranas del crecimiento de Tyrannosaurus rex.

La segunda interpretación tenía consecuencias importantes. Si los animales clasificados como Nanotyrannus eran tiranosaurios adolescentes, sus esqueletos ayudarían a comprender cómo cambiaban las proporciones corporales de estos gigantes conforme envejecían. Si pertenecían a otro linaje, habría que revisar parte de las reconstrucciones sobre el desarrollo del T. rex y la diversidad de depredadores que habitaban Norteamérica al final del Cretácico.

Reconstrucción artística de varios Nanotyrannus enfrentándose a un Tyrannosaurus rex juvenil. Una investigación publicada en Nature en 2025 confirmó que ambos géneros coexistieron durante el Cretácico tardío. Ilustración: Anthony Hutchings / Friends of the North Carolina Museum of Natural Sciences.

En octubre de 2025, las paleontólogas y paleontólogos Lindsay Zanno y James Napoli publicaron en Nature una investigación basada en el análisis de un esqueleto excepcionalmente conservado, identificado como NCSM 40000. Su estudio examinó características anatómicas y señales del crecimiento óseo, encontrando evidencias de que el animal estaba cerca de alcanzar la madurez. Sus dimensiones reducidas difícilmente podían explicarse como una etapa juvenil de Tyrannosaurus rex.

Los investigadores también reconocieron dos especies dentro de Nanotyrannus, N. lancensis y N. lethaeus, y propusieron una revisión de las hipótesis que durante años habían utilizado ciertos esqueletos pequeños para reconstruir la infancia del T. rex. La conclusión modifica la imagen de aquellos ecosistemas: distintos depredadores emparentados podían coexistir y aprovechar presas diferentes en un mismo territorio.

Jodi llega a Sotheby’s apenas un año después de aquella publicación. Su valor comercial está relacionado, en parte, con el renovado interés científico por un animal cuya identidad permaneció discutida durante generaciones.

El precio de un mundo desaparecido

La venta de dinosaurios completos o parcialmente reconstruidos tiene una historia relativamente reciente dentro de las grandes casas de subastas. En 1997, Sotheby’s vendió a Sue, un Tyrannosaurus rex descubierto en Dakota del Sur, por aproximadamente 8.36 millones de dólares. El comprador fue el Field Museum de Chicago, con apoyo financiero de distintas organizaciones y particulares. El ejemplar terminó expuesto al público y se convirtió en una referencia para investigaciones posteriores.

Aquella operación mostró que el mercado comercial podía llevar fósiles extraordinarios a instituciones científicas. También anticipó una dificultad que se volvería cada vez más evidente: conforme aumentan los precios, las posibilidades de adquisición dependen de cantidades de dinero que pocos museos pueden reunir.

En 2024, un estegosaurio llamado Apex fue vendido por casi 45 millones de dólares. Dos años después, Gus, un Tyrannosaurus rex de aproximadamente 11.6 metros de longitud, superó aquella cifra al alcanzar 50.13 millones. La puja se prolongó unos diez minutos y el comprador permaneció anónimo.

La comparación con el mercado del arte resulta inevitable. Los fósiles se presentan mediante catálogos especializados, exhibiciones previas y estimaciones que consideran su rareza, procedencia y estado de conservación. Pero un dinosaurio conserva características que complican su incorporación a los circuitos habituales del coleccionismo: cada esqueleto es irrepetible y puede contener información todavía desconocida para los investigadores.

La adquisición de un fósil también plantea responsabilidades materiales. Los huesos requieren condiciones apropiadas de conservación, documentación y manejo. Algunas investigaciones necesitan acceder físicamente a ellos, examinar detalles microscópicos o utilizar nuevas tecnologías para revisar interpretaciones anteriores. Un ejemplar estudiado hace treinta años puede ofrecer respuestas diferentes cuando vuelve a analizarse con instrumentos más precisos.

El mercado ha contribuido a financiar excavaciones y trabajos de preparación realizados por recolectores privados, cuya participación ha permitido recuperar materiales que quizá habrían permanecido enterrados. Sotheby’s destaca precisamente esa labor en la historia de Jodi. Aun así, la recuperación de un fósil y su disponibilidad permanente para la investigación son asuntos distintos.

¿A quién pertenece el pasado?

La Society of Vertebrate Paleontology, una de las principales organizaciones científicas de la disciplina, mantiene una posición crítica frente a la comercialización de fósiles de vertebrados con importancia científica cuando las ventas los apartan de colecciones públicas. Su código de ética recomienda conservarlos en instituciones capaces de garantizar su protección y acceso a largo plazo.

El argumento responde a una necesidad concreta de la investigación. Para comprobar una hipótesis, otro científico debe poder examinar las evidencias utilizadas para formularla. Si un esqueleto desaparece dentro de una colección privada cuyo propietario restringe las visitas, cambia de residencia o decide revenderlo, las posibilidades de verificar ciertos resultados pueden reducirse considerablemente.

Existen coleccionistas que colaboran con museos, permiten estudios e incluso donan sus adquisiciones. La propiedad privada tampoco implica necesariamente una pérdida de información. El problema aparece cuando el acceso depende exclusivamente de decisiones individuales, sin garantías de continuidad para futuras generaciones de investigadores.

En Estados Unidos, las condiciones legales para recolectar fósiles varían según la propiedad del terreno y las regulaciones aplicables. Los hallazgos realizados legalmente en tierras privadas pueden entrar al mercado, mientras que los fósiles procedentes de terrenos públicos federales están sujetos a otras restricciones. Esta distinción explica por qué descubrimientos como el de Jodi pueden terminar en una casa de subastas, aunque su importancia científica trascienda las fronteras de la propiedad donde fueron encontrados.

La discusión adquiere una dimensión particular en el caso del Nanotyrannus. Durante décadas, la interpretación de sus restos influyó en las teorías sobre la evolución de uno de los dinosaurios mejor conocidos del planeta. Bastó el estudio detallado de un ejemplar excepcional para obligar a revisar parte de ese conocimiento. Nada permite asegurar que las investigaciones futuras hayan agotado lo que Jodi puede revelar.

El 27 de octubre, Sotheby’s abrirá la puja y alguien podría adquirir uno de los escasos testimonios de una especie que compartió territorio con el Tyrannosaurus rex. La cifra final será noticia, especialmente si supera las estimaciones. Quedará pendiente conocer algo menos espectacular para el mercado, aunque decisivo para la paleontología: dónde permanecerá el esqueleto, quién podrá estudiarlo y bajo qué condiciones.

Sesenta y siete millones de años después de su muerte, Jodi ha sobrevivido a transformaciones geológicas, a la erosión y a una larga permanencia bajo tierra. Su próximo destino dependerá de una decisión humana que podría tomarse en cuestión de minutos.

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