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Graciela Iturbide & el mundo que cabe en una mirada

La fotógrafa mexicana entra al Leica Hall of Fame con una obra que recorre Juchitán, el desierto de Sonora y la memoria.

En una fotografía tomada en Juchitán, Oaxaca, en 1986, una mujer permanece frente a un muro cubierto de formas geométricas. Se llama Na’ Lupe Pan. Su figura ocupa el centro de la composición, rodeada por una superficie pintada que parece prolongarse alrededor de su cuerpo. La imagen tiene algo de retrato doméstico y algo de construcción abstracta. Graciela Iturbide encontró allí una de esas escenas que han definido su trabajo durante cinco décadas: encuentros entre personas y espacios cotidianos que, al quedar dentro del encuadre, adquieren una extrañeza difícil de explicar.

Cuarenta años después, aquella fotografía ha sido elegida Leica Picture of the Year 2026. El reconocimiento acompaña la incorporación de Iturbide al Leica Hall of Fame, anunciada el 8 de octubre en Wetzlar, Alemania. A sus 84 años, la artista se convierte en la primera fotógrafa mexicana y latinoamericana en recibir esta distinción, concedida a autores cuya trayectoria ha dejado una huella en la historia de la fotografía.

La Leica Gallery Wetzlar presenta, con motivo del premio, una exposición de más de cincuenta imágenes que recorre sus viajes, sus encuentros con comunidades mexicanas y una obra construida casi enteramente en blanco y negro. Para quien conoce sus fotografías, la noticia ofrece una ocasión para regresar a ellas. Para quien todavía no las ha descubierto, basta detenerse frente a una mujer que lleva iguanas sobre la cabeza o ante una figura solitaria que camina por el desierto con una grabadora en la mano.

Aprender a mirar con Manuel Álvarez Bravo

Graciela Iturbide nació en Ciudad de México el 16 de mayo de 1942. Antes de dedicarse a la fotografía, imaginó su futuro detrás de una cámara cinematográfica. En 1969 ingresó al Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la UNAM, donde conoció a Manuel Álvarez Bravo, una figura decisiva de la fotografía mexicana del siglo XX.

El encuentro modificó su trayectoria. Entre 1970 y 1971 trabajó como asistente del fotógrafo, acompañándolo en recorridos por México y observando una manera de acercarse a los objetos y las personas que concedía espacio al azar. Álvarez Bravo había desarrollado una obra donde los escaparates, los cuerpos y las calles podían sugerir asociaciones inesperadas. Iturbide aprendió de aquella disposición a mirar, aunque pronto encontró intereses y decisiones formales propios.

México (1969), una de las primeras fotografías de Graciela Iturbide, realizada durante sus años de formación con Manuel Álvarez Bravo. Una mujer aparece frente a una calavera en un museo de cera. Fotografía: Graciela Iturbide / Fundación MAPFRE. 

Sus primeras experiencias estuvieron atravesadas por una pérdida familiar. En 1970 murió su hija Claudia, un acontecimiento que marcaría su relación con las imágenes de la muerte y con los rituales que las rodean. La fotografía le permitió desplazarse hacia otros lugares y establecer vínculos con personas cuyas historias desconocía. Su trabajo empezó a crecer a través de viajes por México y distintos países latinoamericanos.

Con el tiempo, el blanco y negro se convirtió en una de sus decisiones más reconocibles. En sus imágenes, la luz descubre las superficies rugosas de una pared, las arrugas de una tela o el perfil de un pájaro. Las sombras pueden ocultar una parte del acontecimiento, obligando al espectador a recorrer la fotografía y aceptar que ciertos detalles permanecerán fuera de su alcance.

Juchitán y las mujeres que habitan las imágenes

En 1979, Francisco Toledo invitó a Iturbide a fotografiar Juchitán, una ciudad zapoteca del Istmo de Tehuantepec. La visita dio comienzo a una relación que se prolongó durante años y produjo algunas de las imágenes más conocidas de su carrera. Allí encontró una comunidad donde las mujeres desempeñaban funciones centrales en la vida comercial y social, particularmente en los mercados y en la organización cotidiana.

El proyecto adquirió forma en el libro Juchitán de las mujeres, publicado en 1989. Sus fotografías muestran celebraciones, escenas domésticas y retratos construidos a partir de la convivencia. Hay mujeres que sostienen la mirada frente a la cámara y otras que continúan con sus actividades mientras Iturbide trabaja. Esa proximidad permitió obtener imágenes alejadas de la rigidez de ciertos registros etnográficos, aunque también planteó preguntas sobre la manera en que una fotógrafa representa una cultura a la que llega desde fuera.

Sobeida Díaz, vendedora de iguanas en Juchitán, Oaxaca, fue retratada por Graciela Iturbide en 1979. La fotografía se convirtió en una de las imágenes emblemáticas de su serie Juchitán de las mujeres. Fotografía: Graciela Iturbide / Fundación MAPFRE.

Entre todas sobresale Nuestra Señora de las Iguanas, realizada en 1979. Magdalena Santiago aparece de frente, con varias iguanas acomodadas sobre la cabeza. Los animales forman una especie de corona viviente que transforma el retrato en una imagen inesperada. La fotografía adquirió una circulación extraordinaria y terminó convirtiéndose en uno de los símbolos visuales más reconocibles de Juchitán.

