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Charlie Brown & el arte de perder

Entre derrotas, cometas atrapadas y balones que no se patean, Charles M. Schulz creó una de las miradas más lúcidas sobre la inseguridad cotidiana.

El 2 de octubre de 1950, Charlie Brown apareció sentado en una banqueta mientras Shermy y Patty lo observaban pasar. “Ahí viene el buen Charlie Brown”, dice Shermy en aquella primera tira; espera unos segundos y, cuando el niño desaparece del cuadro, confiesa cuánto lo detesta. No había todavía un Snoopy capaz de escribir novelas desde el techo de su casita, Lucy no había instalado su consultorio psiquiátrico de cinco centavos y Linus aún no cargaba una manta como si fuera una extensión de su cuerpo. Peanuts comenzaba en siete periódicos estadounidenses y su mundo era apenas una acera, tres niños y una pequeña crueldad pronunciada cuando uno de ellos ya no podía escucharla.

Hay algo reconocible en esa escena incluso antes de que aparezcan los objetos que terminarían definiendo a Charlie Brown. Todavía no existe el árbol que se come sus cometas ni Lucy le retira el balón en el último instante, pero ya está ahí una de las preocupaciones que Charles M. Schulz perseguiría durante medio siglo: qué hacemos con la posibilidad de que los demás no nos quieran tanto como quisiéramos. Charlie Brown atravesaría los años intentando pertenecer, enamorándose de una niña pelirroja a la que rara vez consigue acercarse, dirigiendo un equipo de béisbol condenado a resultados desastrosos y preparándose una y otra vez para patear un balón que casi siempre desaparece justo antes del golpe. Schulz resumió alguna vez la lógica del personaje diciendo que Charlie Brown debía ser quien sufriera porque la mayoría estamos mucho más familiarizados con perder que con ganar.

El muchacho que quería dibujar

Charles Monroe Schulz había nacido en Minneapolis en 1922 y desde niño quiso convertirse en dibujante. Su padre era barbero; su madre, Dena, murió de cáncer en 1943, cuando Schulz tenía veinte años y acababa de ingresar al ejército durante la Segunda Guerra Mundial. Años después recordaría aquella experiencia mediante una frase particularmente seca: “The Army taught me all I needed to know about loneliness”. Al volver a Minnesota comenzó a buscar espacio para sus dibujos mientras trabajaba como instructor en Art Instruction Schools, vendía viñetas ocasionales a The Saturday Evening Post y publicaba una serie llamada Li’l Folks en el St. Paul Pioneer Press. Antes de que Peanuts existiera hubo rechazos, envíos que regresaban y un joven dibujante que continuaba presentando trabajos porque había decidido, mucho antes de tener éxito, que aquello sería su vida.

Charles M. Schulz hacia 1983. Mucho de lo que acabaría apareciendo en Peanuts —la timidez, el rechazo amoroso, incluso la profesión del padre de Charlie Brown— provenía de su propia vida. Foto: Orange County Archives

Parte de esa biografía terminó filtrándose en los personajes. El padre de Charlie Brown también es barbero. Spike, el perro que acompañó a Schulz durante su infancia, se convirtió en una de las referencias para Snoopy. Donna Mae Johnson, una compañera de trabajo de la que Schulz se enamoró y que decidió casarse con otro hombre, suele identificarse como la inspiración de la pequeña pelirroja, esa presencia casi abstracta ante la cual Charlie Brown ensaya conversaciones que rara vez consigue pronunciar. Schulz aprovechaba materiales muy modestos: una decepción, una conversación recordada, una sensación de vergüenza que probablemente habría resultado demasiado pequeña para cualquier relato heroico. Dentro de cuatro cuadros podía durar décadas.

Su propio éxito tampoco borró esa sensibilidad. Peanuts terminó publicándose en alrededor de 2,600 periódicos de 75 países y en 21 idiomas; Schulz escribió, dibujó, entintó y rotuló personalmente 17,897 tiras durante casi cincuenta años. Trabajaba sobre papel Strathmore con tinta china y utilizaba una plumilla Esterbrook que apreciaba tanto que, al enterarse de que dejarían de fabricarla, compró las existencias restantes. Hay algo coherente entre ese apego al instrumento y la persistencia de su universo: mientras la historieta se transformaba en un fenómeno internacional, Schulz siguió regresando a los mismos pocos metros de barrio, a la banca, el montículo de pitcher, la casita roja de Snoopy, el árbol.

