Una imagen vale más que mil palabras”, decían. Y si esas mil palabras las multiplicamos por los millones de imágenes con que hoy en día nos saturan… ¿a cuánto asciende su valor? Según Alejandro González Iñárritu, la multiplicación nos lleva a un número tan infinito que termina diluyéndose.
“La gran generación de material, muchas veces sin ningún sentido, ha banalizado el arte. Hemos pulverizado su impacto cultural, emocional, significativo”, afirma. Su reflexión no parte de una crítica nostálgica ni de un manifiesto contra la tecnología, sino, más bien, de un proceso íntimo de revisitar su ópera prima, filmada hace un cuarto de siglo para dar vida, como un doctor Frankenstein, a un nuevo ser que nace del celuloide, pero que ya no vive sólo en la pantalla grande.
Hablamos de una instalación artística llamada “Sueño perro”, que transforma material inédito de la película Amores perros en algo completamente distinto.
SUEÑO PERRO
Durante siete años, Alejandro González Iñárritu volvió a caminar entre los fantasmas de este filme, pero no con nostalgia, sino con curiosidad creativa.
Hoy, desde el espacio oscuro donde se proyecta “Sueño perro”, el cineasta no busca celebrar el pasado, sino liberar aquello que permanecía congelado: kilómetros de celuloide nunca antes vistos por el público, que fueron celosamente guardados, por azar, en los archivos de la UNAM.
“El cine no es más que luz, tiempo y espacio congelados. Y en esas latas había algo vivo que me emocionaba explorar”, revela el autor a Forbes Life. Lo que Iñárritu encontró no fue una extensión del famoso filme que marcó un antes y un después para la industria cinematográfica mexicana, sino algo completamente distinto.
“‘Sueño perro’ no es Amores perros”, explica. “Es una instalación artística derivada, pero se sostiene por sí misma. Se libera de la película”. Y eso se logra, en gran medida, por el poder que tienen las imágenes en sí mismas.
TECNOLOGÍA Y SATURACIÓN
Iñárritu no condena la evolución técnica del cine. Por el contrario, reconoce su poder democratizador: “Hoy, cualquier persona con un teléfono puede hacer una película y mostrarla al mundo. Eso es fascinante”, dice. Lo que le preocupa no es el acceso, sino la saturación.
“Como cuando en el siglo XVII comenzaron a fabricarse violines y pianos para todos. Se creyó que habría un Mozart en cada esquina, pero no fue así”, enfatiza, dejando en claro que la producción masiva no garantiza profundidad.
El problema se agrava cuando intentamos categorizar todo eso que vemos en conceptos tan reducidos que después confunden una verdad (parcial) con la complejísima realidad.
Quizá por ello, su exposición no sólo revisita la película en el marco de sus 25 años, sino que nos enfrenta a un debate más amplio: un recordatorio de que nuestra percepción nunca es idéntica a la realidad completa y que cada imagen, cada instante, aún puede renacer si alguien se atreve a mirar sin prisas ni etiquetas.
“Hay un problema de sobresaturación, de exceso de lenguaje, de etiquetas, de palabras; estamos reduciendo la realidad a imágenes y a conceptos, y estamos ciegos y estamos sobreintelectualizando. Creemos que un término resume toda una realidad, o [que] una sola imagen [lo hace]. Hemos perdido la capacidad de ver que algo puede ser muchas cosas al mismo tiempo”, explica.
Es por ello que hoy su película puede ser también, de forma independiente, unainstalación artística multisensorial, con lenguaje y vida propios.
“No me interesaba la historia [de Amores perros]. La historia ya se contó. Me interesaba que todo esto que estaba desmembrado tuviera otro sentido. La narrativa, creo, se ha convertido en una dictadura a la que estamos muy atados. De pronto creo que la observación de las cosas debe tener otro sentido. La narrativa, contar una historia, nos condiciona a hacer las cosas y a observarlas al servicio de algo, intelectualizado y premeditado; y, cuando liberas eso, los materiales, [eso lo] aprendí claramente, pueden tomar una nueva función o un nuevo significado”.
Para Iñárritu, éste fue un ejercicio refrescante que intenta dejar al público un espacio de silencio, no en el sentido estricto de la palabra (la atmósfera auditiva de la instalación tiene su propio peso), sino como un terreno libertario, tanto para el creador como para su público, donde se puede ver un trabajo completamente distinto al logrado en el cine con Amores perros, pero que homenajea al séptimo arte y a sus orígenes, en una época de banalización de lo artístico y de sobreexposición de lo visual.
Fuente: forbes

























































