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Octavio Paz: el eco de una herida que México aún no nombra

A más de un siglo de su nacimiento, sus preguntas siguen incomodando: identidad, lenguaje y soledad en tiempos de ruido.

Hablar de Octavio Paz hoy no debería ser un acto conmemorativo, sino una provocación.

Porque Paz no escribió sobre México como quien describe un paisaje: escribió desde una grieta. Y esa grieta —la identidad, la soledad, el ser frente al otro— sigue abierta.

En El laberinto de la soledad, Paz no ofreció respuestas cómodas. Habló de máscaras, de silencios heredados, de una historia que pesa más de lo que se asume. Pero la pregunta urgente no es qué dijo entonces, sino qué tanto sigue diciendo ahora.

En un país hiperconectado, donde la identidad se negocia entre algoritmos y narrativas fragmentadas, la idea de “lo mexicano” ya no es una esencia: es un campo de disputa. ¿Qué haría Paz ante esto? Probablemente lo mismo que hizo siempre: incomodar.

Porque si algo definió a Paz fue su negativa a quedarse quieto. Fue poeta, sí, pero también crítico del poder, incluso cuando eso implicó romper con su propio entorno. Su renuncia tras la Masacre de Tlatelolco no fue un gesto simbólico: fue una declaración ética. Hoy, cuando la opinión se diluye entre tendencias y polarización, esa postura resulta casi radical.

Pero quizá uno de los terrenos donde más vigente se vuelve es el lenguaje.

En la era de la sobreproducción verbal —mensajes instantáneos, discursos automatizados, palabras que se repiten hasta vaciarse— Paz defendía el lenguaje como un espacio de revelación, no de consumo. Para él, la palabra no era un medio: era un misterio. Y en tiempos donde todo parece decirse sin decir nada, esa idea pesa.

También está su exploración del erotismo, muchas veces ignorada o reducida. Para Paz, el erotismo era otra forma de conocimiento, una ruptura del yo, una comunión. Hoy, en una cultura que oscila entre la hipervisibilidad y la superficialidad, esa visión resulta incómoda… y necesaria.

No se trata de idealizarlo. Paz fue también contradictorio, polémico, a veces distante. Pero es justamente ahí donde reside su valor: no en ser una figura intocable, sino en seguir siendo discutible.

Porque los autores que sobreviven no son los que se entienden del todo, sino los que siguen generando preguntas.

Y tal vez esa sea la más importante:
¿México ya salió del laberinto… o simplemente aprendió a decorarlo?

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