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Opinión

El Rojo: a 38 años de un futuro que no fue

A los que quisieron cambiar el sistema… y el sistema los cambió primero.

Hoy cumpliría 38 quien quería ser Presidente de México.

Se metió en la política y empezó como todos los no-recomendados: desde abajo. Pero no, no trayendo cafés ni sacando copias. Al Rojo le tocaba lo pesado: cargar sillas, montar y desmontar escenarios, acarrear gente “simpatizante” según el evento,  recibir quejas, desarrollar soluciones rápidas y económicas, planes a mediano plazo, en fin… ser el primero en llegar y el último en irse. Así estuvo por más de 2 años, sin paga pero con esperanza. Luego vino un “incentivo” que distaba mucho de serlo, pero “era algo” decía él, que así iría escalando. 

Siempre traía una sonrisa en la cara, a pesar de todo (y de todos, porque claro… la política no es ambiente grato) y al menos una vez a la semana, iba a comer a la casa. Luego vino el despido de su padre y ahí la sonrisa se fue desdibujando, el “incentivo” ya no lo era tanto y la esperanza era ahora una señora distante de cara extraña. Y la política empezó a calar más: esas ideas robadas, esos éxitos en el anonimato, esa sensación de saber que estás creando algo bueno hasta que un influyente lo ve y te lo quita de las manos. Meses después, fallece su padre y él, el ahora “hombre de la casa”, se vio con las mismas excusas que frenaban su ascenso laboral. Fue entonces cuando comprendió que por más sillas que cargara, que apilara, no subiría a ningún lado. 

Y se desvió… y todo se descarriló.

En mi caso, empecé a distanciarme cuando, saliendo de una de sus visitas a casa de mis padres para comer, me dijo muy orgulloso: “mira lo que traigo”. Entonces quitó la manta de la cajuela, abrió unas maletas y me enseñó los fierros. Le dije que nunca más volviera a casa de mis padres. Ya sabía yo que andaba en malas cosas, pero cuando ves el brillo de cerca, se vuelve real. Desde entonces, empecé a distanciarme. Hacía un par de meses que había llegado a esconderse en casa de un amigo, pues lo iban persiguiendo; y yo no quería exponer a eso a mis papás.

Una mañana, como a las 5am, me despierta una llamada. Era una amiga en común, una que siempre había estado enamorada de él, pero que a él nunca le había interesado. Me extrañó pues sus quejas sobre desaires solían ir por la tarde, pero me dijo que prendiera el televisor en el 7… y tras: El Rojo inmóvil, ensangrentado. 

Nunca supe qué me quiso decir.

Alguna vez Anaïs Nin escribió: “….you cannot save people, you can only love them” y cala hondo. Porque no. Quizás uno no puede salvar a nadie, pero el sistema sí… ese que le falló a su papá al correrlo injustificadamente luego de casi 20 años de trabajo, ese que les dejó sin un fondo de ahorros, ese que no se presentó ni apoyó en el duelo pero que sí les caía puntual a cobrar impuestos cuando su madre intentó abrir una papelería en su casa, ese que tampoco les protegió cuando “los malitos” les buscaron para cobrar piso.

Cada 14 escucho Special Needs de Placebo, le gustaba mucho el ritmo, decía que estaba para manejar en carretera. Cuando se la traduje, le gustó más y decía que era de él para mí, pues según él, yo estaba destinada a ser famosa, a ser grande. Por mi parte, le decía que era para él pues iba a ser presidente de México (esto como halago, no como ahora que puede sonar a insulto). Cada 14 me acuerdo de él, de Special Needs, de su visión de fama y grandeza para mí. 

Mi vida dista mucho de la que imaginé cuando nos conocimos, a los 12 años, dista también de la versión de mí a nuestros 21 años, cuando le arrebataron el aliento en ese 2010. Se llevó un poquito de mi yo anterior, pero también fue clave para ser quien soy. Y no, no tengo la vida de ensueño, ni la fama o grandeza que me vaticinó… la vida, mi vida, ha tenido altibajos, las direcciones han cambiado y no siempre he tenido tiempo de recalcular, pero sí de seguir esa brújula interna que termina guiando como luciérnaga en medio de la oscuridad. 

Con los últimos años, he llegado a pensar que quizás sus palabras no eran tan literarias como las tomé, como dice la canción. Que quizá la fama a la que se refería era a la de ser famosa por ser alguien honesta en quien siempre puedes confiar. Que quizás la grandeza era por la capacidad de resiliencia, de nunca dejar de intentar, de —a pesar de todo y todos— valorar la grandeza de lo simple, de lo bello y efímero de la vida. Estos últimos 14 los he estado tomando así; y puede que aún no esté donde el Rojo alguna vez me auguró, pero creo que no voy tan mal. 

Feliz cumpleaños, Rojito. 

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