Su fama contiene una tensión interesante. El encuentro casual con Magdalena produjo una imagen singular, pero su reproducción constante ha permitido que la figura sea leída como emblema de toda una comunidad. La obra de Iturbide invita a observar también aquello que queda alrededor de las fotografías célebres: las personas que tienen nombre, los vínculos que hicieron posible cada retrato y las historias que continúan después de que la cámara se retira.

La selección de Na’ Lupe Pan como fotografía Leica del año devuelve la atención a ese archivo de encuentros menos reproducidos. Frente al muro geométrico, la mujer conserva una presencia serena. La composición parece sencilla hasta que comenzamos a distinguir las relaciones entre el cuerpo, los dibujos y los espacios vacíos.

Los habitantes del desierto

Un año antes de llegar a Juchitán, Iturbide había recibido un encargo del Instituto Nacional Indigenista para documentar comunidades indígenas mexicanas. Eligió trabajar con los comcaac, también conocidos como seris, habitantes de la región costera del desierto de Sonora.

De aquella experiencia surgió Mujer ángel, fotografiada en 1979. Una mujer camina entre las piedras del desierto, vista de espaldas, mientras lleva una grabadora portátil en la mano. La falda se mueve con el viento y las montañas se extienden en el horizonte. La presencia del aparato electrónico introduce una relación inesperada entre el paisaje y los objetos de consumo de la época.

Una mujer de la comunidad comcaac camina por el desierto de Sonora con una grabadora portátil en la mano. Mujer ángel (1979) pertenece a la serie Los que viven en la arena. Fotografía: Graciela Iturbide / Fundación MAPFRE. 

La imagen ha sido interpretada con frecuencia a partir del contraste entre tradición y modernidad. Pero la grabadora pertenece a la vida de aquella mujer tanto como el terreno que atraviesa. Iturbide registró una escena que cuestiona las expectativas con las que solemos observar a las comunidades indígenas, especialmente cuando sus habitantes aparecen representados como figuras ajenas al tiempo contemporáneo.

Algo semejante ocurre con sus fotografías de aves. Los pájaros ocupan tejados, cables y cielos abiertos, a veces agrupados en grandes concentraciones y otras convertidos en pequeñas presencias aisladas. La artista ha regresado a ellos durante décadas, encontrando variaciones en sus siluetas y movimientos. En ocasiones parecen surgir de un sueño; en otras, simplemente permanecen allí, indiferentes a la cámara.

Los objetos que sobreviven a sus dueños

En 2005, Iturbide fotografió objetos personales de Frida Kahlo conservados durante décadas en uno de los baños de la Casa Azul, en Coyoacán. El espacio había permanecido cerrado desde la muerte de la pintora, y su apertura permitió documentar prendas, medicamentos y aparatos ortopédicos relacionados con su vida cotidiana.

Un corsé ortopédico de Frida Kahlo cuelga en el baño de la Casa Azul, cerrado durante décadas después de su muerte. Graciela Iturbide fotografió los objetos conservados en aquel espacio en 2006. Fotografía: Graciela Iturbide / Fundación MAPFRE.

En la serie El baño de Frida, una prótesis adquiere una presencia inquietante y una bata colgada sobre los azulejos recuerda la fragilidad del cuerpo. Iturbide también se fotografió dentro de la bañera, estableciendo una relación visual con la pintura Lo que el agua me dio, realizada por Kahlo en 1938.

Estas imágenes permiten observar otro registro de su trabajo. Después de años fotografiando personas, animales y paisajes, dirigió la cámara hacia objetos abandonados por su propietaria. Cada pieza conserva señales de uso, aunque las circunstancias que la rodeaban han desaparecido. Iturbide trabaja con esa distancia y deja que las cosas ocupen el encuadre sin reconstruir artificialmente la presencia de Kahlo.

Una vida reunida en Wetzlar

El Leica Hall of Fame distingue desde 2011 a fotógrafos de distintas generaciones. Iturbide se incorpora a una lista que incluye a Elliott Erwitt, Steve McCurry, René Burri y Barbara Klemm. La exposición dedicada a la mexicana permanecerá abierta en la Leica Gallery Wetzlar hasta el 3 de enero de 2027 y reúne series como Juchitán, Desierto de Sonora, Pájaros y Viajes.

El premio llega después de otros reconocimientos internacionales, entre ellos el Hasselblad Award de 2008 y el Premio Princesa de Asturias de las Artes de 2025. También coincide con una retrospectiva en el San Francisco Museum of Modern Art, abierta hasta noviembre de 2026, que examina cinco décadas de producción fotográfica.

Na’ Lupe Pan (1986), realizada en Juchitán, fue elegida Leica Picture of the Year 2026, coincidiendo con la incorporación de Graciela Iturbide al Leica Hall of Fame. Fotografía: Graciela Iturbide / Leica Camera. 

Hay algo particular en contemplar esta obra reunida en un museo europeo. Las fotografías nacieron de viajes prolongados, conversaciones y encuentros que tuvieron lugar muy lejos de las salas donde ahora se exhiben. Con el paso de los años, algunas se han convertido en imágenes célebres, estudiadas y reproducidas hasta adquirir una vida independiente de las circunstancias en que fueron tomadas.

Na’ Lupe Pan vuelve a aparecer en ese recorrido. La mujer fotografiada en Oaxaca en 1986 ocupa ahora un lugar dentro de la historia internacional de Leica. Permanece frente al mismo muro, con la misma expresión, mientras alrededor de la imagen cambian los museos, las interpretaciones y las generaciones de espectadores. Hay algo que la fotografía todavía se reserva: lo que aquella mujer pensaba mientras esperaba el sonido del obturador.

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