Una vida medida desde afuera

Charlie Brown fracasa con una frecuencia extraordinaria. Su equipo pierde partidos que parecían imposibles de perder, la cometa termina atrapada, sus tarjetas de San Valentín pueden reducirse a ninguna, la niña pelirroja permanece a una distancia devastadora y hasta sus intentos de conversación suelen desembocar en alguna forma de humillación. Schulz dejó que esas experiencias se acumularan sin concederle al personaje una gran compensación narrativa. El siguiente partido podía acabar igual que el anterior. Lucy podía volver a sostener el balón y Charlie Brown podía volver a creerle.

Esa insistencia resulta especialmente familiar en una época que ha perfeccionado el arte de mostrar resultados. Basta recorrer durante unos minutos cualquier red social para encontrarse con carreras que avanzan sin tropiezos visibles, cuerpos que parecen haber encontrado su forma definitiva, escritorios ordenados, viajes, compromisos, ascensos, casas recién remodeladas, rutinas de productividad capaces de llenar desde el amanecer hasta la noche. Cada imagen pertenece a una historia distinta, pero al recibirlas una después de otra comienzan a parecer una tabla de medición. La comparación apenas necesita formularse: a cierta edad deberías haber llegado aquí, tu cuerpo debería parecerse a esto, tu trabajo tendría que avanzar a determinada velocidad, quizá deberías estar más feliz.

Charlie Brown durante la hora del almuerzo, en una tira de Peanuts publicada en 1963. Schulz convirtió momentos tan ordinarios como comer solo o temer acercarse a alguien en escenas sobre inseguridad, deseo y pertenencia. Charles M. Schulz / Library of Congress.

Charlie Brown conoce muy bien esa aritmética. Antes de perder ya sospecha que perderá; antes de hablar con la niña pelirroja ha imaginado todas las maneras posibles de quedarse sin palabras. Su inseguridad se alimenta de acontecimientos concretos, aunque también de la distancia entre quien es y quien piensa que debería ser. Quiere tener el aplomo de otros niños, lanzar mejor, dirigir mejor, atreverse. Schulz nunca termina de curarlo porque probablemente comprendía que muchas inseguridades no desaparecen cuando recibimos una explicación correcta de nosotros mismos. Algunas regresan cada mañana con la misma puntualidad que el periódico.

Ahí se encuentra una de las razones por las que Peanuts podía ser leído por un niño y producir otra cosa completamente distinta en un adulto. Las circunstancias eran infantiles; las emociones no. El patio de recreo estaba lleno de jerarquías, deseos sin correspondencia, amistades que podían cambiar durante una tarde y momentos en los que bastaba una frase pronunciada por otra persona para arruinar el día. Schulz reducía el escenario hasta dejarlo casi vacío y permitía que la incomodidad permaneciera allí. El lector podía reírse porque Charlie Brown había vuelto a caer de espaldas después de intentar patear el balón, aunque sabía que la gracia dependía de algo bastante menos gracioso: él había confiado otra vez.

Mientras tanto, Snoopy

Snoopy pertenece al mismo mundo y parece obedecer leyes diferentes. Puede pasar buena parte del día acostado sobre el techo de su casita y, unos cuadros después, convertirse en as de la aviación de la Primera Guerra Mundial dispuesto a enfrentarse al Barón Rojo. Escribe novelas que comienzan una y otra vez con una noche oscura y tormentosa, baila cuando la ocasión lo permite y concede a una galleta una importancia que Charlie Brown reservaría para asuntos existenciales. Sus fantasías son desmesuradas; rara vez necesita demostrar que son ciertas.

Snoopy con gorro amarillo, en una celda de animación realizada por Bill Melendez entre 1965 y 1985. Mientras Charlie Brown suele medir su vida a partir de aquello que no consigue, Snoopy entra y sale de sus fantasías con una ligereza muy distinta. Bill Melendez / Library of Congress.

