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The Twilight Zone: el lugar donde la realidad empieza a desdoblarse

Rod Serling sabía que bastaba alterar la realidad para que aparecieran nuestros miedos, prejuicios y, a veces, el monstruo que preferíamos buscar afuera.

El 2 de octubre de 1959, CBS emitió por primera vez The Twilight Zone. El episodio se llamaba Where Is Everybody? y comenzaba con un hombre que llega a un pequeño pueblo estadounidense donde todo parece estar en orden: hay una cafetería, un teléfono, una sala de cine, comercios abiertos. Falta la gente. Mike Ferris camina por esas calles vacías con una sensación creciente de estar siendo observado; todavía no sabe dónde está ni por qué nadie responde. La serie nació con esa imagen tan sencilla: un mundo reconocible del que se ha retirado una pieza, y basta esa ausencia para volver sospechoso todo lo demás. 

Rod Serling entendió muy pronto que la televisión tenía una relación complicada con el presente. Antes de The Twilight Zone había escrito dramas para emisiones en vivo, entre ellos trabajos para Playhouse 90, y había chocado con ejecutivos, patrocinadores y departamentos de estándares cuando intentaba abordar asuntos políticos o sociales demasiado cercanos a nombres, instituciones y conflictos reconocibles. Quienes trabajaron con él recordaron después que esa experiencia con la censura influyó en la creación de The Twilight Zone. La ciencia ficción ofrecía una salida peculiar: si una historia ocurría en otro planeta, en un futuro imposible o detrás de una puerta que no debería existir, podía atravesar lugares a los que un drama realista tenía más dificultades para llegar. Serling había encontrado una forma de desplazar el presente apenas lo suficiente para poder mirarlo.

La distancia necesaria

A primera vista, The Twilight Zone parece pertenecer a ese territorio donde las reglas comunes dejan de funcionar: hombres que viajan en el tiempo, muñecos que hablan, extraterrestres, aviones donde alguien ve una criatura que los demás pasajeros no alcanzan a distinguir. La serie reunió horror, ciencia ficción, drama, humor negro y superstición a lo largo de cinco temporadas y más de 150 episodios; Serling escribió más de ochenta de ellos y apareció frente a cámara para introducir al espectador en cada nuevo desplazamiento. 

Barry Atwater y Lea Waggner en The Monsters Are Due on Maple Street (1960). El episodio convirtió un apagón en una pequeña anatomía de la paranoia: bastó una sospecha para que los vecinos comenzaran a mirarse como enemigos. CBS Television 

Pero el mecanismo rara vez dependía únicamente de lo fantástico. El elemento extraño funcionaba como una presión aplicada sobre algo bastante cotidiano. Un vecindario pierde la electricidad. Una mujer espera que una cirugía la vuelva “normal”. Un lector encuentra por fin todo el tiempo que deseaba para quedarse a solas con sus libros. Un hombre mira por la ventanilla de un avión y descubre algo que quizá esté allí o quizá exista únicamente dentro de su miedo. La pregunta cambia en cada episodio, aunque el procedimiento se reconoce enseguida: Serling modifica una condición del mundo y observa qué hacen las personas cuando las seguridades que organizaban su vida dejan de responder.

En The Monsters Are Due on Maple Street, emitido en marzo de 1960, las luces se apagan en una tranquila calle suburbana. Los automóviles dejan de funcionar, los teléfonos fallan y alguien sugiere que quizá uno de los vecinos sea un intruso. Eso basta. Las sospechas comienzan a circular de casa en casa hasta que personas que se conocían desde hacía años empiezan a vigilarse, acusarse y atacarse. La explicación final resulta casi secundaria; el episodio había demostrado ya que una comunidad podía destruirse sin necesidad de que el enemigo hiciera demasiado. La propia descripción oficial del capítulo lo resume alrededor de una palabra: paranoia.

Es difícil separar aquella historia del clima estadounidense en que apareció, apenas unos años después del macartismo y en plena Guerra Fría. Serling no necesitaba mencionar una audiencia del Congreso ni escribir el nombre de una figura política. Le bastaban una calle, una noche y una duda compartida. El monstruo podía permanecer fuera de cuadro porque los vecinos estaban dispuestos a hacer el resto.

