En Parque Fundidora, la naturaleza nunca aparece sobre una página en blanco. Crece entre chimeneas, estructuras de acero, antiguas vías y edificios que todavía conservan la escala de una fábrica. Los árboles proyectan sombra sobre terrenos que alguna vez estuvieron ocupados por maquinaria; alguien corre junto a un alto horno, una familia cruza en bicicleta frente a una nave industrial. Monterrey convirtió una parte de su pasado siderúrgico en parque sin borrar por completo aquello que estuvo allí.
Ese escenario es el que ocupa NATURA, la nueva edición del Programa de Arte Público de Las Artes Monterrey. Desde el 26 de septiembre, siete obras están distribuidas en distintos puntos de Parque Fundidora como parte del Festival Internacional Santa Lucía. Permanecerán allí hasta el 8 de noviembre.
La elección del sitio hace buena parte del trabajo curatorial antes de encontrarnos con la primera pieza. Fundidora reúne, en unas cuantas hectáreas, palabras que suelen escribirse en apartados distintos: industria, parque, memoria, vegetación, ocio. La exposición las coloca unas junto a otras.

Foto: Arqueles García / Passpartout.
Una ciudad entre la montaña y la fábrica
El guion curatorial parte de una condición reconocible para cualquiera que haya mirado Monterrey desde cierta distancia. Las montañas parecen envolver una ciudad cuya expansión ha modificado una y otra vez el territorio situado a sus pies. La industria ocupa otro lugar persistente en ese imaginario: fábricas, acero, cemento, humo, infraestructura.
Los organizadores plantean NATURA desde esa relación entre desarrollo humano y transformación ambiental, con una atención particular a una ciudad cuya identidad se ha construido alrededor de la industria y, al mismo tiempo, de la presencia constante de las montañas.
Parque Fundidora vuelve concreta esa discusión. No hace falta imaginar el encuentro entre naturaleza e industria: basta caminar unos metros. Los vestigios de la antigua siderúrgica permanecen allí mientras jardines, árboles y senderos ocupan el terreno alrededor.
La exposición evita concentrarse en una sala. Sus obras aparecen durante el recorrido por el parque y obligan a modificar ligeramente la mirada habitual sobre él. El arte público introduce una pequeña interrupción: algo que parecía parte del paisaje deja de serlo por unos segundos.
Siete intervenciones
La muestra reúne a Jeremy Deller, Lucila Garza, Daniel Pérez Ríos, Miriam Salado, Lucía Vidales, Adair Vigil y Lizbeth Villarreal “Trubaik”. La curaduría está a cargo de Cuauhtémoc Medina y Eliud Nava. Las piezas recurren a formatos distintos, entre ellos escultura, propuestas sonoras y cinéticas, performance e imágenes tecnológicas.
El recorrido oficial permite incluso leer la exposición como una pequeña cartografía del parque. Miriam Salado presenta Guadañas (2025); Lizbeth Villarreal “Trubaik”, Varillas de la Esperanza (2026); Lucía Vidales, Crisálida, Vida Cruda(2026); Lucila Garza, Zumbido acelerado desde el hueco de un timbal (2026); Daniel Pérez Ríos, El lenguaje de la carne (2026); Adair Vigil, Arpa de viento X (2026); y Jeremy Deller, Proyecto para escultura pública para el Parque Fundidora (2026).

Foto: Arqueles García / Passpartout.
Los títulos ya sugieren que la naturaleza aquí difícilmente será entendida como paisaje decorativo. Hay herramientas agrícolas, cuerpos, sonido, viento, materiales industriales. El parque deja de funcionar únicamente como fondo y empieza a participar en la lectura de cada obra.
Eso importa especialmente en una exposición que sucede fuera del museo. Dentro de una sala blanca es posible aislar un objeto; en Fundidora entran en escena el calor, los árboles, los edificios, la gente que quizá llegó al parque sin saber que había una exposición. Una pieza puede ser observada durante veinte minutos o cruzarse en el camino de alguien que va rumbo a Horno 3. Ambas experiencias pertenecen al proyecto.
Lo que queda cuando una fábrica cierra
La historia de Fundidora añade una capa difícil de reproducir en otro espacio de Monterrey. El parque ocupa los terrenos de la antigua Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey; sus estructuras industriales permanecieron después del cierre de la planta y terminaron integrándose a uno de los espacios públicos más reconocibles de la ciudad.
Ese proceso dejó una imagen peculiar: la arquitectura del trabajo convertida en arquitectura del ocio. NATURA aprovecha esa transformación sin necesidad de reconstruirla. Sus obras se encuentran con un paisaje que ya ha cambiado de función. Donde antes se producía acero ahora hay conciertos, museos, corredores, bicicletas y árboles. La memoria industrial persiste en torres, hornos y estructuras que nadie confundiría con naturaleza, aunque hoy formen parte del paisaje cotidiano del parque.
La pregunta empieza entonces a desplazarse. ¿Dónde termina una cosa y comienza la otra? La exposición propone reconocer que las personas forman parte del entorno que alteran, una idea que adquiere cierta incomodidad cuando se observa desde una ciudad que continúa creciendo hacia las laderas y extendiendo infraestructura sobre el territorio.

Foto: JavierDo
Encontrarse con una obra mientras se camina
Las Artes Monterrey trabaja esta edición bajo la lógica de “Las Artes a la Calle”. El gesto tiene consecuencias sencillas: no hace falta comprar un boleto, cruzar la puerta de una galería ni decidir de antemano que se dedicará la tarde al arte. Las piezas aparecen dentro de un espacio que la ciudad ya utiliza para muchas otras cosas.
En ese contexto, una escultura compite con una conversación, con un perro que pasa corriendo, con el sonido de una bicicleta y con la silueta enorme del Horno 3 detrás. A veces perderá esa competencia. Otras veces será precisamente esa convivencia la que haga funcionar la pieza.
Hay algo apropiado en que una exposición llamada NATURA dependa tanto de lo que sucede alrededor de sus obras: cuando termine el 8 de noviembre, las intervenciones desaparecerán y Fundidora seguirá allí: el acero, los árboles, las personas atravesando el parque. Quizá quede una alteración menor pero persistente en la mirada. Después de encontrarse con una obra entre aquellas estructuras, resulta un poco más difícil pensar que el paisaje de Monterrey surgió por sí mismo.






























