La diferencia entre ambos personajes se vuelve interesante precisamente porque Snoopy tampoco encarna una vida basada en logros verificables. Sus novelas no necesitan ser publicadas para que siga escribiéndolas, sus combates aéreos ocurren sobre una casita para perro y su imaginación puede convertir una manta o una máquina de escribir en suficiente material para ocupar la tarde. Mientras Charlie Brown mira con frecuencia hacia una medida exterior —ganar el partido, recibir la tarjeta, conseguir la aprobación de alguien— Snoopy tiene la extraordinaria capacidad de sumergirse en aquello que está haciendo.

Sería demasiado cómodo pensar que Schulz repartió entre ellos dos respuestas definitivas: la ansiedad para Charlie Brown y la felicidad para Snoopy. Snoopy también se irrita, se aburre, se obsesiona y pierde. Lo que cambia es su relación con el resultado. Puede abandonar una fantasía y entrar en otra sin convertir cada derrota en una sentencia acerca de quién es. En ese pequeño movimiento hay una libertad que Charlie Brown contempla desde abajo mientras su perro duerme, inexplicablemente, sobre un techo inclinado.

Seguir apareciendo

Con los años, Charlie Brown se volvió menos mordaz que el niño de las primeras tiras y adquirió los rasgos por los que hoy resulta reconocible: inseguridad, paciencia y una perseverancia que raya a veces en lo absurdo. El propio Schulz observó esa transformación; en 1971 recordaba que había concebido al personaje como alguien que intentaba demasiado y quería demasiado que todos lo quisieran. Para entonces llevaba dos décadas acompañándolo.

Quizá ahí se encuentra algo más interesante que una lección acerca de aprender a ganar. Charlie Brown continúa apareciendo. Regresa al montículo después de una derrota, vuelve con otra cometa y acepta una vez más la invitación de Lucy frente al balón. Su perseverancia puede parecer ingenua porque el lector conoce la broma desde antes de que ocurra; precisamente por eso resulta difícil apartar los ojos. Si alguna vez consiguiera convertirse en el niño seguro, admirado y competente que desea ser, desaparecería una parte esencial de Peanuts. Schulz sabía que la vida rara vez organiza sus acontecimientos con la cortesía de una historia de superación.

Charlie Brown conversa con Linus en una tira publicada el 17 de julio de 1960. Schulz mantuvo a sus personajes durante décadas en un mundo de preocupaciones pequeñas que podían sentirse enormes: escapar de casa, ser aceptado, volver después de una mala tarde. Charles M. Schulz / Library of Congress. 

Setenta y seis años después de aquella primera banqueta, resulta difícil imaginar a Charlie Brown dentro de un mundo empeñado en cuantificarlo todo. Habría estadísticas de sus partidos, fotografías de compañeros mucho más exitosos, consejos para volar cometas correctamente y quizá algún algoritmo dispuesto a recordarle cada mañana lo lejos que se encuentra de la versión optimizada de sí mismo. Su ansiedad encontraría abundante material; Snoopy probablemente seguiría sobre la casita.

Charlie Brown mira el mundo como si existiera en alguna parte una medida exacta de aquello que debería ser y él estuviera siempre unos centímetros por debajo. Snoopy escribe una novela que quizá nadie leerá, persigue desde el aire a un enemigo imaginario y espera la siguiente galleta. Entre los dos aparece una tensión que Schulz dibujó miles de veces sin resolverla: la vida que estamos evaluando y la vida que, mientras hacemos las cuentas, ya está ocurriendo.

Tal vez por eso perder ocupa un lugar tan grande en Peanuts. No porque la derrota esconda automáticamente alguna enseñanza ni porque haya que recibirla con gratitud; algunas derrotas duelen y punto. Schulz parecía interesado en otra cosa: en ese momento posterior, cuando el resultado ya existe y todavía debemos decidir cuánto espacio le permitiremos ocupar. Charlie Brown pierde partidos, pierde oportunidades, algunas tardes pierde incluso contra un árbol… pero a la mañana siguiente, siempre vuelve a aparecer.

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