Un rostro correcto

La misma estrategia aparece de otra manera en Eye of the Beholder, emitido en noviembre de 1960. Durante buena parte del episodio, una mujer permanece con el rostro cubierto por vendas después de someterse a una serie de procedimientos destinados a corregir su apariencia. Los médicos hablan de normalidad y fracaso clínico mientras la cámara evita cuidadosamente mostrar sus propios rostros. Cuando las vendas finalmente caen, la operación ha fracasado: la mujer posee los rasgos que el espectador reconoce como convencionales, mientras quienes la rodean tienen una apariencia completamente distinta. En ese mundo, ella es la deformidad. 

Donna Douglas como Janet Tyler en Eye of the Beholder (1960). Cuando las vendas desaparecen, la idea de “normalidad” que había gobernado todo el episodio cambia de lugar: el rostro considerado monstruoso resulta ser el que el espectador reconoce como humano. CBS Photo Archive

El giro funciona porque obliga al espectador a revisar en segundos todo lo que había aceptado durante los minutos anteriores. Las palabras “normal”, “bello” y “aceptable” habían circulado como si describieran una condición objetiva. La imagen final revela otra cosa: alguien decidió previamente qué cuerpo debía entrar en esas categorías.

Serling era especialmente eficaz cuando permitía que una convención se volviera extraña por acumulación. No necesitaba explicar durante media hora qué era el prejuicio; podía construir una sociedad entera alrededor de una venda. La ciencia ficción hacía visible el artificio de ciertas normas precisamente porque las desplazaba a un lugar donde ya no podían pasar por naturales.

Esa operación conserva una incomodidad especial hoy. Buena parte de nuestra vida visual transcurre frente a sistemas que ordenan rostros, cuerpos y formas de presentarse; existen filtros capaces de modificar una cara en segundos y plataformas donde determinadas expresiones de belleza se repiten hasta adquirir aspecto de regla. Eye of the Beholder pertenece a 1960, pero la ansiedad que organiza el episodio resulta fácilmente reconocible: entrar a una habitación y sospechar que existe una medida compartida que todos conocen menos uno.

El miedo detrás de la puerta

Hay episodios de The Twilight Zone donde la amenaza parece llegar claramente desde afuera. En otros, lo exterior apenas sirve para descubrir algo que ya estaba esperando.

The Shelter, emitido en 1961, comienza en una fiesta entre vecinos. Poco después, una alerta indica la posibilidad de un ataque nuclear y una de las familias dispone de un refugio con espacio limitado. La cortesía se deteriora a medida que los demás intentan entrar. El refugio funciona entonces como un objeto muy concreto alrededor del cual cambian las relaciones: amistad, vecindad y buenos modales duran mientras no compitan con la supervivencia. La guerra nuclear era una preocupación inmediata para la audiencia que vio el capítulo por primera vez; Serling la redujo a una puerta cerrada y a varias personas decidiendo quién debía quedarse de cada lado. 

Burgess Meredith como Henry Bemis en Time Enough at Last (1959). En uno de los episodios más recordados de la serie, el deseo de quedarse finalmente a solas con los libros adquiere una forma mucho menos amable de la imaginada. CBS

En otros capítulos la serie podía ser mucho más íntima. Walking Distance, uno de los primeros episodios, sigue a un ejecutivo agotado que regresa accidentalmente al pueblo de su infancia y se encuentra con sus padres y consigo mismo cuando era niño. Paramount resume la historia con una frase conocida: descubre que no puede volver a casa de la manera en que esperaba. No hay aquí una multitud hostil ni una amenaza extraterrestre, apenas la tentación de regresar a un momento que la memoria ha conservado mejor de lo que probablemente fue.

Ese episodio revela otra parte de Serling, menos asociada con el gran giro final. Muchas veces el desdoblamiento de la realidad tenía que ver con el deseo. Encontrar más tiempo, volver atrás, cambiar de rostro, saber lo que ocurrirá dentro de cinco minutos, escapar de un presente agotador. The Twilight Zone concedía esas fantasías con una generosidad sospechosa. Luego observaba qué ocurría cuando alguien recibía exactamente aquello que había pedido.

En Time Enough at Last, por ejemplo, Henry Bemis desea desesperadamente que lo dejen leer en paz. Una catástrofe nuclear acaba con las interrupciones y lo deja solo entre montañas de libros; entonces ocurre uno de los finales más recordados de la serie. La crueldad del episodio depende de que el deseo se haya cumplido casi por completo.

Una televisión que desconfiaba de las respuestas

Parte de la fama de The Twilight Zone procede de sus finales inesperados, aunque reducirla al placer del giro sería quedarse con el mecanismo después de retirar aquello que lo hacía funcionar. Serling utilizaba la sorpresa para cambiar la posición del espectador. Durante veinte minutos podíamos compartir los prejuicios de un personaje, aceptar una premisa o mirar en una dirección; los últimos segundos movían el suelo y nos obligaban a reconsiderar lo que acabábamos de ver.

Rod Serling en una fotografía promocional de 1959, poco antes del estreno de The Twilight Zone. Como creador, guionista y presentador, convirtió su presencia frente a cámara en una especie de umbral entre el espectador y cada nueva anomalía. CBS Television

Ese gesto explica también por qué algunos episodios envejecen mejor que otros. Hay futuros imaginados por la serie que hoy resultan ingenuos, efectos especiales que pertenecen sin disimulo a la televisión de mediados del siglo XX y moralejas que Serling podía subrayar con bastante fuerza en sus narraciones finales. Lo extraño es cuánto permanece reconocible alrededor de esas superficies. La facilidad con que una comunidad convierte una sospecha en certeza; el deseo de pertenecer a una definición ajena de normalidad; la nostalgia por un pasado que quizá nunca existió de la manera en que lo recordamos.

La serie desconfiaba especialmente de las multitudes seguras de sí mismas. Cuando un grupo alcanzaba demasiado rápido un acuerdo acerca de quién era el extraño, quién tenía la culpa o qué apariencia debía tener una persona aceptable, era razonable empezar a preocuparse. Serling había vivido una época en la que ese tipo de consensos podían destruir carreras y convertir sospechas en expedientes. La televisión fantástica le permitía observar ese impulso sin necesidad de reconstruir literalmente una sala de audiencias.

Quizá por eso su figura frente a cámara terminó siendo tan importante. Serling aparecía con traje oscuro, voz medida y expresión casi administrativa, como si estuviera explicando las reglas de un lugar perfectamente razonable. El contraste hacía el resto. No interpretaba al hombre asustado que acababa de entrar en una dimensión extraña; parecía conocerla demasiado bien.

Después de la zona

Han pasado sesenta y siete años desde aquel primer pueblo vacío. Muchas de las tecnologías que The Twilight Zone habría utilizado como objetos extraordinarios caben hoy en un bolsillo; vivimos rodeados de pantallas capaces de enseñarnos imágenes sintéticas, personas inexistentes y versiones cuidadosamente modificadas de nosotros mismos. La paranoia tampoco necesita que se apaguen todas las luces de Maple Street: una sospecha puede circular entre miles de personas antes de que alguien alcance a comprobar de dónde salió.

Rod Serling durante The Twilight Zone. Su voz y su figura terminaron convirtiéndose en parte de la propia arquitectura de la serie: el hombre que aparecía al borde de una realidad reconocible para advertirnos que algo estaba a punto de cambiar.

Sería fácil convertir ese parecido en la afirmación de que Serling “predijo” nuestro presente, aunque esa lectura le concede a la ciencia ficción un tipo de clarividencia que quizá no necesita. Serling observaba comportamientos que ya existían. Cambiaron las máquinas y los escenarios; la facilidad para temer al vecino, obedecer una norma absurda o pedirle al pasado que nos devuelva algo perdido tiene una historia bastante más larga.

Ahí sigue funcionando la zona crepuscular. No como un lugar al que entramos cuando aparece un extraterrestre o cuando un reloj comienza a girar al revés, sino como ese pequeño desplazamiento en el que lo familiar deja de parecernos inevitable. Una calle puede convertirse en tribunal, un hospital en una fábrica de normalidad, una puerta en la frontera entre civilización y miedo; Serling necesitaba muy poco para llegar allí… a veces bastaba apagar la luz.

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